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Lord Berners, el pequeño aristócrata y otros animales

Lord Berners, el pequeño aristócrata y otros animales
Artículo Completo 632 palabras
Una famosa fotografía atribuida a Cecil Beaton muestra a un grupo tomando el té junto a un caballo blanco en el fastuoso salón de Faringdon House, la mansión de lord Berners. La escena refleja el espíritu del anfitrión, para quien la vida fue una forma de arte irónica y ligeramente absurda. Por aquella casa desfilaron, entre otros, Igor Stravinsky, Evelyn Waugh y Nancy Mitford , quien se inspiró en Berners para el personaje de lord Merlin en 'A la caza del amor'. Pintor, compositor y autor de relatos y memorias, Gerald Hugh Tyrwhitt-Wilson (1883-1950), decimocuarto barón Berners, fue definido por su biógrafo como «el último excéntrico» .Cabría esperar que 'Primera infancia', volumen inicial de su tetralogía autobiográfica, ofreciera el retrato de un pequeño dandi precozmente inclinado al exceso. Sin embargo, estas páginas revelan ante todo a un niño solitario y sensible que aprende pronto a observar e imaginar para adaptarse a un entorno que siente a contracorriente. 'Primera infancia' Autor Lord Berners Traducción Ángeles de los Santos Editorial Periférica Año 2026 Páginas 192 Precio 18,50 euros Puntuación 4Más allá del decorado -casa neogótica en la campiña, criados, niñeras-, sorprende comprobar hasta qué punto el mundo emocional que describe Berners se parece al de cualquier muchacho poco dotado para los deportes y las relaciones sociales. Esa falta de afectación, unida a la renuncia expresa al dramatismo, sitúa el libro en la mejor tradición memorialística inglesa, con su nunca suficientemente valorado cóctel de contención, autoironía y crueldad apenas insinuada.Noticia Relacionada Amiga de Hitler y Goebbels especial Si Diana Mitford, la prima nazi de Churchill Fátima Uribarri Muy amiga de Hitler, esposa de un líder fascista y prima del primer ministro británico. Winston Churchill la encarceló, pero más tarde la liberó en medio de un gran escándalo. Ahora se publican en español sus memorias, donde desvela su cínica versión de la historia.El volumen abarca desde el primer recuerdo consciente del autor -un episodio trivial no exento de significado- hasta sus primeros trimestres en Elmer, el internado al que su madre lo envía para «hacer de él un hombre». Berners se presenta como la oveja negra de una familia obsesionada con el ideal victoriano de la masculinidad, donde el deporte constituye un pilar educativo y la imaginación y el talento artístico son vistos como defectos de carácter. En la memoria del autor brillan dos abuelas de religiosidad antagónica, una prima de naturaleza siniestra y el ama de llaves que le descubre el reino de la fantasía. El salto del esponjoso hogar al áspero exterior queda encarnado en la figura del señor Gambril, el sádico director del colegio . Berners reconstruye el clima de severidad, pero destaca las bromas, los experimentos y las revelaciones: de Julio Verne y las sesiones de hipnotismo al deslumbramiento del primer amor. Las anécdotas se entrelazan con un retrato de profesores y compañeros tan incisivo como el que el autor se reserva para sí mismo. Observados con una lupa que alterna implacabilidad y afecto -más cercana a la burlona Mitford que al corrosivo Waugh-, todos ellos convierten el internado en un pequeño teatro humano.Berners rememora esos años con una prosa mordaz , aunque siempre permeable a la mirada infantil. De ahí la mezcla de disparate y lucidez que recorre este extraordinario libro, que contiene una advertencia temprana: «No hay razón para suponer que la infancia sea necesariamente más feliz que cualquier otra etapa».

Una famosa fotografía atribuida a Cecil Beaton muestra a un grupo tomando el té junto a un caballo blanco en el fastuoso salón de Faringdon House, la mansión de lord Berners. La escena refleja el espíritu del anfitrión, para quien la vida fue una ... forma de arte irónica y ligeramente absurda.

Por aquella casa desfilaron, entre otros, Igor Stravinsky, Evelyn Waugh y Nancy Mitford, quien se inspiró en Berners para el personaje de lord Merlin en 'A la caza del amor'. Pintor, compositor y autor de relatos y memorias, Gerald Hugh Tyrwhitt-Wilson (1883-1950), decimocuarto barón Berners, fue definido por su biógrafo como «el último excéntrico».

Cabría esperar que 'Primera infancia', volumen inicial de su tetralogía autobiográfica, ofreciera el retrato de un pequeño dandi precozmente inclinado al exceso. Sin embargo, estas páginas revelan ante todo a un niño solitario y sensible que aprende pronto a observar e imaginar para adaptarse a un entorno que siente a contracorriente.

Más allá del decorado -casa neogótica en la campiña, criados, niñeras-, sorprende comprobar hasta qué punto el mundo emocional que describe Berners se parece al de cualquier muchacho poco dotado para los deportes y las relaciones sociales. Esa falta de afectación, unida a la renuncia expresa al dramatismo, sitúa el libro en la mejor tradición memorialística inglesa, con su nunca suficientemente valorado cóctel de contención, autoironía y crueldad apenas insinuada.

Diana Mitford, la prima nazi de Churchill

El volumen abarca desde el primer recuerdo consciente del autor -un episodio trivial no exento de significado- hasta sus primeros trimestres en Elmer, el internado al que su madre lo envía para «hacer de él un hombre». Berners se presenta como la oveja negra de una familia obsesionada con el ideal victoriano de la masculinidad, donde el deporte constituye un pilar educativo y la imaginación y el talento artístico son vistos como defectos de carácter. En la memoria del autor brillan dos abuelas de religiosidad antagónica, una prima de naturaleza siniestra y el ama de llaves que le descubre el reino de la fantasía.

El salto del esponjoso hogar al áspero exterior queda encarnado en la figura del señor Gambril, el sádico director del colegio. Berners reconstruye el clima de severidad, pero destaca las bromas, los experimentos y las revelaciones: de Julio Verne y las sesiones de hipnotismo al deslumbramiento del primer amor. Las anécdotas se entrelazan con un retrato de profesores y compañeros tan incisivo como el que el autor se reserva para sí mismo. Observados con una lupa que alterna implacabilidad y afecto -más cercana a la burlona Mitford que al corrosivo Waugh-, todos ellos convierten el internado en un pequeño teatro humano.

Berners rememora esos años con una prosa mordaz, aunque siempre permeable a la mirada infantil. De ahí la mezcla de disparate y lucidez que recorre este extraordinario libro, que contiene una advertencia temprana: «No hay razón para suponer que la infancia sea necesariamente más feliz que cualquier otra etapa».

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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