En la última década ha desarrollado una investigación en profundidad de las 300 hectáreas de la finca para optimizar las posibilidades del suelo al tiempo que cuida del entorno y su biodiversidad.
A pocos kilómetros de Logroño, en el sur de la Rioja Alta, se ubica la finca de Ygay, el entorno donde nacen los vinos de Marqués de Murrieta. Con 175 años, esta bodega 100% familiar ha hecho en la última década la mayor transformación de su historia reciente, aunque manteniendo muy firme el propósito de su fundador. Luciano Murrieta produjo en 1852 el primer vino fino de Rioja con una filosofía basada en el compromiso con el entorno y asumió la gran responsabilidad de transmitir el legado a las futuras generaciones. "Cuando uno trabaja en una casa con tanta memoria, entiende que las decisiones no pueden tomarse pensando sólo en el presente", explica Vicente Dalmau Cebrián-Sagarriga, actual presidente, alma de la bodega y de un nuevo impulso medioambiental de la finca. "Para nosotros sostenibilidad significa tomar decisiones pensando en el largo plazo, medir cada proceso, reducir nuestro impacto y proteger el lugar de donde nacen nuestros vinos".
Ese lugar es la Finca Ygay, con 300 hectáreas y 30 pagos diferenciados, el gran reto de la transformación iniciada en 2018 era precisamente comprender la finca en profundidad y hacerla más eficiente. Como recuerda el presidente, "el proceso empezó con un trabajo muy técnico, de escuchar la finca". Para ello, se realizó un estudio de los suelos, un análisis detallado de las parcelas, de las orientaciones, los microclimas dentro de la propia finca... Y, todo ese conocimiento permitió entender el potencial de cada zona.
Origen sostenible
La finca ya tenía en origen unas óptimas condiciones debido a que el fundador creó un entorno donde viñedos, fauna y vegetación autóctona conviven en equilibrio. La ubicación de la finca es eficiente en sí misma por su cercanía a la sierra de Cantabria, que hace de barrera térmica natural; además, el fundador creó una explotación agrícola donde cultivaba también aceites, miel y usaba fertilizantes naturales. Y, lo que ya es una marca de identidad, lo proyectó en forma de château francés, lo que favorece que bodega y finca sean todo uno. Una idea traída de Francia cuando aún ni existía la D.O. Rioja y se denominaban vinos de Logroño. "La uva llega a la bodega con rapidez, en mejores condiciones y con una menor huella asociada a la logística".
La finca siempre ha estado activa estos 175 años, aunque en manos de dos familias distintas. Primero, tres generaciones de Murrieta; hasta que en 1983 lo adquirió la familia Cebrián-Sagarriga, de la que Vicente es segunda generación. "Ha sido un camino largo, con una inversión sostenida a lo largo de los años y una clara apuesta por la calidad frente a la inmediatez". Una vez hecho el estudio, recuerda, llegó la parte más exigente: traducir ese conocimiento en decisiones. Lo aprendido se reflejó en acciones orientadas a reducir el impacto ambiental, la huella de carbono y a impulsar la economía circular y el autoabastecimiento. Ahora cuenta con un sistema de control de los recursos y en procesos diseñados para minimizar el impacto a base de monitorizar el consumo de agua, gas y electricidad.
Climatización
El consumo energético se reduce mediante sistemas de climatización como el free-cooling y el aislamiento térmico y las aguas residuales se tratan antes de su retorno al medio natural. Además, integra soluciones como la generación de nitrógeno in situ, reduciendo tanto el impacto ambiental como los residuos asociados a la actividad.
La finca cuenta con un parque fotovoltaico , con un autoconsumo medio anual cercano al 50%. En el campo aplica prácticas de viticultura regenerativa, ha eliminado el uso de herbicidas, aplica métodos biorracionales para el control de plagas y adapta la fertilización mediante abonado orgánico procedente de explotaciones cercanas. Además, el mantenimiento de cubiertas vegetales protege el suelo, mejora su estructura y favorece la retención de agua, contribuyendo a un viñedo más resiliente, así como de alimento a la fauna autóctona de la finca.
"Quizá la mayor dificultad fue cambiar la forma de trabajar sin tener certezas absolutas", indica el presidente. "Apostar por este modelo implica asumir riesgos, salir de lo convencional y tener la paciencia suficiente para esperar resultados que solo llegan con el tiempo".
Vicente Dalmau Cebrián-Sagarriga, presidente de Marqués de Murrieta.Monitorización en tiempo real
La tecnología ha jugado un papel clave en la transformación, ahora cuenta con una herramienta para saber en tiempo real lo que está ocurriendo en cada parcela: la humedad del suelo, el estado hídrico de la planta, la evolución de la temperatura o posibles riesgos de enfermedad, hasta la temperatura de los panales de abejas que han instalado hace un año.
Esta nueva era que encabeza Vicente Dalmau junto a su hermana Cristina (directora financiera) exporta un 65% de la producción a 110 mercados, produce 1.200.000 botellas anuales, y ya ha cosechado premios como mejor vino del mundo para Castillo de Ygay y mejor bodega del mundo.
"En el fondo, todo responde a una idea muy sencilla: solo podremos seguir elaborando grandes vinos que reflejen la identidad de un lugar si somos capaces de preservar ese lugar que los hace posibles", dice.
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