- RICARDO T. LUCAS
Ha causado cierto revuelo que Zelenski afirmara en una reciente entrevista con la BBC que Putin ha comenzado en Ucrania la Tercera Guerra Mundial.
Pero no es el primero que sostiene que estamos asistiendo a un conflicto de mayor escala, como los que devastaron Europa en el siglo XX, aunque se desarrolle por etapas. El Papa Francisco se lo anunció a varios jesuitas en un encuentro a puerta cerrada en el Vaticano que se celebró en mayo de 2022, al poco de la invasión unilateral de Rusia, según relata José María Zavala en su libro El reloj del Apocalipsis. Bergoglio lo repitió después en público varias veces hasta su muerte el 21 de abril de 2025, denunciando además los intereses que, a su juicio, estaban detrás del rearme global derivado de la agresión de Putin contra Kiev para derrocar a su gobierno democrático.
Ese carácter histórico aumenta la trascendencia del que ya es el conflicto más largo en el suelo europeo tras la Segunda Guerra Mundial. La Historia juzgará a los líderes de Occidente tanto por su actuación antes de la guerra como después de que Putin la declarase hace ya cuatro años. No sólo al sátrapa del Kremlin o al infame Trump, que ha dejado a Zelenski a su suerte cortando de golpe la vital asistencia financiera de Estados Unidos, sino también a los dirigentes de la UE por el apoyo que han dado a los ucranianos para defender su territorio y sus libertades.
Al margen del prorruso Viktor Orbán, que ha bloqueado el fondo extraordinario de 90.000 millones de euros para sostener la defensa ucraniana en represalia contra Kiev por haber cortado el tránsito de petróleo de Moscú hacia Hungría, los datos de la ayuda entregada por cada país respecto de su riqueza, que permiten calibrar el esfuerzo real en auxilio de Ucrania, retratan a varios gobiernos. Como el nuestro, que tan sólo ha destinado el 0,81% del PIB frente al 3,9% de Dinamarca o el 3,6% de Estonia.
Sánchez es probablemente el inquilino de La Moncloa más obsesionado por cómo pasará a la historia. Pues respecto a Ucrania su actuación es cuanto menos incoherente. Se ha prodigado en viajes a Kiev para mostrar solidaridad con los ucranianos ante la ofensiva inhumana de Putin -que se ha recrudecido en este invierno, el más frío de la guerra- y en declaraciones públicas en apoyo de Zelenski. Pero varios de sus socios radicales tienen vínculos con Moscú y España ocupa el puesto decimoctavo de los Veintisiete por el apoyo a Ucrania. Además de episodios tan sonrojantes como prometer tanques inutilizables que hubo que reparar antes de mandar al frente, lo que postergó su entrega. El Ejército ucraniano los fue recibiendo a cuentagotas entre principios de 2023 y la primavera del año pasado. Quizá por eso Sánchez ha delegado en el ministro Albares la representación de nuestro país en los actos por el cuarto aniversario de la guerra en Kiev, en los que sí estuvieron los líderes de las instituciones comunitarias, Ursula von der Leyen y António Costa, y primeros ministros como la danesa Mette Frederiksen, el reverso socialdemócrata de Sánchez en Europa.
De sus visitas a Ucrania los gobernantes europeos deben traerse lecciones clave para su propia supervivencia. Como que la seguridad de Ucrania, frontera con Rusia, es la seguridad de toda la UE. Pues el sátrapa ruso no se va a detener si vence a Kiev. El despertar geopolítico de los europeos no puede ser flor de un día si quieren evitar que Putin extienda su ofensiva a otros países de lo que considera su órbita de seguridad. Deben dejar de confiar en la heroica resistencia de Ucrania y presionar a Rusia con medidas más contundentes que las aplicadas hasta ahora, cuya escasa efectividad salta a la vista, para inclinar la balanza económica y militar en favor de Zelenski.
Ante el caos arancelario MAGA, Europa podría jugar sus cartasLa deriva antiempresa de Sánchez divide al TCTrump redobla su desafío arancelario Comentar ÚLTIMA HORA