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La desintegración de la democracia

La desintegración de la democracia
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¿Qué más se requiere para que cunda, ya para quedarse, el convencimiento de que Sánchez, además de gobernar por decreto con la anti-España y la antimonarquía parlamentaria, se rodea con gente de aparente conducta mafiosa que está bajo sospecha de haber cometido graves delitos? Leer
Ensayos liberalesLa desintegración de la democracia
  • TOM BURNS MARAÑÓN
Actualizado 22 MAY. 2026 - 02:39El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.Europa Press

¿Qué más se requiere para que cunda, ya para quedarse, el convencimiento de que Sánchez, además de gobernar por decreto con la anti-España y la antimonarquía parlamentaria, se rodea con gente de aparente conducta mafiosa que está bajo sospecha de haber cometido graves delitos?

En los últimos diez años Reino Unido ha tenido cinco primeros ministros, miembros todos ellos del partido Conservador, y el futuro del actual, sir Keir Starmer, que es el líder del partido Laborista y lleva dos en el cargo, cuelga de un hilo. En esta última década España ha tenido dos presidentes del Gobierno y el actual, Pedro Sánchez, también socialista, vive las horas más bajas de sus ocho años en el poder.

Gente ecuánime y bien preparada para afrontar problemas políticos porque cuentan con una larga experiencia en la vida pública se pregunta si la democracia británica está en un proceso de desintegración. Los laboristas que ganaron una impresionante mayoría parlamentaria hace dos años con la promesa de acabar con el desgobierno conservador perdieron las elecciones municipales hace quince días de manera estrepitosa.

Puede que algo parecido se pueda decir en la España que estrenó la Constitución en 1978. Todos recuerdan que en la moción de censura que le llevó a La Moncloa Sánchez también prometió regenerar la democracia representativa y que lo hizo por boca de José Luis Ábalos, su entonces peón de confianza, que fue el orador que escogió para abrir el debate y poner el toro en suerte.

Es enteramente lícito hacer provocativas preguntas acerca de la putrefacción como estado existencial de un sistema político cuando se quiebran sus tradicionales cauces representativos. El pasado siete de mayo el partido Laborista se quedó sin poder local en un ancestral feudo suyo tras otro porque le hicieron una pinza el populismo insurgente, el de la extrema derecha identitaria y el de la extrema izquierda anticapitalista.

La descomposición política y social es la secuela de la suspicacia y la desconfianza es muy contagiosa, al igual que lo es su pariente cercano que es el miedo. Se ha abierto en Reino Unido una amplia brecha entre electores y elegidos y han desaparecido viejas lealtades a la hora de votar. El primer ministro Starmer, hombre lento y prudente, cuando no vacilante, solo se parece al audaz Sánchez en las altísimas cuotas de impopularidad que comparte con su correligionario español.

En España, la manía que se le ha tomado a Sánchez es ya enfermiza como lo es la que se lanza a la cara de Starmer. La humillación del sanchismo en las elecciones andaluzas y en las anteriores autonómicas hubiera sido ya apoteósica de haberse conocido la imputación por la Audiencia Nacional de José Luis Rodríguez Zapatero.

¿Qué más se requiere para que cunda, ya para quedarse como una mancha que nada ni nadie puede quitar, el convencimiento de que Sánchez, además de gobernar por decreto con la anti-España y la antimonarquía parlamentaria, se rodea con gente de aparente conducta mafiosa que está bajo sospecha de haber cometidos graves delitos?

Zapatero, el precursor de Sánchez y el "padre espiritual" del sanchismo que tan activamente, y a final de cuentas tan inútilmente, participó en las diversas campañas electorales, es un político manifiestamente indeseable. Es el presidente del Gobierno que dejó España en la ruina económica y el político con el pensamiento perdidamente desordenado que abrió las heridas de la Guerra Civil y fomentó el plurinacionalismo.

Sánchez recogió el testigo de Zapatero, y en su caso la bancarrota es netamente del orden moral. Su legado será una España desconfiada y rota que la derecha tendrá que reconstruir; no la roja que hubiera querido.

Se puede seguir despotricando contra el sanchismo todo lo que se quiera y al repetir el relato de las iniquidades cometidas por fulano, mengano y zutano se tendrá más razón que el proverbial santo. Sin embargo, es más útil reconocer que la desintegración, la putrefacción y la descomposición transcienden las maldades individuales y responde al espíritu de los tiempos, al zeitgeist que gustaba emplear el filósofo Hegel.

España y Reino Unido, últimos reductos de la socialdemocracia en el poder, son claros ejemplos de cómo la política se ha fragmentado con la irrupción de formaciones a la izquierda de la izquierda y a la derecha de la derecha y por el fortalecimiento de partidos separatistas en Escocia y País de Gales, en Cataluña y País Vasco.

La ventana que enmarca el campo de la actuación política es distinta. Y esto no sale gratis porque las instituciones siguen siendo las de otro tiempo cuando mandaba la unión y la centralidad y cuando solo dos se disputaban la mayor parte de la tarta.

Los hay que celebran la fragmentación política diciendo que el multipartidismo refleja con mayor fidelidad las complejidades de la sociedad al dar representación y voz a todos. Se equivocan.

El bipartidismo aseguraba la centralidad porque los partidos, el Socialista y el Partido Popular, el Laborista y el Conservador, rivalizaban para parecerse más a España y a Reino Unido, respectivamente. Por el contrario la competencia entre varios grupos divide porque cada uno enfatiza lo que le separa y le diferencia del otro. Y ese otro no es el adversario con quien uno se tiene que entender sino el enemigo que se ha de machacar.

En toda Europa, con Alemania y Francia en primer lugar, parece que se tambalean sistemas políticos que se fundaron sobre los principios de la democracia liberal y que adoptaron el modelo bipartidista. Aquellas recetas ya no sirven y no hay que darle demasiadas vueltas para dar con el porqué del desengaño que se respira. La principal característica del zeitgeist que mueve nuestra época es el desencanto que espolea tanto a partidos "patrióticos" como a los antisistema.

Dos cosas destacan en el ambiente que se respira. Una es la sensación, la intuición, la certeza, como se quiera entender y llamar, de que por primera vez desde la revolución industrial y a las puertas de la de la inteligencia artificial las nuevas generaciones van a vivir con menos comodidades -la vivienda en propiedad, por ejemplo- que las conseguidas por sus progenitores.

El agravio generacional y el cúmulo de frustraciones que crea el hurto de cualquier aspiración es un elefante que se hace presente en la mismísima habitación que acoge a la sociedad occidental y que todos los que están en ella evitan señalar. Y, por si este amenazante paquidermo en la sombra no fuese suficiente para tomarse las cosas en serio, hay un segundo en el mismo espacio habitacional que es igualmente ignorado.

El otro elefante tiene que ver con la no menos novedosa situación, transcendente y, a la vez, desmoralizante, que han causado, causan y causarán grandes flujos inmigratorios. Referirse a ello es como soltar tacos malsonantes en una refinada reunión de gente exquisita. Las élites cosmopolitas no saben lo que en la otra punta de la escala social supone que uno se sienta extranjero en su propia patria chica. Ni les importa no saberlo.

Se ha extendido en las llamadas sociedades avanzadas lo que los franceses llaman malaise y se traduce no muy satisfactoriamente por malestar. Es la desequilibrada tensión entre la inquietud y el desasosiego que desgasta y la apatía que acaba carcomiendo el espíritu.

Los liderazgos políticos que tienen como misión fundamental solucionar problemas se estrellan ante la malaise.En Reino Unido han colisionado contra ella cinco primeros ministros a lo largo de una década ominosa que comenzó con el referéndum del Brexit en 2016. El aciago plebiscito polarizó el país y lo paralizó. Las desbocadas ideas identitarias, el supremacismo y el racismo han llegado para quedarse en la política británica.

Aquel año de 2016 el malestar fue tal en España que se inauguró una legislatura insólitamente nonata porque nadie reunía suficientes votos para ser investido presidente del Gobierno. Hubo que repetir elecciones y, a continuación, echar al Sánchez del "no es no" de la Secretaría General del Partido Socialista, para que el Congreso de los Diputados pudiese echar a andar.

Sánchez volvió de la mano de Ábalos y de Koldo García, rescató el catecismo de Zapatero, construyó "muros" para separar las dos Españas, amnistió a golpistas, pactó con terroristas y formó una coalición con descerebrados neocomunistas que decía detestar. Sánchez se declaraba progresista pero pasaba de españoles libres e iguales. Ha acabado gobernando sin Presupuestos y de espaldas al Parlamento.

Se comprende demasiado bien el malestar en España. Se intuye el atractivo para algunos -¿para muchos?- de la "prioridad nacional" y se entiende la rabia que causan las aspiraciones estancadas.

A la ofensa que denuncian los "arraigados" ante la desaparición de sus comunidades se añade la de la desigualdad y la angustia por llegar a fin de mes. Estremecen los datos de pobreza infantil cuando las empresas del Ibex consiguen beneficios récord. Tres cuartas partes, o más, de lo mismo se puede decir de Reino Unido.

La desintegración de la democracia británica fue el título de una reciente tribuna publicada por el Financial Times que escribió David Blunkett, una de las más respetadas figuras en la vida pública de Reino Unido que fue el mejor de los ministros en los gobiernos de Tony Blair hace más de veinte años.

Blunkett pedía un civilizado y respetuoso diálogo para que se puedan tomar decisiones de largo alcance. Solo la decencia y la moderación podrían asegurar el bienestar de la sociedad. José María Aznar, amigo de Blair y por aquella época presidente del Gobierno, aprovechó su intervención en el VII FORO INTERNACIONAL EXPANSIÓN esta semana para decir que las próximas elecciones generales en España serán "constituyentes".

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Fuente original: Leer en Expansión
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