- TOM BURNS MARAÑÓN
El pecado del Gobierno y de mucho Ejecutivo autonómico ha sido el de seguir las consignas de los ecologistas que abogan por la resilvestración.
Si ayer hubiese sido la fecha de las tan reclamadas elecciones generales al igual que lo fue la de aquellas que se adelantaron a un domingo de finales de julio de 2023, el voto se hubiera suspendido debido a la declaración de emergencia nacional que han provocado los incontrolados incendios forestales en los alrededores de la capital del Reino. De haberse celebrado la cita con las urnas la reacción del electorado hubiese sido tan brutal como han sido feroces las llamas que avanzaban hacia lo más emblemático de la nación que es el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. El castigo al sanchismo hubiera sido de antología.
Las elecciones serán de aquí a un año cuando lo decida Pedro Sánchez y, sean antes o después, lo seguro es que tendrán lugar en un ambiente rabioso como corresponde al de una tormenta perfecta. Al hambre se le juntan las ganas de comer porque un Gobierno percibido como mafioso y corrupto por amplias capas de la población se muestra reiteradamente incapaz de hacer frente con eficacia a desastres naturales.
La polarización está servida y se abre ya un periodo en el cual está permitida la multiplicación de esperpénticos insultos cruzados tipo "¿mamarracho yo?", "mamarracha tú". Proponer un pacto de Estado en un año electoral no deja de ser un brindis al sol. Lo que toca es el fatídico pimpampum.
Se abre la veda para la propagación de bulos, de extravagantes denuncias (el coche eléctrico resulta ser una "antorcha" letal) y de propuestas fantasiosas. ¿Y si se hubieran empleado 53 millones de euros en adquirir más hidroaviones en lugar de gastarlos para rescatar una aerolínea asesorada por un expresidente del Gobierno socialista que volaba con frecuencia entre Madrid y la Caracas de Maduro?
El tambaleante Gobierno de Pedro Sánchez lo tiene crudo tanto por lo que hace como por lo que no hace. Si la emergencia sigue vigente en los próximos días, ¿se podrá ir de vacaciones a final de semana? Habrá como mínimo que esperar a que se apaguen las brasas y cuando se extingan no será cuestión de seguir con el business as usual.
La principal lección que se extrae de este desastre es que no valen ejercicios de maquillaje para cubrir las apariencias. Y esto es porque lo que no tiene vuelta de hoja es que se ha impuesto el relato de que alrededor de 90.000 ciudadanos han sido evacuados o confinados porque el Gobierno no solo ha sido negligente sino que, además, lo ha sido adrede.
Se trata de un incendio anunciado de gigantescas proporciones porque el fuego ha prendido en bosques insuficientemente cuidados. Gente experta en la materia lleva no se sabe cuánto tiempo advirtiéndolo.
A juicio de un gran público, el pecado del Gobierno progresista y de mucho ejecutivo autonómico ha sido el de seguir, dócilmente en algunos casos y con entusiasmo en otros, las consignas de los correctísimos ecologistas que abogan por la "resilvestración". Dejan los montes a merced de los pirómanos.
Como consecuencia del peor incendio de nuestra historia, un nada insignificante sector de la población aplaudiría hoy la reinstauración de Icona, el Instituto para la Conservación de la Naturaleza, organismo autónomo del Estado que fue creado en el tardofranquismo y gradualmente desmantelado en la década de los ochenta en cumplimiento del traspaso de competencias medioambientales a las comunidades autonómas.
Se requiere una potente y virtuosa agencia estatal que cuente con todos los recursos que sean necesarios para responsabilizarse de la gestión forestal; que limpie los montes y promueva grandes campañas de prevención de incendios.
Reinventar Icona hoy sería un puntal en esa "reconstrucción nacional" que promete Alberto Núñez Feijóo. Y la izquierda, la izquierda de la izquierda y los nacionalistas lo condenarían como una vuelta al franquismo. Tienen el pensamiento desordenado y además son unos hipócritas.
La hipocresía es el ejercicio de pretender una moral y unos principios que en realidad no se poseen. Es un comportamiento que está en contradicción con las creencias que se dice tener.
Es la brecha entre los valores que una persona se atribuye y su manera de actuar. En el ruedo de la política ibérica los sanchistas, desprovistos de honradez y de cualquier criterio crítico, aplauden a rabiar con su doble juego a cuestas al presidente del Gobierno cada vez que interviene en el Congreso de los Diputados.
De La Rochefoucauld, el memorialista francés del XVII, incluyó en sus máximas un perspicaz aforismo que reza: "la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud". Lo que quiso decir con ello es que una mala persona que asume las pretensiones de ser buena está, sin saberlo, reconociendo que lo que realmente se aprecia y se respeta no es el poder y la fama sino la rectitud y el pundonor. ¿Sanchez llegará a entenderlo?
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