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Los 10 pueblos más bonitos de Cáceres: murallas, juderías y plazas con historia

Los 10 pueblos más bonitos de Cáceres: murallas, juderías y plazas con historia
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Esta provincia enorme y poco concurrida es un mosaico de paisajes: las dehesas del Tajo Internacional, las sierras de Gata y Las Hurdes, los valles del Jerte y el Ambroz, las cumbres de Villuercas-Ibores-Jara y la estepa que rodea Trujillo. Leer
ViajesLos 10 pueblos más bonitos de Cáceres: murallas, juderías y plazas con historia
  • CRISTINA ACEBAL
12 ENE. 2026 - 07:06Un mar de cerezos en flor cubre el Valle del Jerte como una nevada tardía: es el anuncio de la primavera cacereña, el orgullo agrícola de once pueblos y el preludio de unas cerezas con Denominación de Origen que sostienen la vida de todo el valle.

Esta provincia enorme y poco concurrida es un mosaico de paisajes: las dehesas del Tajo Internacional, las sierras de Gata y Las Hurdes, los valles del Jerte y el Ambroz, las cumbres de Villuercas-Ibores-Jara y la estepa que rodea Trujillo.

Entre medias, un rosario de pueblos donde aún se oye el campanario, se conversa en la plaza y la historia se lee en piedra: aquí se encadenan juderías, castillos de frontera, casas de adobe y palacios renacentistas. No es casual que Guadalupe luzca sello de Patrimonio Mundial gracias a su Real Monasterio, uno de los grandes santuarios marianos de Europa. En Cáceres el invierno huele a chimenea, a encina mojada y a migas recién hechas, a paseos sin prisas y cultura a bocados. Proponemos diez localidades cacereñas, las indispensables, que resumen el carácter de la provincia: sobria, bella, algo secreta y siempre hospitalaria. Y con una capital, Cáceres, declarada Patrimonio de la Humanidad desde 1986.

1. Trujillo, la plaza mayor de los conquistadores

la plaza mayor de Trujillo es la más cinematográfica de España y una de las más hermosas: una explanada de piedra en desnivel, rodeada de soportales y palacios blasonados, presidida por la estatua ecuestre de Francisco Pizarro.

Trujillo es, probablemente, la plaza mayor más cinematográfica de España: una gran explanada de piedra en desnivel, rodeada de soportales y palacios blasonados, presidida por la estatua ecuestre de Francisco Pizarro. A su alrededor se suceden casonas renacentistas como el palacio de los Duques de San Carlos, y desde allí las calles empedradas trepan hacia la "villa" medieval, con muralla, iglesia de Santa María la Mayor, templo de Santiago y castillo árabe califal con vistas inmensas sobre la comarca.

La ciudad se encarama a un cerro granítico entre las vegas del Tajo y el Guadiana y fue cuna de conquistadores como Pizarro u Orellana, lo que la convierte en primera etapa de la Ruta de los Conquistadores. No es casual que su casco histórico sea Bien de Interés Cultural ni que conserve un carácter poderoso y sereno: aquí se come cocina de dehesa como ibéricos, migas, caldereta… regada con vinos Ribera del Guadiana, muy bien defendidos en el Parador instalado en el convento de Santa Clara. Y, a pocos kilómetros al norte, el Parque Nacional de Monfragüe recuerda que Trujillo es también puerta de entrada a uno de los paisajes más espectaculares de Cáceres.

2. Guadalupe, fe, arte y montaña

El monasterio, hoy Patrimonio de la Humanidad, fue mandado construir en el siglo XIV por Alfonso XI tras la victoria del Salado y aquí recibieron los Reyes Católicos a Cristóbal Colón antes de concederle dos carabelas para su viaje a América.

Guadalupe, puebla encalada entre montes en la comarca cacereña de Las Villuercas, creció al abrigo de un gigante de piedra: el Real Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe. Asentada a los pies de la sierra de Altamira y declarada Conjunto Histórico-Artístico, esta villa de calles empedradas y casas con balcones de madera concentra historia, arte y devoción como pocos lugares en Extremadura. En invierno, la niebla se cuela entre los tejados y el pueblo se vuelve aún más recogido, perfecto para combinar cafés con chimenea con paseos cortos por los alrededores.

El monasterio, hoy Patrimonio de la Humanidad, fue mandado construir en el siglo XIV por Alfonso XI tras la victoria del Salado y pronto se convirtió en uno de los grandes santuarios de peregrinación de la península. Aquí recibieron los Reyes Católicos a Cristóbal Colón antes de concederle dos carabelas para su viaje a América. Tras la fachada con portadas de bronce se suceden maravillas: dos claustros —uno gótico y otro mudéjar—, una sacristía con lienzos de Zurbarán y el camarín barroco donde se venera la imagen de la patrona de Extremadura.

Frente al monasterio se abre la plaza de Santa María con la fuente de los Tres Caños, donde fueron bautizados los primeros indígenas traídos por Colón. A un lado se alza el antiguo hospital de San Juan Bautista, hoy Parador, que antaño acogía peregrinos y formó médicos para la corte real. La calle Mayor vertebra un entramado de casas serranas, soportales y tiendas de artesanía del cobre, tradición que se mantiene viva desde la Edad Media.

3. Plasencia, la puerta del norte

Plasencia tiene dos catedrales encajadas una en otra: la Vieja, de transición románico-gótica y la Nueva, con espléndidas portadas platerescas y huellas del barroco en sus retablos.

A orillas del río Jerte y en plena Ruta de la Plata, Plasencia nació en el siglo XII como plaza fuerte de Alfonso VIII y todavía se nota: la ciudad sigue ceñida por una muralla casi completa, con puertas como la del Sol, Trujillo o Berrozana abriendo paso a un casco viejo muy vivo. En torno a la Plaza Mayor, donde se celebra cada verano el bullicioso Martes Mayor, se levantan el Ayuntamiento y un buen puñado de palacios renacentistas; no es casual, aquí se instaló la nobleza extremeña a partir del siglo XV y dejó una colección envidiable de casas solariegas, como el Palacio de los Monroy, el Episcopal o el de los Marqueses de Mirabel.

El perfil de Plasencia lo marcan sus dos catedrales encajadas una en otra: la Vieja, de transición románico-gótica, y la Nueva, con espléndidas portadas platerescas y huellas del barroco en sus retablos. A su sombra se reparten iglesias como San Nicolás, San Martín o San Pedro, levantadas sobre antiguos templos musulmanes, y pequeños museos como el Etnográfico Textil "Pérez Enciso" o la colección de caza del propio Palacio de Mirabel. Para dormir, el antiguo convento de Santo Domingo acoge uno de los Paradores más atmosféricos de la red.

Plasencia es también un magnífico campamento base: en menos de una hora se alcanza el Parque Nacional de Monfragüe, la Sierra de Gata, Las Hurdes o los valles del Jerte y del Ambroz, un mosaico de gargantas, robledales y pueblos serranos que justifican alargar cualquier escapada.

4. Hervás, judería y bosques del Ambroz

Plaza de la Corredera en Hervás es el lugar donde todo ocurre y donde todos acuden; un verdadero salón urbano de Hervás con casas y soportales.

A la entrada del casco histórico, el convento de las Trinitarias marca el perfil de Hervás con su inconfundible fachada rojiza, inspirada en la iglesia vallisoletana de San Nicolás de Barí. Levantado en el siglo XVII gracias al legado de María López Burgalés, cristiana descendiente de judíos, el conjunto resume como pocos la historia de integración de los conversos en la Extremadura de la época. Tras sus muros se conservan espléndidos retablos barrocos y estancias de aire recogido, y parte del edificio funciona hoy como hospedería: uno de los alojamientos con más personalidad del norte de Cáceres, perfecto para dormir literalmente entre siglos.

A pocos minutos a pie se abre la plaza de La Corredera, verdadero salón urbano de Hervás. Sus casas con soportales han servido durante siglos de refugio frente a la lluvia o el calor, y siguen siendo el lugar donde todo ocurre: mercadillos, pequeñas ferias, terrazas que se improvisan al sol del mediodía y ese trasiego tranquilo de vecinos que se saludan de portal a portal. Sentarse aquí con un café es una forma rápida de entender el pulso cotidiano del pueblo.

En las laderas del valle del Ambroz, Hervás guarda además una de las juderías mejor conservadas de España: un laberinto de callejas empedradas, casas de adobe y entramado de madera que trepan hacia la iglesia de Santa María. El río Ambroz cruza el pueblo bajo puentes de piedra y, alrededor, los castañares se tiñen de ocres en otoño durante el festival "Otoño Mágico", Fiesta de Interés Turístico Nacional.

5. Garganta la Olla, balcones de La Vera

El pueblo, a los pies de la sierra de Tormantos, está declarado Conjunto Histórico y conserva casas muy singulares.

A los pies de la sierra de Tormantos, Garganta la Olla parece un decorado de madera y teja. Balcones corridos, soportales, calles empinadas y fuentes recuerdan que La Vera fue zona próspera de ganaderos y arrieros. El pueblo está declarado Conjunto Histórico y conserva casas singulares como la Casa de las Muñecas, de fachada azul, asociada a un burdel de tiempos de Carlos V, o el antiguo edificio de la Inquisición. En invierno, el rumor del agua en las gargantas sustituye al turismo veraniego, y es el momento ideal para recorrer las piscinas naturales vacías y sentarse a probar migas, pimentón de la Vera y calderetas de cabrito.

6. Cuacos de Yuste, el retiro de un emperador

En su monasterio decidió pasar sus últimos años Carlos V, en una sobria residencia aneja al convento jerónimo de Yuste y eso ha marcado su historia.

Muy cerca del monasterio que cambió la historia de Europa, Cuacos de Yuste vive a la sombra y al abrigo del retiro de un emperador. Aquí decidió pasar sus últimos años Carlos V, en una sobria residencia aneja al convento jerónimo de Yuste, y ese episodio ha marcado para siempre el carácter del pueblo. Declarado Conjunto de Interés Histórico-Artístico en 1959, Cuacos conserva un trazado de callejas que miran al valle entre huertos y prados, y tres plazas imprescindibles: la de Don Juan de Austria, ovalada, con balconadas de madera y soportales; la Plaza de España, más institucional; y la de los Chorros, con pilón y un ambiente popular que resume la vida cotidiana de la Vera. La iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XV, es uno de los templos más complejos e interesantes de la comarca, mezcla de gótico tardío y añadidos posteriores.

Buena parte del encanto de Cuacos está también en su término municipal. Entre robledales y fincas de castaños se esconden las ermitas de El Salvador, La Soledad y Santa Ana, y la Garganta de Cuacos desciende en una suave hondonada a los pies de la sierra de Tormantos, la Sierra del Salvador y el cerro San Simón, dejando a su paso pozas y saltos de agua como "Las Ollas". En invierno, la niebla se enreda en los árboles y el rumor de la garganta acompaña paseos cortos pero muy plácidos.

El monasterio de Yuste merece capítulo aparte. Durante el siglo XV se levantaron la iglesia y un primer claustro gótico; en el XVI se añadió un segundo claustro renacentista, más luminoso, al este del anterior. Su fama internacional llega cuando el emperador, ya convertido en monje cortesano, se instala aquí tras abdicar en favor de Felipe II. Para él se construyó un pequeño y austero palacio adosado al flanco meridional del convento, desde cuyas ventanas podía asistir a misa sin salir de sus estancias.

7. Robledillo de Gata, arquitectura de cuento

Declarado Conjunto Histórico en 1994, su caserío se aferra a la ladera entre huertos y arroyos y conserva una de las mejores muestras de arquitectura popular de Cáceres.

En el extremo norte de la provincia, Robledillo de Gata es uno de esos pueblos que obligan a bajar el ritmo. Declarado Conjunto Histórico en 1994, su caserío se aferra a la ladera entre huertos y arroyos y conserva una de las mejores muestras de arquitectura popular de Cáceres: casas de tres alturas levantadas en adobe y mampostería menuda con lajas de pizarra, entramados de madera y aleros tan pronunciados que casi se tocan formando pasadizos sobre las callejas. Las balconadas corridas y los antiguos secaderos de madera hablan de una vida agrícola que aún se intuye en los desvanes y cuadras de la planta baja.

La estampa se completa con la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, templo del siglo XVI con un bellísimo artesonado mudéjar, y tres pequeñas ermitas (la del Cordero, la del Humilladero y la de San Miguel) que salpican el entorno. Hoy, entre molinos restaurados, un pequeño museo del aceite y alojamientos que huelen a leña, Robledillo ofrece en invierno el silencio de la Sierra de Gata en estado puro, perfecto para enlazar la visita con pueblos vecinos como Gata, San Martín o Hoyos.

8. Alcántara, puente hacia Portugal

Su gran emblema es el puente romano del siglo II, una obra de ingeniería sin parangón en su época: casi 200 metros de longitud y un arco central que se eleva más de 30 metros sobre el agua.

Alcántara, al oeste de la provincia de Cáceres y en plena Raya con Portugal, es una tierra milenaria marcada por el río Tajo. Su gran emblema es el puente romano del siglo II, una obra de ingeniería sin parangón en su época: casi 200 metros de longitud y un arco central que se eleva más de 30 metros sobre el agua. A sus pies se despliega un casco antiguo de calles empinadas y estrechas, con casas de tonos anaranjados, conventos, iglesias y las construcciones levantadas por la Orden de Alcántara. Entre ellas destaca el Conventual de San Benito, auténtico faro cultural del pueblo y sede del Festival de Teatro Clásico en verano, que convierte la villa en un pequeño Epidauro extremeño. En invierno, la niebla asciende desde el Tajo y el ambiente se vuelve más introspectivo, ideal para recorrer el entramado histórico al atardecer y usar Alcántara como base para explorar el Parque Natural Tajo Internacional, compartido con Portugal, con rutas de senderismo y observación de aves en plena dehesa. Todo en este pueblo parece girar en torno al puente, al teatro y a la frontera: una mezcla de historia, paisaje y pasión cultural que hace de Alcántara un lugar difícil de confundir con ningún otro.

9. Coria, entre murallas y río

La muralla se recorre casi completa, el antiguo castillo de los Alba se alza como fondo escénico y en las calles empedradas aparecen el palacio de la familia de Rafael Sánchez Ferlosio.

Asomada al río Alagón, Coria es una de esas ciudades donde la historia se lee en cada piedra. Los vetones ya se asentaron aquí en el siglo VII a. C. y los romanos la bautizaron como Cauria, levantando una muralla que aún hoy abraza el casco antiguo. Más tarde, Constantino la convirtió en sede episcopal y su catedral, con portada plateresca y torre dominante sobre el llano, pasó a custodiar una de las reliquias más singulares de la cristiandad: el mantel de la Última Cena, que durante siglos atrajo peregrinos de toda Europa. Visigodos y árabes reforzaron las defensas hasta que Alfonso VIII la reconquistó en 1212; después llegarían los duques de Alba, que levantarían su castillo junto a la ciudad amurallada.

Hoy Coria vive más tranquila, pero sigue siendo un lugar perfecto para hacer una pausa entre Plasencia y Alcántara. La muralla se recorre casi completa, el antiguo castillo de los Alba se alza como fondo escénico y en las calles empedradas aparecen el palacio de la familia de Rafael Sánchez Ferlosio, la vieja cárcel y un puñado de plazas donde refugiarse del frío con buenas carnes, embutidos y vinos del Alagón. En junio, la ciudad se desata con el célebre Toro de Coria; en invierno, en cambio, ofrece un ritmo pausado que permite saborear con calma su mezcla de leyendas, arte y memoria de frontera.

10. Valencia de Alcántara, megalitos y frontera

Castillo-Fortaleza de Valencia de Alcántara, vista del interior desde la torre del homenaje.

Valencia de Alcántara es uno de esos pueblos fronterizos donde se condensa media historia de la península. A un paso de Portugal y en plena Reserva de la Biosfera del Tajo Internacional, combina paisaje granítico, dehesas y sierras suaves con un patrimonio que va de la Prehistoria a la Edad Moderna. Su gran orgullo son los dólmenes: más de cuarenta monumentos megalíticos repartidos por los alrededores, uno de los conjuntos más importantes de Europa occidental y declarado Bien de Interés Cultural como Zona Arqueológica. Pasear entre esas "mesas de piedra" de cinco mil años, o por el berrocal del Monumento Natural de La Data, con sus bolos graníticos y rapaces planeando sobre la encina, es casi un viaje en el tiempo.

El casco urbano tampoco se queda atrás. El castillo-fortaleza, remodelado por la Orden de Alcántara, aún vigila la villa; a sus pies se despliega un barrio gótico único, con más de doscientas portadas ojivales y un trazado medieval de calles estrechas y casas encaladas. Aquí se mezclaron durante siglos cristianos, judíos y musulmanes, algo que hoy recuerdan la antigua sinagoga, las iglesias de Rocamador o la Encarnación y los numerosos escudos nobiliarios repartidos por las fachadas. Museos, centros de interpretación y pequeñas fiestas populares completan la visita. En invierno, cuando bajan las temperaturas y el turismo se ralentiza, Valencia de Alcántara ofrece su mejor cara: chimeneas encendidas, sopas de tomate, quesos de la zona y la sensación de estar en un lugar pequeño… con una historia gigantesca.

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Fuente original: Leer en Expansión
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