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Cultura

Los extras de 'Aún es de noche en Caracas', así fue rodar una herida en llamas

Los extras de 'Aún es de noche en Caracas', así fue rodar una herida en llamas
Artículo Completo 800 palabras
Nos invitaron a adaptar y dirigir la novela de Karina Sainz Borgo 'La hija de la española' . Era imposible, por razones políticas, rodar la película en Venezuela. Filmar en México , fingiendo que era Venezuela, resultaba una contradicción desde el inicio, un acto de fe. Todo estaba lejos y, al mismo tiempo, demasiado cerca. El reto era grande, pero lo más frágil -lo verdaderamente delicado- sería encontrar a los actores venezolanos que pudieran sostener la verdad de la historia, sin impostarla.Convocamos un 'casting' en Ciudad de México. No esperábamos demasiado. Y entonces empezó a suceder: parte de la diáspora de más de 8 millones de venezolanos también estaba formada por actores que llegaron a México , muchos sobreviviendo como podían. Uno a uno, fueron llegando. La puerta se abría y la emoción ya estaba ahí, desbordándose sin permiso. «¿De verdad no tengo que hablar con acento mexicano?».Esa era siempre la primera pregunta, y también un alivio: finalmente conseguirían trabajar. Algunos nos conocían y nos abrazaban. Se repitió una y otra vez la segunda pregunta de ida y vuelta: «¿Y tu mamá dónde está?» . La preocupación común de todos. La respuesta penosa: Allá.Noticia Relacionada PORTADA estandar Si La insurrección del dolor Karina Sainz Borgo La novela descubre los lugares inmorales de nosotros mismos. Por eso escribir es un acto extractivo, es escarbar la tierra con las manos. Para conocerlo, al mundo hay que despellejarloMuchos eran actores de renombre en Venezuela, dispuestos a hacer personajes mínimos. Eso, para nosotras, fue un privilegio silencioso y hasta culposo. En las pruebas, les pedíamos cosas sencillas, casi domésticas: intenta sacar un pasaporte; te invaden tu casa; un policía te detiene. Nada extraordinario ¿O sí? Y entonces ocurría algo inquietante: el horror aparecía con una naturalidad pasmosa, como si no hubieran tenido tiempo de irse nunca. No actuaban. Recordaban. En cada ensayo, cada escena, la violencia de Venezuela se colaba sin pedir permiso. La emoción no se interpretaba: se filtraba. Se desbordaba. A veces el set se llenaba de silencios densos, de miradas que sabían demasiado.Los actores profesionales aprendieron rápido a ponerse a salvo de la emoción. Lo hicieron como saben hacerlo: respirando hondo, ordenando el gesto, continuando. Pero luego empezaron a llegar cientos de extras, también venezolanos. Y entonces, por momentos, la situación pareció perder el centro. Jóvenes estudiantes, representando a jóvenes estudiantes, gritaban con desgarro en medio de una manifestación. Cuando se daba la orden de «corte» no siempre podían parar. No era falta de técnica. Era otra cosa. No era actuación, era memoria muscular.Muchos habían salido del país huyendo, perseguidos, después de que algún compañero cayera preso en una protesta . Había una joven doctora que escapó después de organizar una manifestación, tras perder a varios pacientes con diabetes por la falta de insulina. Ahora trabajaba como extra, a la espera de poder revalidar su título de médico. Teníamos a una pareja mayor, varada en México, siguiendo a su hijo que ya había cambiado de destino. Otra mujer se dedicó todo el rodaje a recopilar consignas , como si temiera que se perdieran para siempre: «Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer». Pero saber que era una ficción no alcanzaba para traer calma. Había algo que no se dejaba encuadrar. La producción tuvo que abrir una línea de ayuda psicológica. Porque el cine no basta para contener lo que vuelve.Hacer la película fue duro . A ratos, doloroso. Pero también fue un bálsamo. Durante el rodaje fuimos un país otra vez. El set se convirtió en un territorio propio, precario y cálido, donde se hablaba el mismo idioma y las heridas podían, al menos, compartirse. Por unas semanas estuvimos en casa. Una casa cruel y castigadora, pero era una casa propia. Aún es de noche en Caracas. Esperando que pronto llegue el amanecer.SOBRE las AUTORas Mariana Rondón y Marité Ugás Las guionistas y directoras de 'Aún es de noche en Caracas' que, tras su destacado recorrido por los festivales de cine, se estrena en México este 5 de febrero

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Nos invitaron a adaptar y dirigir la novela de Karina Sainz Borgo 'La hija de la española'. Era imposible, por razones políticas, rodar la película en Venezuela. Filmar en México, fingiendo que era Venezuela, resultaba una contradicción desde el inicio, un acto de ... fe. Todo estaba lejos y, al mismo tiempo, demasiado cerca. El reto era grande, pero lo más frágil -lo verdaderamente delicado- sería encontrar a los actores venezolanos que pudieran sostener la verdad de la historia, sin impostarla.

Convocamos un 'casting' en Ciudad de México. No esperábamos demasiado. Y entonces empezó a suceder: parte de la diáspora de más de 8 millones de venezolanos también estaba formada por actores que llegaron a México, muchos sobreviviendo como podían. Uno a uno, fueron llegando. La puerta se abría y la emoción ya estaba ahí, desbordándose sin permiso. «¿De verdad no tengo que hablar con acento mexicano?».

Esa era siempre la primera pregunta, y también un alivio: finalmente conseguirían trabajar. Algunos nos conocían y nos abrazaban. Se repitió una y otra vez la segunda pregunta de ida y vuelta: «¿Y tu mamá dónde está?». La preocupación común de todos. La respuesta penosa: Allá.

La novela descubre los lugares inmorales de nosotros mismos. Por eso escribir es un acto extractivo, es escarbar la tierra con las manos. Para conocerlo, al mundo hay que despellejarlo

Muchos eran actores de renombre en Venezuela, dispuestos a hacer personajes mínimos. Eso, para nosotras, fue un privilegio silencioso y hasta culposo. En las pruebas, les pedíamos cosas sencillas, casi domésticas: intenta sacar un pasaporte; te invaden tu casa; un policía te detiene. Nada extraordinario ¿O sí? Y entonces ocurría algo inquietante: el horror aparecía con una naturalidad pasmosa, como si no hubieran tenido tiempo de irse nunca. No actuaban. Recordaban. En cada ensayo, cada escena, la violencia de Venezuela se colaba sin pedir permiso. La emoción no se interpretaba: se filtraba. Se desbordaba. A veces el set se llenaba de silencios densos, de miradas que sabían demasiado.

Los actores profesionales aprendieron rápido a ponerse a salvo de la emoción. Lo hicieron como saben hacerlo: respirando hondo, ordenando el gesto, continuando. Pero luego empezaron a llegar cientos de extras, también venezolanos. Y entonces, por momentos, la situación pareció perder el centro. Jóvenes estudiantes, representando a jóvenes estudiantes, gritaban con desgarro en medio de una manifestación. Cuando se daba la orden de «corte» no siempre podían parar. No era falta de técnica. Era otra cosa. No era actuación, era memoria muscular.

Muchos habían salido del país huyendo, perseguidos, después de que algún compañero cayera preso en una protesta. Había una joven doctora que escapó después de organizar una manifestación, tras perder a varios pacientes con diabetes por la falta de insulina. Ahora trabajaba como extra, a la espera de poder revalidar su título de médico. Teníamos a una pareja mayor, varada en México, siguiendo a su hijo que ya había cambiado de destino. Otra mujer se dedicó todo el rodaje a recopilar consignas, como si temiera que se perdieran para siempre: «Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer». Pero saber que era una ficción no alcanzaba para traer calma. Había algo que no se dejaba encuadrar. La producción tuvo que abrir una línea de ayuda psicológica. Porque el cine no basta para contener lo que vuelve.

Hacer la película fue duro. A ratos, doloroso. Pero también fue un bálsamo. Durante el rodaje fuimos un país otra vez. El set se convirtió en un territorio propio, precario y cálido, donde se hablaba el mismo idioma y las heridas podían, al menos, compartirse. Por unas semanas estuvimos en casa. Una casa cruel y castigadora, pero era una casa propia.

Aún es de noche en Caracas. Esperando que pronto llegue el amanecer.

Las guionistas y directoras de 'Aún es de noche en Caracas' que, tras su destacado recorrido por los festivales de cine, se estrena en México este 5 de febrero

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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