Pertenezco a esa generación de latinoamericanos que durante los años 70, mientras cursábamos nuestras carreras universitarias, creímos ciegamente en la Revolución cubana. Las cosas empezaron a enrarecerse en 1971, cuando Heberto Padilla fue encarcelado después de publicar su poemario 'Fuera de juego' y obligado ... a humillarse públicamente aceptando que él y otros intelectuales eran contrarrevolucionarios.
Mario Vargas Llosa fue uno de los que supo ver lo que significaba -y anunciaba- ese acto represivo, que fracturó a la izquierda que de manera casi unánime creía en la Revolución. Los que estábamos en nuestros tempranos 20 nos obcecamos en seguir creyendo, en parte por lo que significaba renunciar a un sueño de igualdad y conquistas sociales, en parte porque nos aferramos a la teoría de que toda la culpa la tenía el bloqueo norteamericano.
Muchos años después empecé a viajar a Cuba, alguna vez como turista, entusiasmada con la idea de ver la belleza adusta de la Ciudad de las Columnas -como la llamó Carpentier-, y otras veces por motivos literarios, invitada por escritores cubanos que me iban descifrando lo que pasaba en la isla; realidades que, por otra parte, cambiaban vertiginosamente de un año a otro.
«Usamos lo aprendido con la flotilla a Gaza para llegar a Cuba»
Las historias que vi y oí me dejaban siempre conmovida: la del padre que hacía años no veía a su hijo, que siendo un adolescente huyó en una balsa hacia Miami, y del que no sabía nada en aquellos tiempos desconectados; la del escritor que entraba ya en la vejez y que me mostró las tres o cuatro novelas que tenía escritas sin esperanza de publicación; la del joven poeta que debía esperarnos afuera del hotel, porque los cubanos no tenían permiso de ingreso. Los lazos que empezaron a unirme a Cuba fueron los de un enorme afecto por aquel pueblo que sufría y por los amigos hospitalarios que me guiaron por lugares hermosísimos, algunos de los cuales se fueron marchando poco a poco.
«Me despedí de Cuba, por lo menos hasta que el régimen caiga. Esperemos que no sea por una invasión armada sino por la presión sobre la cúpula corrupta»
Era imposible no dolerse. De Jorge, que cuando llegó la Revolución tenía siete años, y a quien a los 20 la universidad le negó la entrada porque algún vecino lo «acusó» de ser homosexual; como no quiso enrolarse para trabajar en la zafra, quedó reducido a la clandestinidad, en condición de «pre-delincuente en estado de vagancia»; de Álex, que durante el período especial debía desplazarse a diario en bicicleta, alimentado solo de los bananos que se daban en el patio de su madre; y que cuando llegó casi muerto al hospital, oyó estas palabras de labios del médico, que le señaló los pabellones repletos de espectros: «¿Sabe de qué sufren todos ellos? De hambre».
Participé todavía en algunos eventos, recibí un premio honorífico en 2014, con el honroso nombre de José Lezama Lima. El 1 de febrero de 2018 fui como invitada a la Feria del Libro de la Habana a presentar 'Lo que no tiene nombre', mi testimonio sobre la enfermedad y suicidio de mi hijo. Preparábamos una charla para la televisión cuando llegó la noticia del suicidio del hijo mayor de Fidel Castro. Propuse que reflexionáramos sobre la dignidad del suicida. La directora del programa, con voz autoritaria, me paró en seco: «En este país no se habla de suicidio». Esa noche, al aire, transgredí la prohibición. Y me despedí de Cuba, por lo menos hasta que el régimen caiga.
Esperemos que no sea por una invasión armada sino por la presión sobre la cúpula corrupta. Ya es hora de que la isla que nos ha dado tanta música, tanto arte y tanta poesía recobre la democracia, la libertad y la dignidad que durante años le ha sido negada.
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