Existe, instalado en las librerías, un pequeño género literario: la frase de la faja. Millones de lectores la leen cada día, a veces antes incluso de abrir el libro. La misión de la faja (esa cinta de papel que abraza la cubierta) no es ... explicar ni argumentar, sino gritar con estilo. Porque la buena frase de faja exige una rara mezcla de precisión, exageración y música verbal. Debe ser breve y rotunda como un martillazo y lo bastante sugestiva como para que el lector piense, “quizá”.
Y así, en el reino de la hipérbole vivía, tan feliz, la faja. Tenía, incluso subgéneros: la faja estadística: «Más de un millón de ejemplares vendidos». La faja consagratoria: «Ganador del premio X». La faja cinematográfica: «Ahora una gran serie de Netflix». Pero la más interesante de todas era la faja literaria, condensadora del espíritu de un libro.
Casi como un haiku publicitario. Un resumen emocional, no argumental. Una promesa. El problema —como en todo género breve— es que el límite entre la brillantez y el ridículo es muy estrecho. De ahí que las fajas, poco a poco, empezaran a empujarse, dándose codazos sobre las mesas de novedades, a ver quién atraía antes al incauto lector. Y comenzaron a aparecer las fajas heroicas: «la novela del año»; «la Agatha Christie de hoy»; «la más vendida en lengua española de la Historia». Lo cual, estadísticamente, convertiría el calendario editorial en un festival de trescientas sesenta y cinco obras maestras anuales.
Ante este panorama creciente, la inflación no tardó en llegar y entonces se dobló la apuesta. Triple mortal. Editores, escritores y mundillo en general, estrangulados por la faja ajena, llegaron a la inteligente conclusión de que nada da más lustre a un libro que la frase, en su faja, de un superventas.
Y ahí empezó la moda de las súplicas expresas a los autores de 'best sellers': llamadas discretas, correos diplomáticos y todo tipo de trucos de seducción emocional y de la otra, para arrancar la codiciada faja a fulana o mengano, pues ellos «venden medio millón de ejemplares en la primera edición». Como si el éxito fuera contagioso por contacto tipográfico, o las ventas pudieran transmitirse por proximidad, como el Covid.
Pero iba a ser que no. Porque hay un elemento de la ecuación que a veces se escapa: el lector no es idiota. Leer (y esto es un detalle que olvidan algunos autores) es un ejercicio de inteligencia. Quien ha invertido buena parte de su vida leyendo algo más que fajas desarrolla cierto instinto para detectar gilipolleces, aunque éstas vengan impresas. Y la faja, cuando queda grande, ya no sirve para nada.
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