Un viaje apostólico supone para un Papa encontrarse cara a cara con las heridas del mundo. Cuando quienes toman la palabra son las personas que viven la vulnerabilidad -o quienes la contemplan cada día desde la primera línea-, esos testimonios adquieren una dimensión profética al convertirse en un espejo para toda la comunidad. León XIV era consciente de que viajar a Gran Canaria significaba asomarse a una de las grandes fronteras de nuestro tiempo. Un territorio que para muchos representa la puerta de entrada a una nueva vida y que, para demasiados otros, termina siendo una sepultura abierta en el Atlántico.
En Arguineguín, bajo un sol inclemente que no logró doblegar la paciencia ni la ilusión de quienes aguardaban al Pontífice, el Papa escuchó algunas de las voces que forman parte de la compleja cadena de la migración.
Tito Villarmea, de Salvamento Marítimo en la Guardamar Urania, fue el primero en subir a ese escenario austero, de espaldas al mar, que tantas vidas desesperadas se ha llevado. En 18 años de servicio, calcula que habrá rescatado «a más de 20.000 personas» del agua. «Es una cifra que duele y que no se olvida», afirmó, «todos conocemos la imagen de Canarias de día, pero de noche es otra realidad: mar brava, oscuridad absoluta y embarcaciones frágiles cargadas de vidas». De familia marinera, recordó, sabía lo que suponía el mar, el mismo que se cobró la vida de su bisabuelo y casi de su padre y de su abuelo, ambos pescadores, que tuvieron que ser rescatados mientras faenaban. «Yo continúo su tradición, pero salvando vidas», subrayó.
León XIV reza junto a otro de los inmigrantes en el muelle de la Esperanza.A. D. L.Su voz vaciló por momentos. Estar ante el Santo Padre suponía, explicó, un reconocimiento a todos sus compañeros de Salvamento Marítimo. También evocó a los familiares de sus abuelos gallegos, que condujeron más de 12 horas para ver a Juan Pablo II en Fátima. «Nunca» olvidará a una madre que viajaba en una patera con su hijo, entre heridos y cuerpos sin vida. «Ya a salvo a bordo, la mujer se acercó al niño, de unos 14 años, le quitó el gorro y la cazadora y sacó unos pendientes dorados para colocárselos. Era una niña. Lloró ella y lloré yo, porque soy padre de dos adolescentes. Podrían haber sido mis hijas». En aquella escena se condensaban el miedo, la esperanza y el precio que muchas familias pagan por intentar alcanzar un futuro mejor.
«La misericordia comienza con gestos pequeños», le respondió el Papa, «no se trata de resolverlo todo, sino de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre, donde los recursos no bastan y no hay un idioma común, pero donde aún pueden hablar los gestos».
El Pontífice, con el capitán Tito Vilarmea, de Salvamento Marítimo.A. D. L.La mayoría llega engañada. Aunque todos pagan un precio medio de entre 3.000 y 5.000 euros; en el caso de las mujeres, su cuerpo es una moneda extra para las organizaciones criminales que cobran cuando quieren. Eso le ocurrió a Blessing (en inglés, bendición). Senegalesa y víctima de trata, su historia no pudo ser contada por ella misma por motivos de seguridad. «A los 14 años ya estaba luchando por sobrevivir», relataba Ayou, otra migrante encargada de darle voz. «A los 22 dejé a mis hijos de 2 y 4 años en mi país para salir y buscar cómo darles un futuro mejor». Lo que encontró fue que la mafia le pedía una deuda imposible de 25.000 euros por una mafia.
Sabía que tenía que escapar y se subió a una patera, aún sabiendo que el día anterior una embarcación había naufragado. Durante el trayecto quedó embarazada por un hombre con lazos en la red criminal que los transportaba.
«En España me separaron de mi hijo de 11 meses». Frente a León XIV, las lágrimas corrían por el rostro de quien prestaba la voz. «Conseguí recuperarlo y espero que Dios bendiga a todas las personas que me ayudaron».
León XIV lamentó no haber podido ponerle cara aquella senegalesa, pero eso no impidió que le lanzara un mensaje. «Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien inestimable», dijo León XIV, «tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte, nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor».
El mar, como él mismo afirmó, desde tiempos bíblicos ha sido lugar de «oscuridad, amenaza y caos», con su Leviatán devorador y su Rahab -«la soberbia de los poderes»- hoy transformado en esos «cantos de sirenas» que los migrantes deben evitar escuchar. Pero mientras siga habiendo mafias y migrantes engañados, León XIV, como él mismo afirmó, no podrá «desentenderse de estos muelles».