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La reconstrucción del último viaje de los 45 de Adamuz: "Pedían ayuda y médicos desde el vagón 6 y yo pensé que nos matábamos. Era como un escenario de guerra"

La reconstrucción del último viaje de los 45 de Adamuz: "Pedían ayuda y médicos desde el vagón 6 y yo pensé que nos matábamos. Era como un escenario de guerra"
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Los testimonios desde el asiento 1A del coche 1 del Alvia hasta el 15D del 8 del Iryo. Desde un tren veían las luces del otro: "¿Por qué no vienen a auxiliarnos?" Leer

"Buenas tardes. Billete, por favor". Domingo, 18 de enero. Los pasajeros del Alvia 2384 Madrid-Huelva con salida a las 18.10 horas pasan el control y acceden al andén. "Coche 1", "coche 2", "coche 3"... La distribución en los cuatro vagones de los 191 pasajeros que suben a ellos, normalmente intrascendente, será crucial en este viaje, ya que determinará las posibilidades de sobrevivir al grave accidente que van a sufrir. En sólo una hora y 33 minutos, al pasar por la localidad cordobesa de Adamuz (Córdoba), se cruzarán fatídicamente con un Iryo Málaga-Madrid, que ha descarrilado y ocupa parte de la vía del otro sentido. Entre los 45 muertos con los que se saldará el accidente, hay pasajeros de uno y otro tren, pero la peor parte se la llevará el Alvia, en concreto el coche 1 y el coche 2 , que acabarán despeñándose por un talud de unos cuatro metros. En el Alvia fallecerán 36 personas; en el Iryo, nueve.

En el primer asiento del Alvia –coche 1, 1A– se ha acomodado Miriam Alberico, de 27 años, profesora en la academia de inglés Bilingual de Lepe (Huelva), adonde se dirige tras pasar el fin de semana en Madrid con su novio, Alberto, militar destinado en la base de Torrejón de Ardoz. El padre de la joven, Horacio, sigue el recorrido del tren en tiempo real a través de una aplicación. Se extraña cuando la señal se detiene cerca de la localidad de Adamuz. "Oye, que te he perdido, ¿dónde estás?", escribe a su hija. Miriam probablemente ha fallecido en el acto.

Al otro lado del pasillo, también en los primeros asientos del coche 1, Nati de la Torre, de 79 años, vecina de Huelva, reza el rosario. Viaja con uno de sus hijos, Luis Carlos Sáenz de la Torre, y tres nietos: Fidel (9), Guille (11) y Carlota (10). La abuela acaba de vender unos terrenos y ha querido celebrarlo llevando a los niños a Madrid a ver El Rey León. Ella no sobrevivirá, pero el resto de la familia sí. Desde el hospital, su hijo Luis Carlos contará a los suyos la angustiosa hora y media que pasa atrapado en un amasijo de hierros, rodeado de cuerpos inertes. A los niños los ayuda a salir empujándolos con los pies. "Papá, ¿podré volver al tren a por mi libro de Lengua?", le preguntará Carlota, que ha estado estudiando en el camino para el examen del lunes.

Al capitán enfermero de la Legión Álvaro García Jiménez, de 32 años, destinado en el Tercio Duque de Alba 2 en Ceuta, le ha tocado el coche 2, que esta dividido en dos partes: una la ocupa la cafetería y otra el pasaje. Por eso este vagón solo tiene 21 plazas. Viaja con una compañera, enfermera militar como él y destinada en Viator (Almería), con quien ha pasado unos días de vacaciones en Costa Rica. A ella, sus familiares la encontrarán en la UCI del hospital Reina Sofía de Córdoba. Peor suerte tendrán los padres de Álvaro, que tardarán cuatro días –jueves, día 22– en saber de él. Su cuerpo y el de la persona que viaja en el asiento de atrás serán los últimos en ser recuperados. Tras el siniestro, en ese vagón 2 sonarán varios móviles que no se descuelgan. Uno de ellos, el de Amalia Montealegre, médico, 31 años, a la que llaman insistentemente su madre, su tía, sus amigas... La joven pasará cuatro horas sepultada, rodeada de maletas, asientos y cadáveres. A las 23.40, ya excarcelada y subida en una ambulancia, dicta a la médico que la acompaña los números del teléfono que quiere que le marque: "Mamá, estoy viva".

47 RESERVAS NO VIAJAN

Para seguir el recorrido del otro tren implicado en el accidente, hay que rebobinar el reloj justo cinco horas atrás del momento de la llamada de Amalia a su madre –hasta las 18.40– y trasladarse a la Estación de Málaga-María Zambrano, de donde parte el Iryo 6189 con destino Madrid. Está compuesto por el doble de vagones que el Alvia, ocho, y también muchos más pasajeros: 289, de los que fallecerán nueve. El coronel del Servicio de Criminalística de la Guardia Civil Fernando Domínguez detallará después que en el momento del siniestro en los dos trenes van 480 personas y que se habían realizado 527 reservas. De la resta resulta que hay 47 afortunados que al final no viajan.

Más de un millón de visualizaciones tiene el post que uno de ellos, Eva, cuelga en X dos horas después del accidente. La mujer muestra una imagen de un billete para el asiento 6A del coche 8. "Estoy en shock. No sé cómo dar las gracias a Dios. Hoy tenía un billete de vuelta de Málaga en ese mismo vagón…", escribe adjuntando el pantallazo de una de las primeras noticias sobre el siniestro, en la que se lee que han descarrilado los coches 6, 7 y el suyo, el 8. Al contrario que el Alvia, aquí tener asignado asiento en uno de los primeros vagones supondrá salir del tren por tu propio pie.

No es el caso de la joven Noelia Ruiz, con plaza en la zona cero del Iryo: coche 8, 15C. El vagón volcará lateralmente hacia la derecha y quedará con las ventanillas mirando al cielo. "Yo estaba viendo una serie en el teléfono y de repente notamos como un golpe y como que se levantaba el tren; y en cuestión de segundos empieza a moverse de un lado a otro, para arriba, para abajo; y nos miramos, gritamos [...] Cerré los ojos y no sabía si los iba a volver a abrir", relatará.

Noelia sí abre los ojos y al hacerlo y mirar al asiento de su derecha (15D), al lugar que ocupaba aquel joven que iba escribiendo algo sobre cardiología, comprueba que está vacío. No lo sabe entonces, pero el chico se llama Jesús Saldaña, es malagueño, tiene 29 años, y su rostro será uno de los que más circulen en las redes sociales, distribuido por los familiares y amigos que lo buscan incansablemente durante dos días de angustiosa incertidumbre. Los obituarios de Jesús recogerán que obtuvo la nota más alta de la provincia de Málaga en la Selectividad del año 2013 y que fue el número 44 del MIR, lo que le abrió las puertas del Servicio de Cardiología del Hospital Universitario La Paz de Madrid, donde estaba realizando su quinto año de residencia. Tenía previsto casarse en agosto.

LOS OPOSITORES

Cuando en Málaga arrancan en dirección a Madrid –a las 21.23 tienen prevista la llegada–, los del Alvia deben de estar cruzando la provincia de Toledo, ya cerca del límite con Ciudad Real. En el vagón 3, asiento 19A, se encuentra Mario Jara, de 42 años. Forma parte de la expedición que una academia onubense de preparación para oposiciones a Prisiones ha realizado a Madrid. Mario y otra veintena de alumnos se han presentado por la mañana al primer examen para aspirar a una de las 900 plazas de ayudantes de Instituciones Penitenciarias convocadas. Regresan a Huelva acompañados de los profesores que los han preparado, Ricardo Chamorro, de 57 años, y Andrés Gallardo, de 51. Como Mario acaba de hablar con su madre y le ha dicho que va a ir a la cafetería porque no ha comido nada, se le sitúa erróneamente allí tomando algo con los dos profesores. Varios supervivientes relatarán que están vivos porque rechazan ir a tomar un café con los docentes, quienes viajan en el último vagón, el 4. Sabe bien que no llegaron a la cafetería la pasajera superviviente que iba sentada detrás de Mario, ya que tomó una fotografía de su vagón a las 19.43 horas, según dató el teléfono. Adif ha fijado el siniestro a las 19.43.44. "Mi móvil hizo la foto y ya salimos por los aires", contará a este diario. En la imagen se ve a los docentes de pie junto al asiento de Mario. No han llegado a la cafetería porque están charlando sobre el examen. A Mario, su madre lo espera con un tarta, ya que es el día de su cumpleaños. "Nació un 18 de enero en Córdoba, a los tres años se marchó a vivir a Huelva, y ha venido a morir a Córdoba otro 18 de enero".

Del grupo de opositores, fallecerán otros dos alumnos, Eduardo Domínguez (54 años) y Ana Martín Sosa (28), así como la madre de la última, Pepi Sosa (53), quien la ha acompañado al examen.

Sí encuentra la muerte en la cafetería Rafael Millán, de 52 años, trabajador de la zona ORA de Punta Umbría (Huelva), a donde viaja con su mujer, Ana María, quien se ha quedado sentada en el vagón 4 y sobrevive.

Tras la barra debería estar atendiendo el camarero del tren Agustín Fadón, de 39 años, originario Leganés (Madrid), pero se ha ausentado un momento para ir al baño del vagón 2. Agustín había esquivado el accidente ferroviario de Angrois –2013, 80 fallecidos– al cambiar el turno a un compañero que no sobrevivió a aquel violento descarrilamiento. "Mi hermano llegaba a casa y decía: ‘Cómo botaba hoy el tren, he pasado hasta miedo. Nos hemos tenido que agarrar’", contará su familia a los medios en los tres días que pasan esperando el rescate de su cuerpo.

Trenes y victimas del accidente

"UN ENGANCHÓN"

A las 19.45.02 horas, en el Centro de Mando de Adif en Atocha, desde donde se supervisan los 15.652 kilómetros de red ferroviaria que tiene España – 2.023.057 trenes circulan por ella al año–, reciben la primera comunicación relacionada con el suceso. En principio, no parece que se trate de nada grave. Es el maquinista del Iryo Málaga-Madrid quien llama.

–6189, aquí Atocha, dime.

–Hola, Atocha, mira, acabo de sufrir un enganchón a la altura de Adamuz.

El maquinista cree que el pantógrafo, el brazo mecánico que conecta el tren con la catenaria, se ha quedado enganchado, lo que les impide moverse. Ignora que una rotura en la vía 500 metros más atrás –esas serán las primeras conclusiones de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF)– ha hecho que sus tres últimos vagones descarrilen. Menos aún sospecha que ello ha provocado que el Alvia con el que se acaba de cruzar descarrile también. El maquinista informa a Atocha de que va "a necesitar reconocer", es decir, comprobar el estado del tren, y sale de la cabina.

Los pasajeros del Iryo tampoco parecen ser conscientes del choque con el Alvia. Así lo transmite Augusto Zunzunegui, que viaja con su mujer, sus tres hijos pequeños y su perro en los asientos 1C, 1D, 2A, 2B y 2C del vagón 5, justo delante de los tres descarrilados. Apenas les ha dado tiempo a instalarse en el tren. "Nos subimos en el Iryo a las 19.30 en Córdoba. A los 10 minutos notamos un golpe metálico súper fuerte justo debajo de nosotros y el tren empieza a moverse, a traquetear", contará. "Cogí a mi hija pequeña, que la tenía en el asiento de al lado, para protegerla y me giré a mis hijos –‘agachaos y cubríos la cabeza’– porque lo que yo pensaba era que íbamos a volcar.Desde el vagón 6 pedían ayuda y médicos. Tuve un miedo irracional, de pensar que nos matábamos, pero estamos vivos. Era como un escenario de guerra", relata a este diario.

A las 19:49:35, exactamente cuatro minutos y 33 segundos después de su primera llamada, el maquinista del Iryo vuelve a contactar con Atocha. Comunica ya que lo que ha ocurrido es un descarrilamiento y que está invadiendo el sentido contrario. "Necesito que paren el tráfico en las vías urgentemente, por favor". Informa también de que tiene un coche incendiado y heridos, por lo que pide bomberos y ambulancias.

Entre los heridos está Ana García Aranda, de 26 años, que viaja en uno de los vagones descarrilados, el 7, con su hermana Raquel, embarazada de cinco meses, y la pareja de ésta, Iván. "Me giré, miré a mi hermana, como diciéndola adiós, y se apagó todo. Sólo chillidos. E intenté ir hacia mi hermana y me dijeron: ‘Estás pisando a una niña, estás pisando a una niña’. Entonces no pude acceder. Me sacaron por una ventana mientras yo veía a mi hermana al otro lado de la ventana, inconsciente, embarazada. Y empecé a gritárselo a todo el mundo: ‘¡Está embarazada!, ¡está embarazada!’".

La joven pedirá a través de los medios de comunicación ayuda para encontrar al perro de la familia, Boro, y su búsqueda se convertirá en una de las historias humanas con más fuerza de la tragedia. El regreso de Boro con los suyos, cuatro días después, se celebrará con aplausos y lágrimas.

En el vagón 6, Marta Blanco, médico de urgencias en un hospital de Madrid, Irene Mármol y otros dos sanitarios tratan de auxiliar a los heridos. Aunque no tiene material médico de ningún tipo, han acudido al aviso por megafonía: "Necesitamos personal sanitario". Nada pueden hacer por María Eugenia Gallego, Geni, de 62 años, que regresaba en el 13-B del vagón 8 a Alpedrete (Madrid) tras visitar a su hija en Tarifa. Ni por Samuel Ramos, policía nacional de 35 años, padre de un bebé de 18 meses. Ni por Carmen Abril, profesora en Alcorcón, quien vuelve de la fiesta sorpresa que sus amigos le han organizado en Córdoba por su 50 cumpleaños.

SANGRE EN LA CABEZA

El Iryo ha quedado detenido en el kilómetro 318,200, cerca del apeadero de Adamuz. El Alvia, un kilómetro más allá. En la pantalla del centro de control de Adif ven que la marca que lo localiza –un icono blanco con su número, 02384– no se mueve. ¿Por qué? Tres minutos después del siniestro –19:48:39–, los de Atocha llaman al maquinista. Pablo Barrio, de 28 años y con cinco de experiencia en la conducción de trenes, no responde. El joven, vecino de Alcorcón, ha salido despedido de la cabina. Se cree que fallece en el acto. En el momento de la colisión, ambos trenes circulan a unos 200 kilómetros por hora.

Pasan seis minutos del accidente y en el centro de control siguen sin saber qué le pasa al Alvia. Llaman ahora a la interventora para pedirle que busque al maquinista. Ella descuelga –19:49:33 horas– algo aturdida: "He tenido un golpe en la cabeza. Tengo sangre en la cabeza. No sé si voy a poder llegar hasta el maquinista".

Sí están informados de la gravedad de lo ocurrido en Renfe, a juzgar por la cronología de las comunicaciones que distribuirá a los medios su Centro de Gestión de Operaciones (CGO). A las 19:46:24 –unos tres minutos después del descarrilamiento–, la interventora les informa de "un accidente grande". Minuto y medio después, vuelve a llamarles "indicando la importancia del accidente".

Varios medios reproducirán después un audio de ella, citando que lo envía a un grupo de WhatsApp que tiene con compañeros: "Os estáis preocupando, os voy a decir algo: que ya estoy mejor. Estaba en la cabina de atrás porque me he ido a guardar la impresora y el datáfono y todo el rollo, que acababa de vender un billete [...]. He salido despedida desde la cabina de atrás hasta la sala de viajeros, que he abierto la puerta con la cabeza y he perdido el conocimiento". ¿A quién vende ese billete?, ¿quién sube al tren sin él?

"VI MUCHA MUERTE"

Al llegar al otro extremo del Alvia, la interventora encuentra escenas dantescas. "Parecía el infierno", dirá Santiago Salvador, portugués afincado en Ayamonte (Huelva), pasajero del coche 1. "Empecé a volar por el vagón. Era como estar en un tiovivo", se le escucha en el vídeo que publica en sus redes, aún hospitalizado, con la tibia y el peroné rotos pero bastante contento. "Por suerte, estoy vivo otra vez. Mi novia también está bien. Fue una fuerza divina, un milagro estar vivo. Fue un momento en el que vi mucha muerte, muchos muertos".

Entre los fallecidos de su tren figura otro maquinista que va en viaje particular, acompañando a su hija a las mencionadas oposiciones, según desvela un allegado en X: "A tres meses de su jubilación. Que la tierra te sea leve, Serrano". Tampoco van a superar el impacto el matrimonio formado por Óscar Toro y María Clauss, periodista y fotógrafa. Han ido a Madrid a recoger unas imágenes históricas de la Casa Real que la Diputación Provincial quiere regalar al Rey Felipe VI, que visita Palos de la Frontera el jueves 22 por el Centenario del Vuelo del Plus Ultra. El acto se suspenderá por el accidente. Otros dos matrimonios onubenses, uno de la Palma del Condado (coche 1) y otro de Bollullos Par del Condado (asientos 2A y 2B del coche 1), figurarán en la lista de víctimas mortales. Como la también onubense Antonia Garrido Chávez, auxiliar de ayuda a domicilio, que viajaba con su hija (superviviente). O el leonés Julio Rodríguez, DJ y empresario de 52 años, conocido como Julio Son. O José María Martín, 37 años, de Gibraleón (Huelva). O David Cordón, padre del futbolista de Getafe Davinchi. O José María Fernández, camionero leonés jubilado. O la navarra María Luisa Eugui, 78 años, que va a Huelva para despedirse de su cuñado, en sus últimas horas de vida.

"Amiga, nos vemos mañana por la mañana", había escrito antes de subir al tren el boliviano Víctor Luis Terán, de 52 años, quien cuida ancianos en Huelva. Además de él, al menos otros cuatro extranjeros perderán la vida en el Alvia: un marroquí, un alemán y un ruso cuyas identidades no trascienden, y la cubana Tamara Valdés. Está última reside en España desde que en 1995 vino de gira con el grupo Oro Negro y aprovechó el viaje para fugarse. Dirigía una inmobiliaria en Aljaraque (Huelva).

LUCES A LO LEJOS

A Mario Samper, que viaja adormilado en el vagón 4 del Alvia, lo espabila el brusco vaivén previo al descarrilamiento. Una vez detenido el tren, ayuda a desalojar su vagón y enseguida –"en unos 10 o 15 minutos"– ve a lo lejos luces de emergencia. Piensa que vienen hacia ellos –ignora que atienden a los del Iryo– y se pone a auxiliar a los del coche 2, que han caído a un talud. Hay muchos fallecidos dentro: Enedina, de 39 años, auditora ambiental de Villena (Alicante); Trinidad, madrileña de 85, quien viaja sola; Manuela Barba, de 71 años, dueña de una tienda de ropa en La Puebla de Guzmán (Huelva), y su cuñada Esther Matito, de 56...

Como va pasando el tiempo y los de emergencias no se acercan, Mario y otro pasajero, José María Galán, se deciden a caminar hacia las luces. Cuando después les pregunten, Mario no sabrá decir a qué hora parten pero José María sí, puesto que hace fotos antes de salir "por si había que enseñárselas a alguien, porque aquello era increíble". Echan a andar, asegurará, a las 20.20 horas, unos 36 minutos después del accidente.

Llegando al Iryo, relatarán, se encuentran con los guardias civiles Arturo Carmona y Ángel Ayala. Están supervisando con linternas los alrededores en busca de posibles víctimas. "¿Ustedes qué hacen aquí?". "Venimos de un tren descarrilado que hay ahí". Los agentes cogen inmediatamente el walkie talkie y con cierto nerviosismo comunican: "Compañeros, hay otro tren descarrilado".

LOS VECINOS DE ADAMUZ

Tras la tragedia, a nadie extrañará que se pida el Premio Princesa de Asturias y la Medalla de Andalucía para los 4.000 vecinos de Adamuz. La localidad más cercana al accidente se vuelca desde el segundo uno en socorrer a las víctimas. Gonzalo Sánchez, el cuponero, trasladando heridos en su quad; Rafael Prados, el cura, organizando el acopio de víveres y mantas; Julio Rodríguez, de 16 años, rescatando heridos de los trenes. El adolescente acabará convirtiéndose sin esperarlo en el rostro de los héroes. Cuando dos días después los Reyes Felipe VI y Letizia visiten la zona, pedirán conocer a Julio.

Es él quien alumbra con una linterna a José Manuel Durán, de 20 años, cuando el joven está a punto de desfallecer tras dos horas atrapado en el coche 1 del Alvia. Regresa a Punta Umbría (Huelva) con su amigo Hugo, de 19 años –ha salido despedido por la ventanilla, pero sobrevive– y es la madre de éste, Rocío Díaz Rodríguez, de 50 años, quien fallece. Habían viajado a Madrid para ir al partido del Real Madrid contra el Levante. Carmelo, el padre de José Manuel, no cejará hasta encontrar y abrazar al "ángel" que salvó a su hijo. "Lo sacó de entre los hierros y luego un amigo de Julio, José, lo llevó andando por las vías hasta una ambulancia porque Julio no podía andar: le había dado sus zapatos a otro pasajero".

También han asistido al partido del fútbol cinco miembros de la familia Zamorano, probablemente los protagonistas de la historia más estremecedora del accidente. A José Zamorano; su esposa, Cristina Álvarez; sus dos hijos, Pepe, de 12 años, y Cristina, de seis; y un primo, Félix Zamorano, vecinos de Punta Umbría, los Reyes Magos les regalaron un viaje a Madrid que incluía el tour del Santiago Bernabéu y entradas para el Real Madrid-Levante. Regresan a casa en el peor lugar posible del Alvia: el coche 1. Sólo la pequeña Cristina sale viva de él. Los guardias civiles Arturo y Ángel la encuentran en las vías sola: "Mi madre y mi padre están muertos", les dice.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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