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José Ibarrola Más política y menos ruido para 2026En estas fechas de reuniones familiares y de amigos, cuando la conversación con frecuencia deriva hacia la política, conviene recordar que la política no solo son escándalos, rivalidades o titulares efímeros. La política, en su sentido pleno, es también el marco institucional que nos sostiene
SALVADOR PÉREZ MORENO. CATEDRÁTICO DE POLÍTICA ECONÓMICA DE LA UNIVERSIDAD DE MÁLAGA
Miércoles, 31 de diciembre 2025, 01:00
... de corrupción, enfrentamientos personales entre dirigentes, disputas por el control de instituciones clave o una pugna constante por imponer el relato dominante. El debate público, lejos de elevarse, ha derivado en una confrontación permanente en la que cada gesto se interpreta en clave táctica y cada noticia se valora por su impacto inmediato en la lucha por el poder.Conviene, a este respecto, no olvidar una aclaración básica que no es erudición innecesaria, sino un ejercicio de higiene intelectual. En español usamos una sola palabra —política— para referirnos a realidades muy distintas. En inglés, en cambio, se distingue claramente entre polity, policy y politics. No es un detalle terminológico: cada una representa una dimensión distinta del fenómeno político, y confundirlas empobrece la comprensión ciudadana y debilita la calidad del debate democrático.
La primera dimensión, polity, alude al marco institucional que establece las reglas del juego político. Comprende la forma del Estado, la organización territorial, el sistema electoral y, en definitiva, el conjunto de normas —escritas y no escritas— que regulan la relación entre poderes públicos y ciudadanía. Es una dimensión fundamental, habitualmente considerada relativamente estable, y que establece los límites de lo políticamente posible. Abrir debates sobre la polity no implica cuestionar la legitimidad del sistema democrático ni promover rupturas abruptas; significa reconocer que todo marco institucional es perfectible y que someterlo a deliberación pública es legítimo y necesario para evaluar posibles reformas.
La segunda dimensión, policy, se refiere a decisiones y acciones concretas —como programas, regulaciones y presupuestos— mediante las cuales las intervenciones políticas se traducen en cambios que afectan directamente a la vida de las personas. Estas políticas inciden en ámbitos decisivos para la prosperidad económica y la cohesión social, como la calidad educativa, la sanidad, el acceso a la vivienda, la regulación laboral, la fiscalidad, la protección social y la orientación de la transición ecológica. Constituyen el núcleo de las políticas públicas y el vínculo más visible entre gobernantes y gobernados. Sin embargo, con frecuencia se anuncian medidas que se celebran o se critican, pero sin un respaldo suficiente en conocimiento científico ni una evaluación sistemática rigurosa. Una política responsable exige ambas condiciones; sin ellas, se compromete la eficacia de la acción pública y se erosiona la legitimidad democrática.
La tercera dimensión, politics, remite a la disputa por el poder: partidos, liderazgos, elecciones, alianzas, conflictos, estrategias, etc. Es una dimensión legítima y necesaria en toda democracia, pero su predominio exclusivo resulta problemático. Cuando la politics coloniza por completo el espacio público, la política se reduce a un juego cerrado, inteligible solo para quienes participan en él, y progresivamente irrelevante para quienes esperan respuestas a problemas concretos. La confrontación sustituye a la deliberación y la descalificación desplaza a la responsabilidad, erosionando la capacidad de la política para cumplir su función esencial: articular soluciones colectivas.
En estas fechas de reuniones familiares y de amigos, cuando la conversación con frecuencia deriva hacia la política, conviene recordar que la política no solo son escándalos, rivalidades o titulares efímeros. La política, en su sentido pleno, es también el marco institucional que nos sostiene, las políticas públicas que afectan a nuestra vida cotidiana y la disputa legítima por el poder que debe estar al servicio de la sociedad. Reducirla únicamente a una estéril politics es empobrecerla y, en última instancia, debilitar la democracia. Quizá el mejor propósito de Año Nuevo no sea solo perder unos kilos u otras metas personales, sino, como sociedad, ganar en calidad democrática: exigir instituciones abiertas, políticas basadas en evidencia y una competencia por el poder consciente de su responsabilidad con lo común. Porque solo así la política dejará de ser un ruido cansino y volverá a ser lo que nunca debió dejar de ser: una herramienta para construir un futuro compartido.
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