Las colas para conjurar la suerte en Doña Manolita continúan con su nutrida longitud y en la fachada de las Galerías Canalejas no cesa el photocall habitual de turistas. Pero Michel y Marielvis, de vuelta con sus maletas y su hijo a su casa en Cantabria, se quejan: «Es horroroso lo de Sol. No pasa nada por que protesten, pero que no lo hagan en un sitio turístico. No pudimos tomarnos fotos con el Oso. Algo debería hacer la autoridad. Las protestas son protestas en todas partes del mundo, pero que respeten un poco. Los turistas gastamos dinero para venir y queremos visitar los lugares». De sus cinco días en Madrid, a lomos de los autobuses panorámicos, la Puerta del Sol es ya su espinita de desamor.
Sin embargo, Victoria e Inés, argentinas en su última día camino de otras ciudades europeas, no renuncian a su foto con la escultura heráldica de Antonio Navarro. Dan el salto de rigor para tocar la cola y la zarpa izquierda del emblema, esa ya tradición importada de a saber dónde. «Quieres venir a disfrutarlo y está vandalizado. Entonces se ve feo», lamentan unas salvadoreñas, que prefieren huir en desbandada ante los periodistas. Ensayan también morritos para Instagram, aunque estos días el animal luce una chaleco naranja, a lo Sindicato de Inquilinas, y banderas que varían según el momento.
«La verdad es que apoyamos mucho más la manifestación que sacarnos una foto con esto vacío. Es una pena, uno quiere verlo como siempre, pero los logros siempre fueron a través de las luchas y estamos muy de acuerdo». En su última parada tras el Museo Reina Sofía, el Jardín Botánico, el Parque del Retiro y el lote «básico», inmortalizarán también las reivindicaciones en su galería de fotos.
Una clienta pide en la pastelería La Mallorquina, ayer, en Sol.ELENA IRIBASAl igual que tantos grupos de asiáticos curiosos, parejas de pálidos alemanes o ruidosos norteamericanos, que desfilan por la linde de las 1.280 Quechuas, según el último censo de la rebelión Maricarmen, como si esta perteneciese al paisaje cotidiano. También circulan free-tours, que ya incluyen un recorrido entre el Pasaje de los claveles, la Plaza antialgoritmo o el Rincón de Miguel Hernández, entre otras calles bautizadas por los manifestantes para no extraviarse en el nuevo mapa de Sol. «En todos los países pasa lo mismo. Terminamos la clase trabajadora asfixiada y con la soga al cuello sin poder vivir», empatizan Victoria e Inés.
Pero hay quien retrata a los acampados del kilómetro cero cual safari en Kenia y ya piden que no les graben los rostros sin permiso, al tiempo que señalan a los carteles de No Photo colgados bajo los caldeados toldos.
La escena destila aires de distopía turística. Al estilo de los veraneantes torrándose en las playas mientras arriba un precario cayuco con subsaharianos tambaleantes. Pues los iconos madrileños no se libran tampoco del envite por la crisis de la vivienda y exhiben un aspecto mutante a los ojos del foráneo.
En los comercios tradicionales, esa rara avis que aún resiste en la plaza frente a la marabunta de franquicias, también viven en cierto estado de excepción. «Estamos intentando mantener la naturalidad dentro de lo posible», comenta José, con 20 años al otro lado de los lustrosos mostradores de La Mallorquina. «Este mañana amanecimos con un grafiti en un escaparate y hemos tenido que limpiarlo», prosigue, sin dejar de despachar las napolitanas y ensaimadas entre los recién llegados y los fieles. Dos señoras devoran sus bollos entre suspiros de placer y «mon dieu» a carrillo hinchado, apostadas a las orillas de la ciudadela de poliéster.
Visitantes cubanos comen, ayer, en Casa Labra.ELENA IRIBASEn la emblemática pastelería están más que «acostumbrados» al trajín del manifestódromo, gajes de la privilegiada ubicación desde 1894. «Nosotros procuramos mantenernos al margen de cualquier tema político y de las opiniones personales», alega el dependiente, pese a esa primera fila en los acontecimientos históricos.
Algo menos reacios se muestran dos parroquianos: «Esto no está como tiene que estar. Ni el resto de tiendas. Está demasiado asqueroso. Ellos no deberían estar ahí. Están promocionando cómo meterte de okupa en una casa. A Maricarmen ya la habían avisado en varias ocasiones y no me parece bien que se vaya a quedar, porque al propietario le habrá costado un dinero conseguir esa vivienda», critican.
Los solícitos empleados de Casa de Diego, en pie desde 1823, rechazan la conversación sobre Sol: «Aquí sólo hablamos de abanicos y paraguas», se excusan, mientras sacan lustre a una impoluta cristalera, a la espera de clientes. Aquí vivieron la Primera y la Segunda República, la restauración monárquica e, incluso, una bomba de la Guerra Civil destruyó la tienda durante años.
Pero en la confitería vecina no eluden la altura de la protesta. Subraya José que «no ha habido nada como esto, lo más parecido fue el 15-M». Y reconoce: «Hombre, menos gente sí que hay» en el local, pues este miércoles no es necesario esquivar el empujón para lograr un hueco en la barra de La Mallorquina.
Turistas miran imanes en una tienda de souvenirs, ayer, en Sol.ELENA IRIBASOtro ambiente se respira en Casa Labra, ineludible también en estos tiempos, pues en la centenaria taberna se fundó, en la clandestinidad de 1789, el Partido Socialista Obrero Español. Ese que, en un día, deberá pasar un examen de nota. Otro más. «Aquí el día está siendo normal. No hemos notado ningún cambio», afirma uno de los camareros, con 20 años en plantilla. Lo confirman los turistas cargados de platillos a rebosar de tajadas de bacalao frito.
«Es una ridiculez lo que está pasando allí. Entiendo la situación, más o menos conozco lo que pasa, pero no que las autoridades permitan esa actividad en una plaza tan importante», opina Lizy, cubana que con frecuencia visita a sus amigos en España, Juan Carlos y Willy, antes residentes en Miami. «Es complicado», replican. Ellos mismos se han mudado de Madrid a Ciudad Real, porque «aquí es muy caro, es demasiado alto el alquiler».
Y aportan: «La solución no es sólo tratar de regular el alquiler, sino construir más para que haya más acceso. Y evitar eso de los fondos buitre». Al unísono coinciden en alabar La bola negra, otra muesca viajera: «Es excelente, tiene muchas posibilidades de ganar un Oscar». Y retoman, con cierta deportividad: «Bueno, eso es la libertad, es lo que pasa cuando se vive en un país de libertad».