- EDITORIAL FT
El conflicto con Irán está transformando las alianzas de una manera que ni Estados Unidos ni Israel previeron.
En el momento en que Donald Trump ignoró el consejo de sus aliados árabes y ordenó al ejército de EEUU atacar Irán, puso en riesgo el futuro de Oriente Próximo. Casi seis meses después del inicio de una operación que el presidente estadounidense predijo que duraría entre cuatro y cinco semanas, la región se encuentra atrapada entre la guerra y la paz, lidiando con las consecuencias del conflicto que él y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, desataron.
El régimen iraní, al que los Estados árabes han considerado una grave amenaza desde la revolución islámica de 1979, permanece intacto. Se muestra beligerante y, a pesar de los devastadores costes del bombardeo estadounidense e israelí, se siente envalentonado. Mantiene el control sobre el estrecho de Ormuz, mientras que sus aliados en el llamado "eje de la resistencia", aunque debilitados, siguen representando una amenaza letal.
El resultado es una crisis que está remodelando Oriente Próximo de formas que probablemente tendrán repercusiones a largo plazo para Washington, a medida que los líderes regionales se adaptan a una nueva realidad.
Los estados del Golfo están reevaluando su dependencia de Estados Unidos como su principal garante de seguridad tras los ataques iraníes contra bases militares, instalaciones energéticas, aeropuertos y otras infraestructuras en la región. El conflicto también ha intensificado la preocupación de los líderes árabes y musulmanes ante la desestabilización de Israel. Para muchos, Netanyahu arrastró a la región a la guerra con Irán en pos de los intereses israelíes, a expensas de la estabilidad regional.
Un primer indicio de las posibles consecuencias se produjo cuando Arabia Saudí, Turquía y Pakistán firmaron hace poco un pacto de defensa mutua, simbólicamente suscrito en La Meca, la ciudad más sagrada del Islam. Las tres potencias sunitas insisten en que el acuerdo es defensivo y no está dirigido contra ningún país en concreto. Sin embargo, pone de relieve el reconocimiento compartido de que Irán —y la inestabilidad generada por la guerra— tendrán que ser gestionados cada vez más por las potencias regionales, ante las dudas sobre la fiabilidad de Estados Unidos.
El pacto se basa en un acuerdo de defensa entre Arabia Saudí y Pakistán alcanzado en septiembre pasado. Ofrece a Ankara la perspectiva de lucrativos acuerdos de defensa e Islamabad un mayor apoyo financiero de Riad. Para Riad, esto representa al menos un fortalecimiento simbólico de su capacidad de disuasión contra cualquier ataque futuro de Irán o sus aliados, dado que los rebeldes hutíes en Yemen han reavivado un conflicto de una década con el reino.
Los tres países utilizarán el pacto para proyectar influencia y liderazgo. Sin embargo, es poco probable que Turquía o Pakistán se precipiten a la guerra con Irán para defender a Arabia Saudí. Tampoco es probable que el acuerdo impida los ataques iraníes o hutíes. Arabia Saudí no enviará tropas a Cachemira. Y a pesar de las crecientes conversaciones sobre diversificación estratégica, Estados Unidos seguirá siendo el principal socio de defensa del mundo árabe.
La importancia del pacto, por ahora, reside en su simbolismo y en lo que revela sobre las nuevas alianzas que surgen tras casi tres años de conflicto en Oriente Próximo a raíz del ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023.
Es demasiado pronto para hablar de ejes opuestos. Sin embargo, el acuerdo de La Meca deja al descubierto las cambiantes líneas de fractura de la región. Aunque la amenaza iraní ocupa un lugar prioritario, el trío lo considerará un contrapeso potencial frente a Israel. El ataque israelí contra una oficina de Hamás en Catar el pasado mes de septiembre aceleró su cooperación.
En el otro extremo se encuentran los aliados de los Acuerdos de Abraham, en concreto los Emiratos Árabes Unidos, que mantienen una soterrada disputa con Arabia Saudí y trazan cada vez más un rumbo independiente de sus socios árabes tradicionales, al tiempo que estrechan sus lazos con Israel. Las dinámicas seguirán siendo fluidas, y otros Estados árabes y musulmanes se mostrarán cautos a la hora de tomar partido. Egipto, aunque mantiene estrechas relaciones con el trío de La Meca, no se sumó al pacto de forma sustancial.
Pero si Trump y Netanyahu creían que la guerra con Irán acercaría a los Estados regionales a Israel y allanaría el camino para una ampliación de los Acuerdos de Abraham, es probable que se lleven una decepción. La guerra remodelará Oriente Próximo. Pero lo hará de formas que ellos no pretendían ni previeron.
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