El paisaje es una estrategia literaria, un invento. En 1540, Francisco Vázquez de Coronado encabezó una expedición que buscaba descubrir la ciudad mítica de Cíbola. Siguió el río Bravo hacia el norte y derivó hacia el este hasta alcanzar lo que hoy es el ... Estado de Oklahoma antes de volver al sur. En esa expedición, los españoles, y el ejército de guerreros mexicas que los acompañaba, tuvieron que bregar con algunas de las colosales formaciones geológicas que siguen siendo distintivas de la meseta central norteamericana. El cronista Pedro de Castañeda, que acompañó a Coronado, registró el cruce del descomunal cañón del río Colorado, mayormente como una molestia. Dice: «encontramos un agujero».
No menciona los pinares gigantes y las cañadas de vértigo de la sierra de los Mogollones, ni los bosques del río Gila, pero dice que tuvieron frío. Sobre los grandes llanos, que lo dejan a uno sin aliento con su dimensión oceánica poblada de búfalos, anota: «Sólo ganado y cielo».
Descendiente del apache Gerónimo: «No hay que pedir perdón, eso es admitir la culpa»
No comenta nada sobre las alucinantes formaciones rocosas —bien conocidas por nosotros porque las hemos vistos en tantos Westerns— de las montañas Chiricahua. La mente barroca de los conquistadores —obsesionada con la arquitectura y el urbanismo y aún dependiente del cuerpo de lecturas generado por los humanistas del Renacimiento— no tenía las herramientas conceptuales con que los escritores decimonónicos le concedieron al paisaje el valor altísimo de 'sublime' y el carácter identitario que todavía tiene para los estados nacionales modernos.
Y el paisaje desaparece. Volví hace unos días a la Reservación de San Carlos, en Arizona, célebre porque fue el punto principal de la disputa que desató la dilatada guerra del gobierno de los Estados Unidos contra la generación más recia y famosa de guerreros apache –Gerónimo, Naiche, Nana. Ahí estuvieron confinados y desde ahí lanzaron los ataques que los convirtieron en una persistente leyenda.
Esta vez no manejé desde la frontera y el territorio agreste de la Apachería, que sigue más o menos intocado gracias a su aridez, incluso embellecido por una industria vinícola pujante. Sino desde la ciudad norteña de Phoenix. Suburbios chatos y resecos, naves industriales, planchas de estacionamientos. Hacia el final de la urbanización –realmente espantosa–, comienzan las minas: montañas rasuradas, vertederos de grava y mierda. Queda el pulmón mínimo del Parque Nacional Tonto, pero apenas cruzando la pluma en que termina, vuelve el reino del plomo y la miseria. Pueblos con prosapia vaquera como Apache Junction o Globe, borrados por el detritus químico. Chamacos en bicicletas que harían bien siguiéndose y no viendo atrás hasta llegar a comunidades en que se puedan tomar agua más o menos limpia.
En un libro que escribí sobre la Guerra Apache, meditaba sobre el hecho de que las naciones indígenas del oeste de Norteamérica suelen llamarse a sí mismas 'las personas'. Es lo que significan palabras como 'Odhaam' (que el imperio bautizó como los 'pápago'), los Nndé ('Apache') o, más claramente para nosotros, los 'Pueblo'. Escribí ahí que había algo excluyente en ello.
Hace poco un amigo, apache chiricahua, me corrigió generosamente. «Somos la gente de este territorio; Dios nos puso aquí para que lo protegiéramos; somos 'nndé', los 'nndé benah', la gente de aquí». Y, curiosamente, el infame sistema de reservaciones que los estadounidenses diseñaron para desplazar y controlar a su población indígena, tiene hoy un beneficio palpable para el país. Los Odhaam y los Nndé, los Pueblo y los Yaqui, no admiten a las mineras que están destruyendo el resto del paisaje de Arizona, que no hace tanto era el estado más fotogénico de los Estados Unidos. Son, como les encomendó un dios, los señores del más público y frágil de los bienes de la región: su paisaje. Lo siguen protegiendo.●
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Los apaches como guardianes de Arizona: el paisaje como ficción
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