Aunque en España el debate sobre la inmigración está casi exclusivamente situado en la puerta de entrada, una parte fundamental de su impacto sobre nuestra sociedad se juega en las aulas. No se trata solo de los menores que llegan como inmigrantes. En España, cuatro de cada diez nacimientos tienen ya origen en la migración, y contamos con una generación entera de hijos de inmigrantes que lleva dos décadas formando parte de nuestras escuelas.
Somos un país pobre en estadísticas para estudiar la infancia, y por eso PISA, más allá del batacazo de esta edición, es la única radiografía que tenemos para evaluar nuestro sistema educativo. Pero sus datos sirven para mucho más que ordenar países, comunidades autónomas y dar titulares alrededor de una media. PISA es una de las poquísimas herramientas que tenemos para saber qué está pasando con los hijos de los inmigrantes y con esa idea en mente, he analizado sus microdatos. La edición de 2025 permite concluir que España es mejor llevando a sus alumnos hacia la zona media del rendimiento, donde se concentra la mayoría, que empujándolos hacia la excelencia. Y cuando miramos a los hijos de los inmigrantes, esa debilidad aparece a lo grande.
Comencemos por las buenas noticias. Comparada con sus vecinos, España no sale mal parada en lo que sus hijos de inmigrantes demuestran saber. Tomemos como referencia el 20% de alumnos con peores resultados en Matemáticas de toda la OCDE: si los hijos de inmigrantes rindieran igual que los nativos, uno de cada cinco estaría ahí. Entre los nacidos fuera de España, sin embargo, el porcentaje se dispara al 32,7%, un resultado catastrófico. Pero basta una generación para que la cifra caiga al 19,8% entre quienes ya nacieron aquí, frente al 12,3% de los hijos de españoles. La desventaja de la segunda generación persiste, pero es menor que en buena parte de Europa. Y, sobre todo, siete de cada diez hijos de inmigrantes nacidos en España aterrizan en la franja central de rendimiento, lejos tanto del fracaso como de la excelencia.
Conviene no atribuir esta ventaja demasiado rápido a nuestras políticas educativas o de integración. La composición de la inmigración importa. Nuestra segunda generación es mayoritariamente latinoamericana e hispanohablante, mientras que en Francia o Alemania tiene mayor peso el alumnado de origen africano y de Oriente Medio cuyas dificultades educativas son más frecuentes. Es un matiz importante para comparar países, aunque no invalida el hecho de que una generación después, España consigue llevar a la mayoría de los hijos de inmigrantes hacia el centro de la distribución.
A ello también ayuda que nuestro sistema escolar sea relativamente poco segregado entre centros. En España, ir a un colegio u otro explica solo alrededor del 12% de las diferencias de rendimiento en Matemáticas entre los alumnos nativos, una de las cifras más bajas entre los grandes países europeos. El resto de las diferencias se producen por las características de los individuos o de sus hogares, pero no de los centros a los que asisten. Y lo más llamativo es que esto también se aplica a los hijos de inmigrantes. En España, por tanto, el colegio al que se asiste parece determinar relativamente poco las diferencias de rendimiento. Es, seguramente, una de las razones por las que a casi nadie se le deja atrás.
Tras las buenas, viene la mala noticia. El mismo sistema que protege del fracaso limita tozudamente la excelencia. En Matemáticas, el 18,2% de los alumnos nativos españoles está en el quintil superior de rendimiento de la OCDE. Entre los hijos de inmigrantes nacidos en España son apenas el 10,4%, y entre los nacidos fuera, el 6,5%.
Es cierto que parte de la ausencia de alumnos excelentes entre los hijos de inmigrantes puede deberse al bajo perfil educativo de la inmigración que recibimos. No es casual que países que seleccionan más su inmigración, como Australia, Canadá, Nueva Zelanda o Reino Unido, sean también países donde los hijos de inmigrantes alcanzan con más frecuencia la excelencia. Por eso, España no puede compararse directamente con ellos. Pero esta excusa pierde fuerza cuando nos comparamos con nuestros vecinos europeos. Entre los hijos de inmigrantes de segunda generación, la excelencia alcanza el 18% en Bélgica, el 17% en Alemania y el 21% en Países Bajos, frente al 10,4% español, y esto pese a que la composición migratoria de esos países, con mayor peso de origen africano y de Oriente Medio, es en principio menos favorable que la española. España retiene el suelo por composición, pero pierde el techo por diseño del sistema, independientemente de la composición.
Este patrón no es una peculiaridad española. La investigación comparada de la educación lleva décadas documentando que los sistemas que separan pronto a los alumnos en itinerarios diferenciados, como el modelo alemán y holandés, que bifurca a los 10-12 años, o el belga, con una fuerte segmentación desde el inicio de la secundaria, producen más desigualdad, pero también más excelencia en la cima, porque concentran recursos, profesorado y expectativas en la vía superior. Los sistemas comprensivos, como el español, hacen lo contrario y comprimen la distribución completa. De ahí que ganemos en suelo lo que perdemos en techo.
España ha construido una escuela con poco suelo y poco techo. Nos preocupa mucho más evitar que los alumnos se queden atrás que conseguir que los mejores lleguen lo más lejos posible. El resultado es una escuela que iguala hacia el centro, pero tiene dificultades para producir excelencia. Para un país que lleva años lamentándose de su baja productividad y la escasez de cualificaciones avanzadas, debería ser una prioridad de política económica. Independientemente del origen, somos un buen país donde no fracasar y un mal país donde brillar.
Héctor Cebolla Boado es investigador científico en el Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC.