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Economía

La muerte anunciada del sanchismo

La muerte anunciada del sanchismo
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La prolongada agonía de Sánchez es una muy mala noticia porque paraliza la necesaria toma de decisiones en el peor momento posible. El entorno es extremadamente complicado y requiere políticas ágiles y activas que estén en consonancia con las de socios y aliados. Leer
Ensayos liberalesLa muerte anunciada del sanchismo
  • TOM BURNS MARAÑÓN
Actualizado 29 MAY. 2026 - 01:02El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.Fabio Frustaci / Zuma Press / EuFabio Frustaci / Zuma Press / Eu

La prolongada agonía de Sánchez es una muy mala noticia porque paraliza la necesaria toma de decisiones en el peor momento posible. El entorno es extremadamente complicado y requiere políticas ágiles y activas que estén en consonancia con las de socios y aliados.

Agoniza hoy el Gobierno que dirige Pedro Sánchez por el mismo turbio y letal asunto de las conductas corruptas que forzó la expiración del de Mariano Rajoy hace ahora ocho años. Sin faltar a la presunción de inocencia todos, salvo los que se informan exclusivamente por lo que dice RTVE, tienen la bien fundada sospecha de que el sanchismo ha cruzado esa línea roja que protege a toda democracia liberal y que es la financiación ilegal.

Se pueden escribir crónicas de muertes anunciadas, pero no es aconsejable adelantar las fechas de la defunción que tantos desean y que otros tantos temen. Los magistrados y la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil cumplirán con su deber y en los días venideros habrá muchos terribles titulares al igual que los de los días anteriores. Sin embargo, el proceso será lento y por mucho que les duele a quienes eufóricamente gritan "Sánchez dimisión", todavía hay Sánchez para rato.

La prolongada agonía de Sánchez es una muy mala noticia porque paraliza la necesaria toma de decisiones en el peor momento posible. El entorno es extremadamente complicado y requiere políticas ágiles y activas que estén en consonancia con las de socios y aliados. La voz cantante es la de los adultos y de los robustos, y estos excluyen de sus saraos a los impertinentes que les llevan la contraria. Si el inoportuno está en la cuerda floja, que es el caso de Sánchez, se le manda al rincón.

Esto es malo para España, pero el hecho de que sea perjudicial no necesariamente le importa a quien solo piensa en ganar tiempo y en su supervivencia. El resultado es que no se habla de otra cosa que no sea investigaciones judiciales, registros policiales y la inestabilidad propia de un gobierno que está ya empapado de tantas salpicaduras corruptas. Lo que se dicen los parroquianos a la hora del aperitivo es "esto no puede seguir así".

Lo que no está en la conversación y debería estarlo es el reto de la revolución tecnológica de la cual nos alerta la reciente encíclica de León XIV y que se ha de compartir y coordinar con los socios europeos. Tampoco lo está el diálogo con los aliados de la OTAN en torno al no menos espinoso tema del reajuste que fuerzan los tiempos de Trump de las políticas de Defensa y seguridad.

Sin embargo se pasa de los temas urgentes de largo alcance. Se está solamente con el Sánchez agonizante y esto hunde a una sociedad porque la polariza y borra cualquier autoestima que pudo tener la colectividad. Crece el asco que se tiene hacia quienes figuran en la vida pública y el rechazo del sistema representativo se hace extensivo.

El sanchismo está moribundo, pero a diferencia de lo que le sucedió a Rajoy el líder socialista no fallecerá por el mecanismo de muerte asistida, que es lo que viene a ser una exitosa moción de censura. Alberto Núñez Feijóo no podrá apear a Sánchez como hizo Sánchez con Rajoy el 1 de junio de 2018 porque la derecha nacionalista, el PNV y Junts, jamás apoyarán una censura que cuenta con las bendiciones de Vox. De eso Sánchez está seguro.

Quienes dicen conocer bien las maquinaciones del presidente del Gobierno insisten que se ha parapetado en La Moncloa y está empeñado en agotar la legislatura. La angustia de Sánchez será por ello prolongada y su eventual sepelio será conflictivo como corresponde a una sociedad que el sanchismo ha dividido en dos bloques antagonistas. El Frente Popular que ha creado Sánchez no perdonará el asesinato civil y político perpetrado por los jueces y los medios de la "fachoesfera".

Núñez Feijóo ya puede pedir la disolución de las Cortes un día sí y el siguiente también. Pierde el tiempo porque Sánchez no tiene la menor intención de convocar elecciones anticipadas. Lo hará cuando cumpla su mandato. Su lema es "resistir es vencer" y repite el "no es no", frase que tanto rédito le obsequió en los comienzos de su ascenso al poder. Nadie deberá dejarse engañar.

Sería, a la vez, un gravísimo error minusvalorar la astucia, la piel de rinoceronte y el instinto y la capacidad de killer que distinguen a Sánchez. El presidente del Gobierno confía en repetir su mayoría parlamentaria porque su campaña se centrará en el tercer año triunfal de la economía española que crece por encima de la media europea, en la defensa de lo "público" en una España plurinacional y en el "lado correcto de la historia" que él ocupa como flagelador de Vox y de un Partido Popular que es rehén de la extrema derecha.

Llega el estío

La perspectiva, por lo tanto, es que, desde el actual comienzo del bochorno veraniego hasta la vuelta de la canícula por estas fechas el año que viene, un pato cojo con mucho plomo en las alas seguirá presidiendo un gobierno que a lo más puede poner parches para atajar las inconveniencias y reveses del día a día. Lo que no puede hacer el gobierno sanchista, al ser incapaz de conseguir la aprobación de los Presupuestas Generales del Estado, es planificar y consensuar políticas públicas de relieve.

Es un panorama tenebroso y no hace falta ser catedrático de la John F. Kennedy School of Government en la universidad de Harvard para saber que ante la acumulación de incertidumbres, retos y shocks exógenos las democracias avanzadas requieren liderazgos que son fuertes porque los acompaña la legitimidad que les permite actuar con la firmeza.

Esto, obviamente, no se da en estos pagos. Tampoco se prodiga en los de los vecinos. Europa requiere políticas públicas audaces para superar la decadencia de una población que parece huir del esfuerzo, solo mira por su inmediata comodidad y gusta escuchar los cantos de las sirenas populistas.

Tan preocupante como el continuo, y aumentado, bombardeo de Ucrania que ha ordenado Vladímir Putin estos días pasados es la manera en la cual la opinión pública europea se ha acostumbrado a una guerra a sus puertas que dura ya casi cuatro años y medio. En los días y semanas posteriores a la invasión rusa Europa se volcó con Ucrania. Hoy está más bien olvidada.

A la vez el brutal choque externo que representa la imagen de más de dos mil grandes buques atrapados aguas arriba del estrecho de Ormuz no tiene pinta de haber impactado como debiera en la conciencia de quienes pueden estar condenados a sufrir fuertes restricciones energéticas. Si se abriese mañana este desfiladero, cosa que no es segura a la hora de escribir estas líneas, se tardarán semanas y meses en restaurar las críticas cadenas de suministro energético que pasan entre las dunas de una orilla y otra.

La Guerra del Golfo ha expuesto con excepcional crudeza la fragilidad de esa comodidad que las sociedades avanzadas dan por sentada porque creen tener derecho a ella. No quieren "tener líos" y por ello se ponen de perfil si un régimen bárbaro, teocrático y totalitario, desarrolla la bomba nuclear y financia el terrorismo para exterminar el estado de Israel y erigirse como poder regional.

Punto de no retorno

Puede que se esté acercando el punto de no retorno en el camino hacia una gran crisis energética que superará a todas las anteriores. Se llega a ese punto crítico cuando las reservas energéticas de las economías desarrolladas estén agotadas y cuando sin solución de continuidad se disparará hacia niveles inasumibles el precio del crudo que han de importar para aprovisionar industrias y sostener el bienestar.

Ciertamente los mercados, con Wall Street a la cabeza, se muestran complacientes y hasta exuberantes. Pero solo el necio ignora el peligro que acompaña a los ciegos excesos de confianza. El sabio, que está de vuelta de muchos periodos pasados de complacencia, sabe que las semillas de la próxima crisis se siembran en épocas de bonanza.

Y los operadores hablan del "momento Minsky" por Hyman Minsky, el venerado economista estadounidense del estudio macro que formulaba los distintos pasos que conducían hacia la repentina caída en picado de la confianza, la estampida de la manada y el pánico. La lección que se extrae de la invasión el pasado 28 de febrero por Estados Unidos del espacio aéreo iraní y del posterior bloqueo del estrecho de Ormuz tiene que ver con las muy negativas consecuencias que conlleva lo que se suele llamar hubris, que es lo que los antiguos griegos llamaban la desmesura y la soberbia.

Soberbia y desmesura son los estados anímicos que definen las decisiones que toma Donald Trump y el inquilino de la Casa Blanca, impulsado por el hubris, que cometió el garrafal error de pensar que los iraníes se levantarían contra los ayatolás.

Con desmesura y soberbia, seguro de su superioridad histórica, el socialismo hispano se ha creído impune en su versión zapaterista y en la sanchista para hacer lo que sectariamente quisiera a la hora de colonizar las instituciones. El hubris de su liderazgo en La Moncloa no conocía límites hasta que ahora se le ha puesto un límite.

Diligentes funcionarios públicos en la magistratura y en la Guardia Civil se disponen a limpiar la mugre acumulada como hizo Hércules con la porquería de la establos de Augías. Alabada sea la herculina labor pero el momento de acometerla es complicado por los shocks exógenos y porque el agonizante Sánchez sigue mandando.

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Fuente original: Leer en Expansión
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