Que las temporadas de premios de cine se han vuelto aburridas, se sabe hasta en Marte. No porque en las ceremonias haya más números musicales que categorías, ni porque los discursos se alarguen casi más que las galas. Dan igual las normas que se ... introduzcan para acortar los agradecimientos: nadie, está comprobado, respeta la sintonía amenazante para que terminen. Ni a uno ni al otro lado del charco. La industria se ha domesticado, se ha puesto democrática, a repartir, a equilibrar, a ser de todos, que viene a ser un eufemismo para agraviar a propios y extraños.
El colmo de la indecisión fue el año pasado, cuando en el último suspiro de una gala interminable (no bajan de las cuatro horas desde 2021) el cine español dio el gran premio a dos películas, ex aequo, que es como decir, ni para ti ni para mí y menos para ustedes, que quizás ya se han dormido viéndonos. Ganaron el Goya en la categoría reina 'La infiltrada' y 'El 47'; el cabezón a mejor dirección, adivinen, para ninguno de ellos: fue para Isaki Lacuesta y Pol Rodríguez por 'Segundo premio'. La broma se hace sola.
¿Protagonizarán 'Los domingos' y 'Sirat' la secuela este año? Elegir es excluir. Premiar es mojarse, elevar a unos sobre otros. Justo lo contrario de lo que el actual sistema de premios cinematográficos está incentivando en los últimos años. Hacer los Goya para todos los ha hecho un poco para nadie, sin hueco apenas para los influyentes cineastas que antaño dominaban la industria y abarcaban nominaciones a puñados y a los que ahora relegan a menciones más irrelevantes en pos de una nueva hornada de directores que se reparten las categorías importantes. No es tanto abrir la mirada, abrirse a otro cine, como soslayan los vientos de la modernidad, sino erradicar a «los favoritos de siempre». No es tanto el relevo generacional que sí fue la nueva ola de mujeres detrás de las cámaras de hace unos años como un cambio de paradigma. De tanto repartir, efectivamente todo ha quedado compartido. La industria no está tan concentrada, asoman nuevas voces y miradas, necesarias y síntoma de salud del cine patrio, emancipado ya de los grandes popes. A nadie le importa ya, o al menos no tanto, si Pedro Almodóvar acude o no a la gala. El espectador vive de esperar la emoción en los márgenes de las galas, reducido el interés al vestuario que compartirá el matrimonio de Macarena Gómez y Aldo Comas, a comprender por qué Pedro Sánchez quiere que gane una película que termina reconociendo que no ha visto, al puñetazo de Will Smith, al error que premió y arrebató la estatuilla a 'La La Land' en cinco segundos, al grito de «negratas» de un hombre con síndrome de Tourette en los Bafta a los protagonistas de 'Sinners', que ha desbancado a 'Eva al desnudo' como la más nominada a la historia de los Oscar. La realidad siempre se cuela en la ficción.
Sin sorpresas en las nominaciones a los Goya
Este año, la única nominación original a los Goya fue considerar a Albert Serra como uno de los mejores directores del año. Nunca antes el responsable de un documental había logrado ese hito. Hasta que él persiguió a Roca Rey con la cámara. También 'Sorda', sorpresa en la categoría reina, la opción continuista (por reducir la Biznaga a la nada) e integradora, la opción de consenso, la 'CODA' patria que, no olvidemos, ya ganó el Oscar en 2021. «Movidasssss», que diría Óliver Laxe.
El fuelle internacional de su 'Sirat', con el gallego todavía de rave por el mundo por si rasca algo más que dos nominaciones en los Oscar, y la consolidación de una cineasta en expansión como Alauda Ruiz de Azúa, que debutó en la dirección con 'Cinco lobitos' pasada la cuarentena, hace cuatro años, han absorbido el grueso de las candidaturas a los Goya de este año. No hay novedad en su irrupción, puesto que llevan ya cierto tiempo consolidados. Ha de mirarse más allá de los titulares que copan 'Los domingos' y la travesía por el desierto que protagoniza Sergi López. Más allá de los números, de su presencia en todas partes, puede que los Goya vuelvan a pecar en lo de siempre, en desmigajar los premios hasta que todos se lleven al menos uno a casa.
No hay trampa en esto: los dos apartados importantes son mejor dirección y, sobre todo, mejor película. Este año, igual que Ruiz de Azúa y Laxe, opositan también a la categoría reina, como casi siempre que dirigen, Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga (antes con 'Marco', 'La trinchera infinita'; ahora con 'Maspalomas') y se cuela, porque siempre hay algo de conservador en ser rupturista, el filme del veterano Manuel Gómez Pereira con la comedia 'La cena', por sentar a la mesa a Franco con Mario Casas, por la simpatía que despertó en los espectadores, como en la pasada edición funcionó, y tuvo su representación, 'Casa en llamas'. Queda excluido el cineasta, que se llevó un cabezón por el guión original de 'Todos los hombres sois iguales' en 1994, sin embargo, por su buen hacer tras las cámaras, del mismo modo no hay ni rastro de 'Romería' entre las cinco mejores cintas del año aunque a Carla Simón, que ya se fue con 'Alcarràs' de vacío, sí la incluyan entre los cinco candidatos a mejor dirección. De tanto racionar, hay cosas que pierden el sentido.
'Los tigres' de Alberto Rodríguez, otrora predilecto de la Academia, acumulan siete opciones de cabezón. Las mismas candidaturas que 'El cautivo' de Alejandro Amenábar. Cineastas cuyos títulos eran un valor seguro han quedado arrinconados en categorías técnicas o interpretativas. Tres menos ha obtenido 'Un fantasma en la batalla', a quien Arantxa Echevarría le ganó la guerra del tiempo al adelantarse un año y contar la misma historia, desde el punto de vista de la Policía Nacional y no la Guardia Civil, con 'La infiltrada'. Eso y que la película que firma Agustín Díaz Yanes viene de Netflix, algo que siempre pesa, más allá de la incontestable victoria de 'La sociedad de la nieve' y Juan Antonio Bayona hace dos años.
¿Le harían caso a él, uno de nuestros cineastas más viajados, este año? Quizá cubriera la cuota internacional, usurpada ahora por estrellas como Cate Blanchett, Sigourney Weaver, Juliette Binoche, Susan Sarandon. Importa ya menos que Penélope Cruz y Javier Bardem asomen por la gala. Los Goya, como los Oscar, se han vuelto inclusivos, populistas, más independientes y muchas más cosas, pero sobre todo son ya algo inédito en unos premios, más representativos que reconocedores de méritos.
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