Hubo un tiempo en el que etiquetar a las adicciones como enfermedad supuso un paso adelante en la forma en la que la sociedad consideraba a quienes las sufrían. Al menos, ya no se les juzgaba desde un punto de vista moral, como ... a personas degeneradas que solo merecían el desprecio por parte de la sociedad biempensante.
Hoy, esa consideración se ha vuelto la imperante y empapa una gran parte de los enfoques sobre su tratamiento, hasta el punto de que se encuentra de manera más o menos expresa en las aproximaciones y políticas públicas, y sigue rigiendo en la inmensa mayoría de la extensísima (y muy lucrativa en muchos casos) red de instituciones y clínicas dedicadas a la rehabilitación.
Sin embargo, el neurocientífico (y ex adicto) Marc Lewis plantea en 'Biología del deseo' una tesis muy diferente: lejos de referirse a cerebros enfermos, él prefiere hablar de cómo los mecanismos a través de los que nuestra mente acaba cayendo en la adicción son aquellos para los que, en última instancia, está programada.
Es decir, son los mismos que explican nuestro éxito evolutivo, que nos ha permitido prosperar entre el resto de especies, mediante la habilidad de crear hábitos para adaptarnos a los cambios. La plasticidad de nuestro cerebro, que es lo que lo convierte en una herramienta tan poderosa, y que modela desde nuestra personalidad y características a nuestras relaciones sociales, incluida la capacidad de enamorarnos y de sentirnos parte de nuestra familia, se vuelve en el caso de los adictos una poderosa trampa. Pero no porque funcione mal; al contrario, es porque lo hace a la perfección.
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Lewis es consciente de que esta idea está llamada a ser incómoda. Por eso, el libro parte de una descripción del funcionamiento de nuestro cerebro, para a partir de ahí fijarse en varios casos reales y concretos que le sirven para mostrar cómo la satisfacción del deseo inmediato es una necesidad compartida por todos, y que acaba ocupando un lugar central en la caída en las adicciones de personas de cualquier ámbito y grupo social.
Y ofrece, a la vez, datos sorprendentes e interesantes, que demuestran que la gran mayoría de los adictos son capaces de salir por sí mismos, con el tiempo suficiente y un acompañamiento más consciente de lo que sucede en sus cabezas, del pozo en el que han llegado a sumirse. Y de nuevo, a través de la misma plasticidad cerebral que en un principio les llevó hasta allí.
Con un estilo claro y directo, Lewis no rehúye el debate y pone en cuestión afirmaciones que hasta ahora se han dado como incontrovertibles. Y todo, con una acertada mezcla de rigor y humanidad que acaba ofreciendo algo tremendamente valioso ante los sentimientos habituales de culpa y vergüenza que suelen asediar a quienes sufren la adicción: esperanza.
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Marc Lewis, ¿y si la adicción no es una enfermedad?
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