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El Banco Central Europeo promete actuar de manera "ágil" si la guerra en Oriente Próximo dispara los precios.
Como ya hiciese anteayer la Reserva Federal norteamericana, el Banco Central Europeo mantuvo sin cambios los tipos de interés en su primera reunión tras el estallido de la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán. La institución que preside Christine Lagarde comparte con su alter ego al otro lado del Atlántico que aún es pronto para calibrar el impacto de la crisis bélica en Oriente Próximo sobre las economías occidentales.
De momento, el efecto más visible es el fuerte repunte del coste de las materias primas energéticas en los mercados financieros, que ha contagiado también a los títulos de deuda pública y a las principales bolsas, que ayer vivieron otra sesión con considerables caídas. El riesgo de que las hostilidades en el Golfo Pérsico se prolonguen, con los planes de Teherán para prolongar el conflicto golpeando las infraestructuras estratégicas de sus vecinos árabes aliados de Washington, ha extendido el pesimismo entre los inversores.
El escenario más adverso sería otra espiral inflacionista que obligase a los bancos centrales a elevar sus tipos de interés y provocara un desplome de la actividad productiva y del consumo en las economías occidentales. La propia Lagarde reconoció ayer que esa amenaza es cierta, pero aseveró que la autoridad monetaria actuará con agilidad y determinación si es necesario para evitar que las tensiones inflacionistas puedan propagarse por la cadena de valor, como sucedió tras la invasión rusa de Ucrania a finales de febrero de 2022.
Entonces hubo críticas a la actuación tardía tanto del BCE como del resto de bancos centrales, lo que según sus críticos agravó las consecuencias de la espiral global de precios -que también se gestó en la energía y los fertilizantes-, lo que prolongó en el tiempo la batalla monetaria para domeñar la histórica inflación, que llegó a ser de dos dígitos en los momentos más tensos. De ahí que la máxima autoridad financiera del euro tratase de despejar las dudas sobre si Fráncfort podría tolerar un repunte puntual de la inflación para no provocar una recaída de las debilitadas economías europeas.
Lagarde dejó claro que el BCE tiene preparado todo su arsenal monetario para combatir los temidos "efectos de segunda ronda" de la inflación. Esto es, una espiral descontrolada de costes, precios y salarios. También quiso tranquilizar a los inversores porque su previsión central es que la crisis geopolítica sólo añada seis décimas al IPC anual de la zona euro, que llegaría hasta el 2,6%.
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