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La universidad ante la IA

La universidad ante la IA
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La del futuro no será más humana por rechazar la tecnología sino por integrarla desde una antropología sólida
La universidad ante la IA

La del futuro no será más humana por rechazar la tecnología sino por integrarla desde una antropología sólida

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Daniel Sada

Rector de la Universidad Francisco de Vitoria

03/07/2026 a las 12:34h.

Hay momentos en los que la universidad está llamada a detenerse, mirar a su alrededor y preguntarse de nuevo por su razón de ser. No ... para encerrarse en sí misma ni para repetir respuestas heredadas, sino para discernir qué exige el tiempo presente de quienes tenemos la responsabilidad de educar, investigar y servir a la sociedad. Durante tres días, la Universidad Francisco de Vitoria ha celebrado el VII Congreso Razón Abierta bajo un lema especialmente oportuno: 'Francisco de Vitoria, luz para un mundo incierto'. La figura de Vitoria, incorporado hace ahora cinco siglos a su cátedra en la Universidad de Salamanca, no pertenece solo a la historia del pensamiento. Pertenece también al presente, porque su modo de mirar la realidad sigue siendo necesario cuando el mundo vuelve a plantearnos preguntas radicales. La inteligencia artificial, la transformación del trabajo, la fragilidad del derecho internacional, la crisis de sentido en la educación o la dificultad para sostener una idea compartida de dignidad humana no son asuntos técnicos aislados. Son síntomas de una pregunta más profunda: qué significa ser persona en un tiempo en el que muchas de nuestras capacidades pueden ser imitadas, aceleradas o sustituidas por la tecnología.

Vitoria respondió desde una convicción que hoy sigue siendo decisiva: hay algo en cada ser humano que ningún poder puede borrar legítimamente. El derecho no termina donde termina nuestra cultura. La dignidad no es un privilegio de quienes se parecen a nosotros. Esa afirmación, nacida en una cátedra universitaria, sigue siendo una de las grandes aportaciones de la universidad a la historia de la humanidad.

Por eso, este congreso no ha sido un simple inventario de temas académicos. Ha sido, más bien, un mapa de las preguntas que el mundo se está haciendo ahora mismo y que necesitan ser respondidas bien. Hemos hablado de ley natural, dignidad humana, derechos y naturaleza; de guerra justa, poder civil, economía y justicia; de evangelización, misión universitaria, educación, conciencia e inteligencia artificial. En todos esos debates late una misma preocupación: cómo mantener a la persona en el centro cuando tantas fuerzas –políticas, económicas, tecnológicas o culturales– tienden a reducirla.

La universidad no puede limitarse a formar profesionales competentes. Eso es imprescindible, pero no suficiente. Una universidad que renuncia a preguntarse por la verdad, por el bien, por la justicia y por el sentido termina siendo una institución funcional, quizá eficaz, pero incapaz de iluminar la vida de sus estudiantes y de la sociedad a la que sirve.

La inteligencia artificial hace esta cuestión todavía más urgente. Su irrupción no debe llevarnos ni al entusiasmo ingenuo ni al miedo paralizante. La IA puede ayudarnos a ordenar información, automatizar procesos, ampliar capacidades y abrir nuevas posibilidades en la investigación, la docencia y la gestión del conocimiento. Pero también nos obliga a distinguir con mayor precisión qué es lo verdaderamente humano.

En la conferencia final del congreso, Francesc Torralba planteó una cuestión esencial: qué tareas debemos delegar en los artefactos y cuáles no podemos abandonar sin traicionar la misión universitaria. La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas, pero no puede sustituir la conciencia. Puede procesar datos, pero no puede asumir responsabilidad moral. Puede producir textos, pero no puede vivir la experiencia del asombro, del encuentro, de la duda honesta o de la búsqueda compartida de la verdad.

Hay que pensar con rigor y resistir la presión de reducir todo conocimiento a utilidad inmediata

Por eso, el futuro de la universidad no dependerá solo de su capacidad para incorporar tecnología, sino de su capacidad para custodiar aquello que la tecnología no puede reemplazar. El profesor no es un mero transmisor de información. Es alguien que acompaña, interpela, despierta preguntas y ayuda a que la inteligencia del alumno se deje afectar por la realidad. La universidad no es una plataforma de contenidos. Es una comunidad de maestros y discípulos, de investigadores y estudiantes, de personas que buscan juntas comprender mejor el mundo para servirlo mejor.

En este sentido, la inteligencia artificial puede ser una ocasión providencial para purificar la misión universitaria. Si una máquina puede hacer determinadas tareas con más rapidez o precisión, quizá debamos preguntarnos qué parte de nuestro tiempo estábamos dedicando a lo accesorio. Y si ninguna máquina puede mirar a un alumno a los ojos, reconocer su singularidad, exigirle con esperanza o acompañarle en sus grandes preguntas, entonces ahí se encuentra una parte irrenunciable de nuestra vocación.

La universidad del futuro no será más humana por rechazar la tecnología, sino por integrarla desde una antropología sólida. Tampoco será más relevante por adaptarse sin criterio a cada novedad, sino por discernir qué novedades sirven verdaderamente a la persona y cuáles la empobrecen. Necesitamos universidades capaces de pensar con rigor, dialogar sin miedo y resistir la presión de reducir todo conocimiento a utilidad inmediata. Esa es, precisamente, la intuición de la razón abierta: no cerrar la inteligencia sobre sí misma, no fragmentar los saberes, no separar la ciencia de las grandes preguntas filosóficas, éticas y teológicas. La realidad es más grande que nuestras disciplinas, y la persona es más grande que sus funciones, sus datos o su rendimiento.

Cinco siglos después de Francisco de Vitoria, la universidad vuelve a encontrarse ante un mundo incierto. Cambian los lenguajes, los instrumentos y los desafíos, pero permanece la misma responsabilidad: pensar bien para actuar justamente; buscar la verdad para servir al bien común; formar personas capaces de comprender su tiempo sin dejarse arrastrar por él.

Quizá no veamos del todo el mundo que estamos ayudando a construir. Tampoco Vitoria vio todas las consecuencias de sus ideas. Pero eso no nos exime de pensar con la razón más abierta que nunca. Al contrario, nos obliga.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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