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Las presentaciones que sí existieron

Las presentaciones que sí existieron
Artículo Completo 1,508 palabras
Decía Eugeni d'Ors que, en Madrid, a las siete de la tarde, o das una conferencia o te la dan. En una versión libérrima, podríamos decir que, en mayo, en Madrid, o presentas un libro o te lo presentan. En realidad, sucede lo mismo en abril, por eso de San Jorge, un santo turco que se celebra en Barcelona y que pone muy nerviosos a los escritores madrileños. Todos quieren que su libro esté en las mesas el día en el que los catalanes se regalan rosas, libros y esa pizca de superioridad moral. Esto genera un atasco de presentaciones y no hay tarde en la que no tengas dos o tres. Por algún acuerdo tácito de la civilización, los lunes y los viernes se evitan, así que toda la congestión sentimental y editorial se concentra entre martes, miércoles y jueves. Y allá se apaña uno. Porque no sé cómo funcionará esto en Sheffield, pero sobra decirte que, en España, nadie quiere ir a la presentación de un libro. Se va por amistad, Nickie, por cariño, por esa mezcla tan nuestra de afecto y pereza que lleva a decir 'sí' a cosas a las que uno estamparía un 'no' rotundo. Tú todo esto no lo entiendes porque eres inglés, pero ya te he dicho alguna vez que a esos a los que vosotros llamáis 'asertivos' nosotros los consideramos 'gilipollas' de toda la vida. En cualquier caso, no se va por el libro. En las presentaciones rara vez se habla del libro en serio, porque para eso haría falta haberlo leído. Y no es el caso, ahí se va a comprarlo. Por eso actúan más bien como ceremonia social , como una excusa para que el autor converse en público con un amigo, ambos se digan cosas amables y que los asistentes se queden bebiendo vino blanco caliente mientras fingimos que la literatura sigue importando.Se va por amistad, Nickie, por cariño, por esa mezcla tan nuestra de afecto y pereza En Madrid esto tiene un punto histérico, pero en provincias adquiere una forma más doméstica. En Valladolid, por una razón que desconozco, me toca presentar a casi todo el que viene de la capital, lo cual implica comer, cenar o ambas cosas, que ya no sé cómo explicárselo a mi 'personal trainer', que es un tipo que se llama Juan Carlos y que no comprende que no baje barriga tras machacarme tres veces por semana. Yo le explico que es por la literatura, pero no lo comprende. No sabe que a la ingesta calórica de cada presentación hay que sumarle una media de diez días de lectura, consolidando carbohidratos en un sofá de reserva calórica. Yo he ido adquiriendo ese papel entre ornamental y funcionarial del presentador de libros ajenos, así que no puedo escribir los míos. De alguna manera es como si la ciudad me hubiera nombrado padrino civil de novedades editoriales. No sé cuándo ocurrió. Yo debí presentar un libro una vez, me salió medio bien y ya me condené. Desde entonces voy de librería en librería, de salón en salón, de mesa en mesa, presentando novelas, dietarios, memorias y cualquier otro objeto con lomo y faja promocional.Noticia relacionada general No No Daniel Ramírez: «El olvido es una forma de prolongar la violencia» Andrés González-BarbaNo me quejo. O no del todo. Presentar un libro tiene algo de gimnasia moral que obliga a leer con atención, a ordenar una idea y a decir en voz alta por qué algo merece la pena sin caer en la turra hagiográfica ni en la adulación bovina. Hay que encontrar el mecanismo secreto del libro y explicarlo sin destriparlo, sin hacerse el brillante y sin aburrir al público, que bastante ha hecho con intentar aparcar. Pero, a la vez, hay que dejar claro que lo has leído, que lo has comprendido y que has hecho tu trabajo, lo cual implica entre seis y ocho minutos de comentario. Es una tarea más difícil de lo que parece. Porque en España hablar bien de alguien sin sonar a falso exige una contención ascética. Si te pasas, empalagas; si te quedas corto, pareces un estirado. Y si dices la verdad desnuda, te quedas sin amigos.Hace unos días presenté a Dani Ramírez: 'Los días que no existieron' (Espasa). Y me alegró de verdad, porque Dani escribe bien, que es una cualidad poco frecuente en los escritores. El libro podría parecer una novela sobre nazis y etarras, pero no va de eso, o no solo. En el fondo, como toda la literatura que merece la pena, va del amor y de la muerte . Más exactamente: del amor después de la muerte, de lo que ocurre cuando un asesinato deja a los vivos atrapados en una mezcla de rabia, lealtad y resentimiento. Ese es el gran mérito del libro: meterse en un asunto dificilísimo sin convertirlo en sermón. Habla de justicia, de venganza y de la imposibilidad del perdón, pero sin decirle al lector lo que tiene que pensar. Y eso, hoy, es casi un acto de rebeldía. Porque vivimos en un tiempo en que cada asunto viene embalado ideológicamente, con su veredicto y su pancarta. Dani hace lo contrario: no fuerza la novela para demostrar una tesis previa ni convierte a los personajes en marionetas de una idea. Hace algo más difícil y más infrecuente: confiar en la inteligencia del lector.Eso me parece capital. Porque la literatura empieza donde termina el juego de buenos y malos. Claro que en la vida hay buenos y malos, pero una novela no puede escribirse desde un atril. Y 'Los días que no existieron' no lo hace. Tiene decencia narrativa, que es una forma de respeto. No confunde comprensión con justificación ni exige a las víctimas ejemplaridad moral, que sería la forma más refinada de violencia. Además, hay periodismo, ese mundo nuestro en el que conviven la nobleza y sus miserias: la prisa, el ego, la pelea entre cabeceras, la presión del director, el hambre de titular y la sospecha de que uno está utilizando el dolor ajeno para hacer una pieza memorable. Dani conoce bien ese ecosistema y no lo idealiza . Pero tampoco lo desprecia. Hace bien, porque el periodismo está lleno de farsantes, sí, pero también de gente que se deja la salud, la alegría y la vida a cambio de contar con honestidad una historia que lo merezca.Y luego está el estilo, que en Dani no es asunto menor. El tipo tiene oído, mirada y fraseo. Y por eso me parece tan valioso el esfuerzo que hace por sujetarse. En lugar de exhibir musculatura, se pone al servicio de la trama. En lugar de ir dejando todo lleno frases subrayables hace algo más difícil, que es escribir bien sin estorbar. Se retira para que aparezcan los personajes, la tensión y el conflicto . Y esa contención, en alguien especialmente dotado para el lucimiento verbal, es una forma de madurez y hasta de generosidad.De modo que salí contento. No solo por Dani, sino por la rara sensación de que, por una vez, la presentación de un libro no había sido liturgia social ni una excusa para hacerse fotografías. A veces ocurre ese milagro menor: que el libro sea de verdad bueno y que uno pueda decirlo sin forzar nada, sin sobreactuar y sin hacer de relaciones públicas con americana. En esos casos el acto deja de ser protocolo y se convierte en celebración. Eso sí, la comida y la cena no me las quitó nadie. Y así no hacemos nada, Nickie. Desde luego, algunos días mataría por la tristeza de un chef inglés. Siempre tuyo.

Decía Eugeni d'Ors que, en Madrid, a las siete de la tarde, o das una conferencia o te la dan. En una versión libérrima, podríamos decir que, en mayo, en Madrid, o presentas un libro o te lo presentan.

En realidad, sucede lo ... mismo en abril, por eso de San Jorge, un santo turco que se celebra en Barcelona y que pone muy nerviosos a los escritores madrileños. Todos quieren que su libro esté en las mesas el día en el que los catalanes se regalan rosas, libros y esa pizca de superioridad moral.

Esto genera un atasco de presentaciones y no hay tarde en la que no tengas dos o tres. Por algún acuerdo tácito de la civilización, los lunes y los viernes se evitan, así que toda la congestión sentimental y editorial se concentra entre martes, miércoles y jueves. Y allá se apaña uno. Porque no sé cómo funcionará esto en Sheffield, pero sobra decirte que, en España, nadie quiere ir a la presentación de un libro.

Se va por amistad, Nickie, por cariño, por esa mezcla tan nuestra de afecto y pereza que lleva a decir 'sí' a cosas a las que uno estamparía un 'no' rotundo. Tú todo esto no lo entiendes porque eres inglés, pero ya te he dicho alguna vez que a esos a los que vosotros llamáis 'asertivos' nosotros los consideramos 'gilipollas' de toda la vida. En cualquier caso, no se va por el libro.

En las presentaciones rara vez se habla del libro en serio, porque para eso haría falta haberlo leído. Y no es el caso, ahí se va a comprarlo. Por eso actúan más bien como ceremonia social, como una excusa para que el autor converse en público con un amigo, ambos se digan cosas amables y que los asistentes se queden bebiendo vino blanco caliente mientras fingimos que la literatura sigue importando.

Se va por amistad, Nickie, por cariño, por esa mezcla tan nuestra de afecto y pereza

En Madrid esto tiene un punto histérico, pero en provincias adquiere una forma más doméstica. En Valladolid, por una razón que desconozco, me toca presentar a casi todo el que viene de la capital, lo cual implica comer, cenar o ambas cosas, que ya no sé cómo explicárselo a mi 'personal trainer', que es un tipo que se llama Juan Carlos y que no comprende que no baje barriga tras machacarme tres veces por semana. Yo le explico que es por la literatura, pero no lo comprende. No sabe que a la ingesta calórica de cada presentación hay que sumarle una media de diez días de lectura, consolidando carbohidratos en un sofá de reserva calórica.

Yo he ido adquiriendo ese papel entre ornamental y funcionarial del presentador de libros ajenos, así que no puedo escribir los míos. De alguna manera es como si la ciudad me hubiera nombrado padrino civil de novedades editoriales. No sé cuándo ocurrió. Yo debí presentar un libro una vez, me salió medio bien y ya me condené. Desde entonces voy de librería en librería, de salón en salón, de mesa en mesa, presentando novelas, dietarios, memorias y cualquier otro objeto con lomo y faja promocional.

Daniel Ramírez: «El olvido es una forma de prolongar la violencia»

No me quejo. O no del todo. Presentar un libro tiene algo de gimnasia moral que obliga a leer con atención, a ordenar una idea y a decir en voz alta por qué algo merece la pena sin caer en la turra hagiográfica ni en la adulación bovina. Hay que encontrar el mecanismo secreto del libro y explicarlo sin destriparlo, sin hacerse el brillante y sin aburrir al público, que bastante ha hecho con intentar aparcar. Pero, a la vez, hay que dejar claro que lo has leído, que lo has comprendido y que has hecho tu trabajo, lo cual implica entre seis y ocho minutos de comentario.

Es una tarea más difícil de lo que parece. Porque en España hablar bien de alguien sin sonar a falso exige una contención ascética. Si te pasas, empalagas; si te quedas corto, pareces un estirado. Y si dices la verdad desnuda, te quedas sin amigos.

Hace unos días presenté a Dani Ramírez: 'Los días que no existieron' (Espasa). Y me alegró de verdad, porque Dani escribe bien, que es una cualidad poco frecuente en los escritores. El libro podría parecer una novela sobre nazis y etarras, pero no va de eso, o no solo. En el fondo, como toda la literatura que merece la pena, va del amor y de la muerte. Más exactamente: del amor después de la muerte, de lo que ocurre cuando un asesinato deja a los vivos atrapados en una mezcla de rabia, lealtad y resentimiento. Ese es el gran mérito del libro: meterse en un asunto dificilísimo sin convertirlo en sermón. Habla de justicia, de venganza y de la imposibilidad del perdón, pero sin decirle al lector lo que tiene que pensar.

Y eso, hoy, es casi un acto de rebeldía. Porque vivimos en un tiempo en que cada asunto viene embalado ideológicamente, con su veredicto y su pancarta. Dani hace lo contrario: no fuerza la novela para demostrar una tesis previa ni convierte a los personajes en marionetas de una idea. Hace algo más difícil y más infrecuente: confiar en la inteligencia del lector.

Eso me parece capital. Porque la literatura empieza donde termina el juego de buenos y malos. Claro que en la vida hay buenos y malos, pero una novela no puede escribirse desde un atril. Y 'Los días que no existieron' no lo hace. Tiene decencia narrativa, que es una forma de respeto. No confunde comprensión con justificación ni exige a las víctimas ejemplaridad moral, que sería la forma más refinada de violencia.

Además, hay periodismo, ese mundo nuestro en el que conviven la nobleza y sus miserias: la prisa, el ego, la pelea entre cabeceras, la presión del director, el hambre de titular y la sospecha de que uno está utilizando el dolor ajeno para hacer una pieza memorable. Dani conoce bien ese ecosistema y no lo idealiza. Pero tampoco lo desprecia. Hace bien, porque el periodismo está lleno de farsantes, sí, pero también de gente que se deja la salud, la alegría y la vida a cambio de contar con honestidad una historia que lo merezca.

Y luego está el estilo, que en Dani no es asunto menor. El tipo tiene oído, mirada y fraseo. Y por eso me parece tan valioso el esfuerzo que hace por sujetarse. En lugar de exhibir musculatura, se pone al servicio de la trama. En lugar de ir dejando todo lleno frases subrayables hace algo más difícil, que es escribir bien sin estorbar. Se retira para que aparezcan los personajes, la tensión y el conflicto. Y esa contención, en alguien especialmente dotado para el lucimiento verbal, es una forma de madurez y hasta de generosidad.

De modo que salí contento. No solo por Dani, sino por la rara sensación de que, por una vez, la presentación de un libro no había sido liturgia social ni una excusa para hacerse fotografías. A veces ocurre ese milagro menor: que el libro sea de verdad bueno y que uno pueda decirlo sin forzar nada, sin sobreactuar y sin hacer de relaciones públicas con americana. En esos casos el acto deja de ser protocolo y se convierte en celebración. Eso sí, la comida y la cena no me las quitó nadie. Y así no hacemos nada, Nickie. Desde luego, algunos días mataría por la tristeza de un chef inglés. Siempre tuyo.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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