- JAVIER AYUSO
- ¿Quién es Péter Magyar, el hombre que ha puesto fin a la era Orbán?
- Hungría desahucia a Orbán tras 16 años al frente del país
La derrota sin paliativos del ultranacionalista húngaro Viktor Orbán supone un importante mazazo para Vox, en un momento donde Santiago Abascal tiene que hacer frente a una fortísima crisis interna y las encuestas muestran que ha tocado techo y empieza a perder fuerza.
Los resultados de las elecciones en Hungría de este domingo suponen un antes y un después para la evolución de la ultraderecha y el populismo en Europa. Con una participación altísima, los húngaros han elegido poner fin a 16 años del gobierno de Viktor Orbán, caracterizado por el autoritarismo, la corrupción y las extrañas alianzas con Estados Unidos y Rusia, mientras renegaba de la doctrina de la Unión Europea. Ha tenido que ser un discípulo suyo, Péter Magyar, quien decidió hace dos años pasar a la oposición, el que le ha barrido en unos comicios que llenan de esperanza al país y al resto de los socios comunitarios.
Lo más interesante es que la caída de Orbán ha venido tras una rebelión dentro de su propio partido y que ideológicamente se mantienen los postulados de la derecha, aunque una europeísta y liberal. La clave ahora es saber si el nuevo gobierno podrá revertir todas las medidas adoptadas por el presidente saliente y volver a la senda de la normalidad democrática. Es el momento de desmontar el "orbanismo".
Las reacciones tras conocerse los resultados no se han hecho esperar y dan una imagen de quiénes son los ganadores y los perdedores de las elecciones en Hungría. La mayor alegría ha venido de las principales capitales comunitarias y especialmente de Bruselas. La UE lleva años sufriendo las políticas populistas de Orban y los bloqueos ante decisiones cruciales para la seguridad en Europa. Su doble juego con Donald Trump y Vladímir Putin, perdedores claros de estos comicios, ha puesto en aprietos la política exterior y de defensa comunitaria y la propia supervivencia de Ucrania. Washington y Moscú han participado muy activamente en la campaña a favor de Orbán, tanto directamente como bajo cuerda.
También hay que señalar entre los perdedores a todos los partidos de ultraderecha en Europa, que se habían aliado con Hungría para sacar adelante políticas populistas y antieuropeas. Entre ellos, sin duda alguna, Vox. Su presidente, Santiago Abascal, es un fiel defensor y aliado de Orbán, de quien recibió además importantes sumas de dinero para financiar sus campañas.
La pregunta es si la caída del líder autoritario húngaro supondrá el final de un modelo encarnado por el grupo de "los Patriotas" en la Eurocámara. Lo que es indudable es que la extrema derecha española estaba plenamente integrada con esos grupos, al igual que los ultras checos, eslovacos y hasta los alemanes. Los radicales de Francia e Italia no estaban en ese grupo, aunque comulgaban con los mismos posicionamientos que siguen defendiendo desde las instituciones que controlan.
En el caso de Vox, la derrota sin paliativos de Orbán supone un importante mazazo, en un momento en el que Abascal tiene que hacer frente a una fortísima crisis interna y las encuestas muestran que ha tocado techo y empieza a perder la fuerza que había demostrado en los últimos años. La doctrina radical, ultraderechista y xenófoba del partido verde, aderezada con toques antieuropeístas, puede empezar a hacer agua y seguir el camino de la izquierda radical de Podemos, que cayó en la irrelevancia tras llegar a tocar el cielo. En ambos casos, la crisis empezó con batallas internas.
Nadie se cree que en España haya cinco millones de fascistas. Los votos que viene consiguiendo Vox no son todos de la ultraderecha, sino que representan mayoritariamente a esos millones de ciudadanos desencantados e indignados por la política, que se han dejado arrastrar por el populismo de Abascal, como lo hicieron en su día por el de Pablo Iglesias. Pero, antes o después, puede bajar el souflé, como ocurrió con el partido morado.
Es, además, muy significativo que la expulsión de Orbán del poder en Hungría haya venido de la mano de una persona que admiraba al primer ministro y recorrió el camino con él hasta que se dio cuenta de que estaba llevando el país hacia una autocracia iliberal. Magyar ha conseguido movilizar a electores de la derecha y la izquierda moderada (le han apoyado incluso los socialistas), para derribar el sistema desde dentro. Y cuenta con una mayoría amplísima para poder revertir las actuaciones de su predecesor. Una tarea que no será tan sencilla, teniendo en cuenta que el primer ministro saliente lleva más de tres lustros colonizando todas las instituciones del país.
Alberto Núñez Feijóo, que se apresuró el domingo a felicitar al nuevo líder húngaro, debería aprender la lección. Solo un partido de derechas puede derrotar a la ultraderecha, con una estrategia firme y decidida para recuperar a esos millones de votantes históricos del PP que eligieron a Vox en los últimos años apuntándose al voto del odio que ha llevado a la ultraderecha a crecer peligrosamente en la mayoría de los países europeos.
En España, los ultras no han conseguido ganar ninguna elección. Pero sí han logrado situarse en una tercera posición que les ha permitido presionar al PP en los ayuntamientos y las comunidades autónomas en los que ha ganado, e incluso en España. Las exigencias ultraderechistas han hecho mucho daño a los populares, azuzados además por el miedo a los radicales de derechas que viene utilizando tanto el PSOE como sus socios de la ultraizquierda y el independentismo.
La lista de los socios fundadores de Vox que han abandonado o han sido expulsados del partido crece día a día. Y cada vez que sale uno nuevo, se destapan toda una serie de presuntas irregularidades en la gestión de la formación, de la mano de consejeros externos que han estado ingresando millones por su colaboración con Abascal. Toda una trama económica que acabará saltando por los aires antes o después. Aunque la mayor debilidad de su presidente es precisamente lo que él considera su principal valor: el autoritarismo. Cada vez que aparece un incendio interno y hablan sus líderes malditos, aparece el presidente para dar un golpe en la mesa y dejar claro que sólo él manda en el partido y que sus órdenes son de obligado cumplimiento.
Dentro de poco más de un mes se celebrarán las cuartas elecciones autonómicas del año, en Andalucía. Una auténtica prueba de fuego para el PP, pero sobre todo para Vox. Las encuestas apuntan a que José Manuel Moreno tiene opciones de revalidar su mayoría absoluta, mientras el PSOE de María Jesús Montero sigue rompiendo sus suelos históricos y el partido verde no consigue abrir huecos en el techo, como sí hizo en Extremadura y Aragón.
Es, sin duda, el momento para que Feijóo demuestre su capacidad de liderazgo para iniciar el camino hacia las elecciones generales de 2027 (o antes). Tiene la oportunidad de marcar diferencias con una ultraderecha tóxica que le ha llevado a apoyar medidas dudosamente democráticas y a perder su posición de centro derecha. Debe lanzarse a convencer a los electores de Vox de que la única salida para llegar a la Moncloa con garantías es volver a elegir la papeleta del PP. Y eso se hace con un programa consistente y alejándose de los enunciados ultras al que les ha llevado Abascal. Si ha caído el reinado de Orbán, cómo no van a caer los reinos de taifas de Vox.
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