- STEFF CHÁVEZ Y ALICE HANCOCK
Minas, lanchas rápidas y misiles amenazarían una de las misiones navales estadounidenses más peligrosas en décadas.
El USS Samuel B. Roberts regresaba de una misión de escolta en el estrecho de Ormuz cuando una mina de contacto iraní explotó, abriendo un boquete de casi tres metros en su casco, partiendo el mamparo y provocando un incendio. Diez marineros resultaron heridos.
Casi cuatro décadas después, el incidente del Golfo Pérsico en 1988 es un crudo recordatorio de los peligros militares y políticos del plan de Donald Trump para que escoltas navales reanuden el tráfico a través de la vía marítima más vital del mundo para los mercados energéticos.
Con la economía mundial tambaleándose y la presión política en aumento, los jefes militares estadounidenses deben calcular "qué nivel de amenaza es aceptable", explica un ex alto funcionario de defensa estadounidense. "No hay una respuesta clara y sencilla".
Actualmente, los planificadores militares estadounidenses consideran que los riesgos son demasiado altos. Los buques de guerra estadounidenses, construidos con un solo casco, son particularmente vulnerables a los ataques de minas y lanchas rápidas, que los iraníes han armado con pequeños misiles y cohetes. Cualquier convoy también podría ser objetivo de embarcaciones de superficie no tripuladas, misiles balísticos y de crucero, y drones.
"Los altos mandos han dicho que las condiciones no son las adecuadas para iniciar una operación de escolta en este momento", señala el exfuncionario de defensa. Cualquier operación en el estrecho requeriría "mayores garantías" de que esas amenazas de Irán "están prácticamente neutralizadas o destruidas".
Cuando los comandantes estén convencidos de que las capacidades ofensivas de Irán representan un riesgo tolerable, Estados Unidos probablemente iniciaría una operación de escolta con un convoy relativamente pequeño. Este podría consistir en sólo dos destructores, cada uno con unos 310 marineros, escoltando de dos a cuatro buques cisterna.
Un petrolero comercial probablemente encabezaría la formación, ya que cuenta con doble casco y podría absorber el impacto de una mina sin hundirse. Los destructores protegen contra misiles y drones, aunque también poseen capacidad antisubmarina y cierta capacidad antiminas limitada.
Los buques estarían espaciados en una distancia de entre 2,4 y 3,2 kilómetros, explica el contralmirante retirado estadounidense Mark Montgomery, quien comandó un grupo de ataque de portaaviones. La formación exacta probablemente cambiaría entre misiones.
Para evitar puntos ciegos de radar o misiles durante el tránsito del convoy por el Golfo, Montgomery señala que él "mezclaría buques mercantes y de guerra, y los buques de guerra estarían ligeramente inclinados hacia el lado iraní". El objetivo sería que ningún buque mercante se situase entre Irán y un buque de guerra estadounidense.
Los buques navegarían entonces por el estrecho en fila india.
Según exalmirantes, probablemente se necesitarían entre ocho y doce destructores para toda la operación de escolta. Montgomery indica que "diez es un buen número" para empezar, pero añade que el Comando Central de Estados Unidos, que supervisa las operaciones militares estadounidenses en Oriente Próximo, podría querer hasta dieciséis.
John Miller, vicealmirante retirado y excomandante de las fuerzas navales estadounidenses en Oriente Próximo, explica: "Dependiendo del tamaño del grupo, potencialmente habría destructores que se situarían delante, detrás e incluso en los flancos [de los buques mercantes] para escoltarlos".
Una escolta también requeriría aeronaves, como cazas F-15, F-16 o F-18 armados con un amplio suministro de cohetes para contrarrestar cualquier ataque de enjambres de drones iraníes.
Actualmente, Estados Unidos cuenta con 14 destructores en la región, seis de ellos integrados en grupos de ataque de portaaviones. Estos destructores participan en ataques y defienden a las fuerzas estadounidenses en combate, por lo que podrían no estar disponibles para una misión de escolta.
Según Mark Cancian, exfuncionario del Pentágono y actualmente miembro del think tank Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, no se prevé que ninguna operación de escolta comience hasta que el USS Tripoli, un buque de asalto anfibio con 2.200 marines a bordo, llegue a la región procedente de Japón. No se espera su llegada hasta finales de la próxima semana.
Antes de cualquier operación de escolta, la Armada estadounidense tendría que superar el Golfo, la primera prueba de las tácticas y capacidades iraníes en un ataque asimétrico que han preparado durante décadas.
Las lanchas rápidas, de las que existen cientos, si no miles, son motivo de especial preocupación. Ocultas a lo largo de la costa iraní, pueden cargarse con explosivos para funcionar casi como bombas guiadas.
Estados Unidos está utilizando aviones A-10 "Warthog" en la búsqueda de embarcaciones iraníes. Sin embargo, no sería fácil determinar si se han destruido suficientes lanchas rápidas para garantizar la seguridad de los convoyes, según advierten los exfuncionarios.
"Debido a su pequeño tamaño y gran número, pueden estar dispersas y probablemente se encuentren en túneles, grandes garajes, hangares y aparcamientos", explica James Stavridis, almirante retirado que comandó buques de guerra estadounidenses en el Golfo durante su servicio. "No están alineadas ordenadamente en filas en campo abierto, esperando el impacto de una bomba".
Miller afirma que las lanchas rápidas son "un problema con el que realmente tenemos que lidiar". Están "por todas partes", incluso en arroyos y ensenadas, y "hay que encontrar dónde las esconden e intentar contar con suficiente vigilancia e inteligencia para detectar cuándo intentan introducir algo en el agua", añade Miller.
Un dragaminas también tendría que atravesar el estrecho por delante del convoy, y necesitaría su propia escolta, ya que no cuenta con un sistema de defensa aérea integrado de alto nivel.
Estados Unidos ha atacado buques minadores, fábricas y almacenes, y el martes las fuerzas estadounidenses lanzaron bombas antibúnker de 2.268kg sobre emplazamientos costeros que albergaban misiles de crucero antibuque.
"En algún momento tendremos que tantear el terreno y ver qué tal lo están haciendo enviando algunos barcos", dice Miller. "Es una operación que conlleva un riesgo considerable. Y no será perfecta".
Y añade: "No son las minas en el estrecho en sí las que me preocupan tanto, sino las que se pueden plantar dentro del Golfo".
La última vez que Estados Unidos lanzó una operación de escolta a través del estrecho, en julio de 1987, su primer convoy incluyó cinco buques de guerra y dos buques mercantes, entre ellos el enorme petrolero Bridgeton.
Mientras la línea de buques avanzaba por el Golfo, el Bridgeton chocó con una mina. A pesar de abrirse un considerable agujero en su casco, el petrolero pudo continuar su viaje y liderar la ruta, actuando de hecho como dragaminas para los buques de la Armada estadounidense.
Las escoltas posteriores transcurrieron sin problemas hasta la vigésimo quinta, cuando el USS Samuel B. Roberts fue alcanzado. Dicho destructor fue finalmente reparado y puesto de nuevo en servicio.
Si bien algunos aliados europeos están considerando una misión naval, esta sólo se aplicaría en la fase posterior al conflicto, lo que hace cada vez más probable que Estados Unidos deba llevar a cabo cualquier operación de escolta por su cuenta.
"Ya no 'necesitamos' ni deseamos la asistencia de los países de la OTAN; ¡NUNCA LA NECESITAMOS!", declaró Trump en redes sociales el martes, poco después de pedirles que participasen.
La disponibilidad de destructores podría ser un obstáculo. De los aproximadamente 74 destructores de la flota estadounidense, sólo alrededor de un tercio se encuentra desplegado por el mundo actualmente. Otro tercio se prepara para su despliegue en los próximos seis meses, y el tercio restante se encuentra en mantenimiento.
"En este momento no hay mucha flexibilidad para destinar muchos más barcos a esa misión", explica el exfuncionario de defensa. Esa es, en parte, "la razón por la que hay interés en que los aliados ayuden".
Tampoco hay garantía de que una escolta naval sea suficiente para reactivar de manera significativa el tránsito de buques petroleros y de gas natural licuado por el estrecho.
Incluso con una escolta, los riesgos podrían parecer demasiado grandes para que las navieras vuelvan a navegar, sobre todo si se tienen en cuenta las elevadas primas de los seguros, un factor que podría ser más importante que la protección militar.
Los armadores y operadores de buques cisterna confían en que una escolta militar alivie la situación de sus buques atrapados en el Golfo. Sin embargo, pocos creen que la ayuda llegue pronto o sea suficiente para convencer a los armadores de enviar nuevos buques al Golfo. "No conozco a nadie que cuente con ello", afirma un asesor del sector.
El magnate naviero griego Evangelos Marinakis expresa su frustración por la falta de coordinación entre los gobiernos. "Es fundamental contar con un marco claro, estructurado y transparente antes de que el sector pueda entablar conversaciones serias sobre la reanudación de la actividad", señala.
"Hemos dejado claro a todas las partes que, a menos que veamos un progreso significativo en cuanto a una escolta militar creíble... no nos planteamos operar en la zona".
Erik Hånell, consejero delegado de la compañía de petroleros Stena Bulk, afirma que el sector está recibiendo "muy poca información" sobre las conversaciones o sobre cuándo podrían llegar las escoltas.
"¿Será en una semana? ¿Serán cuatro semanas o dos días? Sencillamente, no tenemos ni idea", indica.
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