En su novela 'Todas las lluvias', Rosario López narra la historia de Rocío, una mujer que está deprimida y que desde esa amarga atalaya contempla la indiferencia del mundo ante el dolor. Un dolor que, en principio, es el suyo propio, pero que encierra el ... dolor en general. La novela habla de la anestésica impavidez que en esta época parece reinar entre las personas. Una forma de comportarse que las lleva a no querer saber nada de los otros. No solo del vecino sino, incluso, de aquellos con quienes se comparte un piso. Recordé esta lectura cuando leí la reciente noticia sobre el joven inquilino que asesinó a su casera en un inmueble de Carabanchel.
El asesino se llama Jonathan, tiene 21 años, es venezolano y trabajaba como «rider». Él mismo fue hasta la comisaría a confesar su crimen. La víctima se llamaba Sara, tenía 30 años y subarrendaba tres de las cuatro habitaciones del piso. Todo parece apuntar a una discusión relacionada con el arrendamiento. Un crimen sin mayor enigma, se diría. El asesino no tenía antecedentes penales. Por supuesto, el hecho de que sea venezolano, un «rider» venezolano, además, para acentuar el cliché sobre mis compatriotas, me inclina a una interesada compasión, a tratar de imaginar o entender qué pudo estar pasando en la vida de ese muchacho para hacerle lo que le hizo a Sara y, por extensión, a la familia de la víctima y a la suya propia.
Hace poco tuve la oportunidad de asistir a un club de lectura en el Centro Penitenciario Málaga II, en Archidona. Un grupo de reclusos había leído mi libro 'Venecos' y Sonia, la organizadora, me invitó a conversar con ellos. Muchos de los reclusos, me comentó, estaban allí por haber cometido un solo error. Un solo momento de extravío, que por supuesto era la síntesis de muchos errores y equivocaciones invisibles, que los había llevado a cometer un delito y terminar presos.
Aquella impresión la confirmé durante el encuentro. La mayoría de los participantes parecían personas comunes y corrientes. Inofensivas. Y puede que, de hecho, lo fueran. Salvo por los hechos que los condujeron allí. ¿Qué falló? ¿Qué mecanismos de contención, tanto individuales como sociales, no se activaron?
En su más reciente libro, 'Cosas inútiles que te contaría', Rosario López vuelve a sus temas dominantes, como las enfermedades mentales y la precariedad laboral y económica. En uno de los cuentos, la narradora le habla a su marido, que se ha suicidado: «Me encantaría que me dijeras ahora algo que no te gusta, que te quejases de lo mínimo, como yo me quejaba de los vecinos. Creo que quien se queja se salva».
¿Habría tenido Jonathan alguien con quien quejarse? Por lo que refleja la nota de prensa publicada en ABC, firmada por Carlos Hidalgo, es obvio que no: «Una tercera moradora del piso informó de que ella trabajaba de siete de la tarde a siete de la mañana y que, por eso, en el momento del suceso no se encontraba allí. Tampoco el cuarto inquilino. Pero que en los cuatro meses que llevaba en la vivienda no se habían producido discusiones, que ella supiera. Lo cierto es que esta mujer no sabía ni el nombre de los otros dos varones con los que convivía, solo el de Sara: 'El piso es de una empresa, que es a la que yo le pago la renta'».
Queda la duda de por qué esta tercera moradora pagaba su renta a una empresa mientras que los otros dos inquilinos se la pagaban a Sara. Detrás de esta pregunta doméstica quedarán muchas otras ya sin respuesta, borradas por la tragedia de una queja silenciosa que asfixia a otra.
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