- PILITA CLARK
Escuchar música en el trabajo puede transmitir muchos mensajes contraproducentes.
La novelista Elif Shafak ha publicado 21 libros que se han traducido a 58 idiomas y han sido galardonados con varios premios.
Sin embargo, cada vez que se sienta a escribir, hace algo insondable.
"Siempre escucho heavy metal cuando escribo. No puedo concentrarme cuando hay demasiado silencio a mi alrededor", declaró el pasado fin de semana en un evento de FT. Por lo general, elige una canción al día y la escucha hasta 95 veces a través de auriculares. Siente una especial predilección por un grupo mongol de folk-metal llamado The Hu, que se pronuncia igual que el de la banda de rock británica The Who, pero que difícilmente se los confundiría.
Escuché brevemente uno de los grandes éxitos de The Hu, en el que parecía haber muchos leones de por medio. Aunque comprendo el atractivo del grupo, aunque las probabilidades de que los escuche mientras trabajo son las mismas que las de ir a la oficina en tutú.
Parece que formo parte de una minoría. Los expertos que han estudiado esta cuestión señalan que alrededor del 52 % de los empleados escucha música con frecuencia —normalmente durante un tercio de la semana laboral—, mientras que solo un 4% nunca lo hace.
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La música, por supuesto, ha formado parte del trabajo durante siglos. Aunque agricultores, marineros y mineros entonaban canciones de trabajo para sobrellevar la jornada, la situación es distinta en las oficinas diáfanas actuales.
Yo escucho Spotify en la oficina, pero casi siempre una pista titulada *White Noise Therapy* (Terapia de ruido blanco): tres horas de un zumbido monótono al que recurro para resistir la tentación de dejar de teclear y ponerme a charlar.
Esto me sitúa en el bando del escritor de viajes Colin Thubron, que confesó en ese mismo evento que necesita trabajar sin distracciones y que se pone "bastante neurótico con el tema del silencio". No es el único. Marcel Proust escribía recluido en una oscura habitación de París, con las paredes revestidas de corcho para aislarse del ruido exterior.
Sin embargo, al oír hablar a Thubron y a Shafak, sentí cierta ansiedad. Thubron, octogenario, le lleva a Shafak unos 30 años. ¿Necesita más silencio un cerebro que envejece que uno más joven?
Recuerdo perfectamente lo fácil que me resultaba trabajar en redacciones concurridas y ruidosas cuando era más joven. Como reportera parlamentaria, trabajaba a gusto en una habitación minúscula junto a otras siete u ocho personas, y no recuerdo que ninguno de nosotros usara auriculares.
Prefiero pensar que las noticias relativamente sencillas que cubría entonces eran más fáciles de abordar que los textos que escribo hoy en día.
Sea como fuere, lo curioso es que, aunque escuchar música en el trabajo parece una práctica sumamente extendida, no está nada claro si realmente ayuda a desempeñar mejor la labor.
Algunos estudios sugieren que la música aumenta la productividad, mientras que otros indican que puede perjudicar la concentración. Gran parte del resultado parece depender tanto del tipo de trabajo que se realiza como del perfil del trabajador. Las personas extrovertidas pueden rendir mejor con una música de fondo que, probablemente, resultaría molesta para las introvertidas.
En cuanto a si es mejor escuchar a Mozart o a Metallica, numerosos estudios sugieren que la música —tanto clásica como de otros géneros—, así como los sonidos de la naturaleza o el ambiente de una cafetería, pueden aportar beneficios moderados; sin embargo, muchas de estas investigaciones carecen del rigor científico necesarios para ser concluyentes.
No obstante, cada vez está más claro que escuchar música en la oficina puede resultar seriamente contraproducente, no por lo que uno escucha, sino por la reacción que dicha práctica provoca en quienes nos rodean.
Según algunas investigaciones publicadas este año, aunque tengamos la sensación de que somos más productivos con auriculares, es muy probable que nuestros compañeros nos estén juzgando negativamente en silencio.
Cuando se pidió a los participantes que imaginaran trabajar en un equipo de finanzas con una persona ficticia llamada Taylor, llegaron a la conclusión de que estaba menos comprometida cuando escuchaba música, que su rendimiento era inferior y lo trataron con mayor rudeza.
Esta reacción desfavorable disminuyó cuando Taylor explicó que la música aumentaba su productividad, pero eso no mejoró su atractivo profesional. El patrón se repitió en otros estudios realizados para la investigación.
El mensaje parece claro: podemos escuchar música en el trabajo, pero conviene dejar bien claro que la necesitamos para concentrarnos y no porque nos encante Taylor Swift.
Es mejor evitar cantar y seguir el ritmo con la cabeza. Incluso tararear puede resultar contraproducente.
Para los directivos hay otra lección: eviten la tentación de pensar mal de los empleados que usan auriculares. Lejos de estar desconectados, puede que estén haciendo todo lo posible para mantener la concentración.
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