- MARCO VICENZINO
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La guerra en torno a Irán ha producido una dinámica militar particularmente llamativa: la eliminación sistemática de la cúpula dirigente.
Los ataques israelíes -facilitados por las capacidades de inteligencia y de selección de objetivos de Estados Unidos- se han centrado cada vez más en comandantes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, planificadores militares de alto nivel y arquitectos de la red regional de fuerzas proxies de Teherán.Figuras que durante años formaron el núcleo de la arquitectura estratégica del régimen están siendo eliminadas con notable precisión. Sin embargo, la destrucción de líderes, por dramática que resulte, no conduce necesariamente a un cambio de régimen. Con frecuencia, los sistemas autoritarios responden concentrando aún más el poder en manos de sus aparatos de seguridad más duros. La cuestión fundamental no es si los líderes iraníes caerán, sino qué tipo de régimen podría sobrevivirles.
El desenlace más plausible no es un cambio de régimen, sino la aparición de un régimen reducido liderado por el IRGC: una estructura de poder más estrecha y dominada por los aparatos de seguridad, construida en torno a los elementos supervivientes del aparato estatal iraní. En términos geopolíticos, este tipo de sistemas suele emerger cuando un régimen logra sobrevivir a fuertes presiones externas, pero pierde gran parte de su élite dirigente y de su amplitud institucional.
Las campañas militares orientadas a la "decapitación" del liderazgo pueden debilitar profundamente a un régimen sin destruirlo. Interrumpen las cadenas de mando e imponen costes tácticos considerables, pero el cambio de régimen es, en última instancia, un proceso político. La presión militar por sí sola rara vez produce una transformación sistémica si no va acompañada de fracturas internas más profundas. La historia sugiere que dos factores suelen resultar decisivos para provocar un cambio político real.
El primero es una insurrección interna sostenida capaz de fracturar el aparato coercitivo del régimen. Sin ello, los sistemas autoritarios tienden a contraerse más que a colapsar bajo presión. En las últimas dos décadas Irán ha vivido repetidas oleadas de protestas: desde el Movimiento Verde de 2009 hasta las manifestaciones nacionales tras la muerte de Mahsa Amini en 2022 y las protestas de enero de 2026, desencadenadas por el colapso económico, que se extendieron rápidamente por el país antes de ser brutalmente reprimidas bajo un apagón casi total de Internet, con miles de muertos y decenas de miles de detenidos. Sin embargo, ninguna de estas movilizaciones produjo las deserciones en las élites o las fracturas institucionales necesarias para derribar el sistema.
La segunda posibilidad sería una ocupación militar externa capaz de desmantelar las instituciones de gobierno e imponer un nuevo orden político. Tras las costosas experiencias de Irak y Afganistán, pocos responsables políticos en Washington -y aún menos actores regionales- parecen dispuestos a embarcarse en una empresa de ese tipo.
Adaptación o colapso
En ausencia de una revolución interna o de una intervención militar directa, las campañas de eliminación del liderazgo suelen provocar adaptación más que colapso. En el caso iraní, esa adaptación podría adoptar la forma de un régimen reducido centrado en la Guardia Revolucionaria. El IRGC ya ocupa una posición central en la economía política y en el aparato de seguridad nacional del país. En un entorno posbélico debilitado, su influencia podría aumentar aún más. Las instituciones civiles se erosionarían progresivamente y la toma de decisiones se concentraría cada vez más en manos de los aparatos de seguridad supervivientes, cuyo objetivo principal sería la supervivencia del régimen.
Un régimen reducido no sería necesariamente más moderado. Pero podría volverse más prudente. Una dirigencia centrada en su propia supervivencia podría priorizar la disuasión y el control interno sobre ambiciones regionales más expansivas. La red de fuerzas proxy de Irán -desde Líbano hasta Irak y Yemen- no desaparecería, pero sus actividades podrían volverse más selectivas y cuidadosamente calibradas.
En otras palabras, Irán podría recalibrarse en lugar de capitular, emergiendo del conflicto como un régimen reducido, debilitado pero aún resiliente.
La crisis iraní también revela algo sobre el entorno geopolítico más amplio en el que se desarrolla. A menudo se presenta a Irán como parte de una alineación revisionista junto a Rusia y China. Sin embargo, los momentos de conflicto agudo suelen poner de manifiesto los límites de esa asociación. Moscú ha ofrecido respaldo diplomático pero poca ayuda material directa, limitada por su guerra en Ucrania y por otras prioridades estratégicas. Pekín, pese a sus estrechos vínculos económicos con Teherán y su dependencia de las exportaciones energéticas iraníes, se ha mostrado prudente.
Sin embargo, la importancia estratégica de Irán para ambas potencias sigue siendo considerable. Para Moscú, Irán representa un socio capaz de complicar la estrategia estadounidense en Oriente Próximo y reforzar un alineamiento más amplio contrario a Occidente. Para Pekín, Irán es un nodo clave en las cadenas de suministro energético y un posible anclaje de influencia a lo largo de los corredores occidentales de la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
Un régimen reducido iraní que sobreviva al conflicto actual -especialmente si está dominado por la Guardia Revolucionaria- podría integrarse aún más estrechamente en este eje estratégico informal entre China, Rusia e Irán. Un colapso total del régimen parece por tanto improbable sin una fractura interna. Una transformación decisiva exigiría una intervención militar sostenida sobre el terreno, algo que pocos actores parecen dispuestos a emprender.
Zona gris
El resultado más probable es una recalibración en una zona gris. Las hostilidades a gran escala podrían disminuir. Irán podría sobrevivir en forma debilitada bajo un régimen reducido centrado en la Guardia Revolucionaria. Las tensiones a través de las redes de proxy regionales podrían continuar de manera intermitente. La disuasión podría restablecerse parcialmente, aunque seguiría siendo frágil. Washington podría presentar este resultado como un restablecimiento de la disuasión. Teherán podría presentar su supervivencia como una victoria. Ambas narrativas podrían coexistir. La guerra puede eliminar líderes y debilitar la República Islámica. Pero, salvo que se produzca una revuelta interna o alguna forma de ocupación externa, el sistema difícilmente desaparecerá.
Lo más probable es que Irán perdure en forma disminuida: un régimen reducido construido para la supervivencia más que para la expansión, un sistema político profundamente estrechado por la guerra, pero todavía no extinguido.
Marco Vicenzino | Director de Global Strategy Project
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