Donald Trump anuncia la operación Furia épica desde Mar-a-Lago.
Oriente Próximo La sombra de Carter planea sobre Trump: el presidente de EEUU se expone al riesgo de arruinar su legado en IránEl miedo a que la operación se alargue y crezca el número de víctimas mortales estadounidenses está muy presente en los sectores MAGA, que ven con asombro el empeño del presidente en intervenir militarmente en el extranjero.
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Guillermo Ortiz Publicada 3 marzo 2026 02:51hLas claves nuevo Generado con IA
El 4 de noviembre de 1979, todo iba sobre ruedas para el presidente Jimmy Carter. A un año apenas de la reelección, su aprobación estaba por encima del 55% y la imagen de Estados Unidos en el mundo se había reforzado con los acuerdos de Camp David, que ponían fin a décadas de enfrentamientos armados entre Israel y Egipto.
El Partido Republicano, aún en plena resaca del caso Watergate que se llevara por delante a Richard Nixon y dejara herido de muerte política a su vicepresidente, Gerald Ford, tenía que echarse a los brazos de un antiguo actor de Hollywood, Ronald Reagan.
Sin embargo, todo cambió ese día en el que una turba incontrolada tomó la embajada de Estados Unidos en Teherán y mantuvo en captura a 52 estadounidenses durante catorce meses.
La falta de previsión para evacuar la misión diplomática tras el triunfo de los ayatolás, la ausencia absoluta de un plan para liberarlos, los fracasos militares que sufrió Carter y el consiguiente aumento del precio del petróleo y de la inflación a lo largo de todo 1980 dio con Reagan en la Casa Blanca y con Carter alejado de la primera línea política y recluido en su Fundación.
El hombre que había levantado el país de los años de plomo del nixonismo y que podría haber pasado a la historia como un hombre de paz y un eficiente negociador, tuvo que vivir durante los siguientes cuarenta y cinco años con el estigma del fracaso en Irán.
Todo su legado se vino abajo por su incapacidad de organización que puso en evidencia todas las debilidades norteamericanas, algo que sus ciudadanos no perdonan.
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Si Irán fue la tumba política de Carter, ¿podría sucederle algo parecido a Donald Trump, ahora que está metido en una guerra sin objetivo ni duración definida contra el régimen de los ayatolás? Las diferencias, de entrada, son obvias: Trump no se ha encontrado con este problema, sino que lo ha buscado.
Desde el principio de su primer mandato, tiene a Irán entre ceja y ceja: en 2018, sacó a Estados Unidos del acuerdo nuclear que había firmado Barack Obama; en 2020, mandó asesinar al general Qasem Solemaini, jefe de la Fuerza Quds, y en 2025 colaboró con Israel en la llamada operación Martillo de Medianoche.
Se podría decir, de hecho, que la lucha contra Irán ha sido la única constante en una política exterior por lo demás errática. Ahí es donde entran las similitudes con Carter: si bien, en principio, Trump no tiene la presión de unas elecciones a la vuelta de la esquina —no puede repetir mandato—, lo cierto es que la intervención en Oriente Próximo presenta un enorme riesgo político.
Para empezar, pese a que los primeros días de la operación se están vendiendo como un éxito absoluto, muerte de Alí Jamenei incluida, lo cierto es que los estadounidenses son reacios a aventuras militares en el extranjero.
Más del 55% de los ciudadanos, según una encuesta de la CNN publicada este lunes, se opone a los bombardeos… y no se trata tan solo de votantes demócratas que están en contra de cualquier cosa que proponga Trump, sino también de votantes republicanos, muchos de ellos partidarios de MAGA, que eligieron al neoyorquino precisamente para que se centrara en los asuntos internos.
De momento, sólo hay confirmadas cuatro bajas en los distintos bombardeos que Irán ha lanzado sobre bases estadounidenses en Catar, Dubai, Abu-Dhabi, Arabia Saudí y el resto de países vecinos.
Es una cifra peligrosa, pero asumible. Si la operación se enreda y pasan los días, con el previsible aumento de bajas americanas, la desaprobación generalizada se disparará.
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Ahora bien, ¿puede enredarse Estados Unidos en Irán más de lo previsto? El problema es que no sabemos qué es lo previsto.
Este lunes, en rueda de prensa, Trump aseguró que iban "más rápido que lo esperado", pero a la vez afirmó que se pueden tirar cuatro o cinco semanas bombardeando Irán.
Más allá de lo dudoso de esto último, salvo que se unan a los bombardeos los aliados occidentales, el problema es que no se sabe qué busca Estados Unidos. Intuimos que Israel quiere acabar con los ayatolás por cuestiones de seguridad, pero ¿y la Casa Blanca?
Descartada la defensa altruista de los derechos humanos, pues en ese caso esta operación llega tardísimo, y sin plan alguno para invadir por tierra el país persa y apoderarse de su petróleo —sería caer en la trampa de Afganistán de 2002 y de Irak de 2003 que la "derecha alternativa" siempre echa en cara a George W. Bush—, la única explicación plausible, si aceptamos que el programa nuclear quedó realmente "deshecho" en junio del año pasado, como repite el propio Trump, es derrocar el régimen.
Para ello, no basta con matar a la cúpula. Si por algo destacan estas organizaciones fundamentalistas es por su capacidad de reinvención constante. Lo vimos con Hamás en Gaza y con Hezbolá en Líbano.
Esto no es como el régimen chavista, no basta con extirpar la cabeza para que el resto del cuerpo no sepa qué hacer ni a qué postor venderse. Hablamos de clérigos fanáticos cuyo objetivo siempre ha sido el sometimiento de su pueblo y la destrucción de Estados Unidos.
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Por mucho que se repita que el régimen de Teherán está en su peor momento desde el citado 1979, eso no implica que sea fácil derrumbarlo.
La crueldad de los ayatolás es máxima, como prueban las decenas de miles de civiles fallecidos el pasado mes de enero a disparos de sus guardas. Si no hay intervención terrestre, difícilmente habrá rendición.
Da la sensación de que Steve Witkoff y Trump pensaban que con poner los barcos cerca de las costas y lanzar los aviones sobre territorio iraní bastaría para disuadir a los líderes chiíes, pero no ha sido así.
Tampoco la muerte de Jamenei, como era de prever, ha descompuesto en exceso su voluntad de resistencia. Los bombardeos seguirán y seguirán, pero pensar en un cambio inminente de régimen parece algo optimista en este momento.
Más fácil sería una transición desde dentro, pero ahí vemos de nuevo señales de una enorme desorganización. Según el propio Trump, tenían cinco candidatos para suceder a Jamenei dentro de su entorno. Cinco clérigos moderados con los que podrían sentarse a negociar un futuro para el país.
El único problema es que, en cuarenta y ocho horas, ya han matado a los cinco según el propio presidente.
Es realmente incomprensible, aunque tampoco podemos descartar que se lo haya inventado.
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Se podría pensar que Trump no tiene un legado como tal del que preocuparse, pero eso es no conocer al multimillonario neoyorquino. Más allá de su obsesión por el Premio Nobel de la Paz, que se aleja más y más con este tipo de acciones, Trump sí tiene una reputación que guardar ante "su base", como él mismo dice.
Le votaron en 2016, le votaron en 2024 y, según él, le votaron incluso en 2020. A Trump le da igual lo que digan de él los medios progresistas o la mitad del país que no le puede ver… pero no soportaría ver como los suyos le dan la espalda.
Y eso, desde luego, puede pasar a poco que la cosa vaya mal en Irán y el precio a pagar por un mero cambio de régimen sea un número relativamente elevado de bajas estadounidenses.
El dolor será de todo el país, como es lógico, pero el sentimiento de engaño se cebará en todas esas clases medias y bajas que han apoyado a Trump pensando que iba a bajar el precio de los alimentos y se encuentran de repente con que sus familiares destinados en bases en el extranjero se juegan la vida.