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Martiño Ramos, el violador de En Marea, suplicaba en Cuba ser extraditado: está en Soto del Real tras 150 días en un agujero

Martiño Ramos, el violador de En Marea, suplicaba en Cuba ser extraditado: está en Soto del Real tras 150 días en un agujero
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El exmilitante de la izquierda gallega, condenado a 13 años y medio de cárcel por abusar durante años de una menor a la que había dado clase, desapareció cuando debía entrar en prisión. Rehízo su vida en La Habana con nombre falso y una nueva apariencia, y sólo regresó a España después de ser localizado, detenido y finalmente extraditado tras meses de fuga. Más información: Martiño Ramos, el profesor gallego condenado por violar a una menor, es extraditado de Cuba a España tras su fuga.

Martiño Ramos Soto, condenado a 13 años y medio de prisión por abusar sexualmente de manera continuada de una alumna suya, durante una fiesta en una popular terraza de La Habana, en noviembre. El Español.

Reportajes CRÓNICA DE UNA EXTRADICIÓN Martiño Ramos, el violador de En Marea, suplicaba en Cuba ser extraditado: está en Soto del Real tras 150 días en un agujero

El exmilitante de la izquierda gallega, condenado a 13 años y medio de cárcel por abusar durante años de una menor a la que había dado clase, desapareció cuando debía entrar en prisión.

Rehízo su vida en La Habana con nombre falso y una nueva apariencia, y sólo regresó a España después de ser localizado, detenido y finalmente extraditado tras meses de fuga.

Más información:Martiño Ramos, el profesor gallego condenado por violar a una menor, es extraditado de Cuba a España tras su fuga.

Orense Publicada 25 abril 2026 02:01h

Martiño Ramos Soto creyó que la distancia podía hacer el trabajo que ya no podía hacer el silencio. Creyó que unos miles de kilómetros, un nombre apenas retocado y una vida reconstruida bastarían para dejar atrás una condena firme de 13 años y medio de cárcel.

El motivo no era leve: violó de manera continuadaa una menor a la que había dado clase durante siete cursos escolares en Orense. Apostó por Cuba antes de que la Justicia española pudiera cerrarle el paso, convencido de que allí encontraría el anonimato que Galicia ya le había negado.

Durante meses, mientras la víctima seguía arrastrando en España las secuelas —autolesiones, ingresos psiquiátricos, intentos de suicidio—, él sostuvo en La Habana una segunda biografía. Pero esa huida, meticulosa en su diseño, empezó a resquebrajarse donde suelen hacerlo todas: en el tiempo.

Martiño Ramos Soto, también conocido en los círculos de izquierda como 'Martinho o Minho', en una imagen reciente. El Español.

Porque el tiempo no jugó a su favor. Pasó de moverse con aparente normalidad en la isla a pasar 150 días encerrado en una prisión cubana que varias fuentes describen como "un agujero de terror": humedad constante, escasez de comida, suciedad estructural, condiciones muy alejadas del estándar español.

Allí, lejos de cualquier relato construido, el margen se estrechó de forma abrupta. Fuentes policiales explican a EL ESPAÑOL que su actitud cambió con rapidez: del intento inicial de sostener la ficción pasó a una resignación creciente, hasta el punto de aceptar voluntariamente la extradición y, en el momento de su detención, llegar a suplicar por su traslado.

El miércoles abandonó La Habana esposado y custodiado por agentes, en un vuelo de Iberia que cerraba definitivamente ese capítulo. Aterrizó en Madrid a primera hora, fue trasladado directamente a los juzgados de Plaza de Castilla y, tras ser puesto a disposición judicial, ingresó en la prisión de Soto del Real, donde permanece actualmente como paso previo a su destino definitivo.

Instituciones Penitenciarias deberá decidir ahora en qué centro cumplirá condena de forma estable. La referencia natural sería la cárcel de Pereiro de Aguiar, en la provincia de Orense, de donde emana la sentencia, pero fuentes del ámbito penitenciario apuntan a que no es la opción más probable.

Martiño Ramos, el profesor gallego condenado por violar a una menor, es extraditado de Cuba a España tras su fuga

El fallo del sistema

En julio de 2024, la Audiencia Provincial de Ourense lo condenó por abusar sexualmente de forma continuada de una alumna desde que ella tenía 12 años hasta los 16. El Tribunal Superior de Xustiza de Galicia ratificó el fallo y el Tribunal Supremo declaró firme la sentencia en julio de 2025, cerrando definitivamente el recorrido judicial.

Para entonces, según sostienen fuentes de la investigación, él ya había iniciado su salida. No existían medidas cautelares que le impidieran abandonar el país. El 15 de septiembre de 2025, cuando debía ser localizado para notificarle su ingreso en prisión, ya no estaba.

Había vendido su domicilio habitual, un piso en la céntrica calle del Doctor Temes Fernández de Orense, para ganar liquidez. También su vehículo, un Citroën Xsara Picasso, a un desguace municipal. Luego avisó a su hermano, el único familiar con el que mantiene contacto, que se marchaba.

Una escena fija que durante días sostuvo la ilusión de proximidad mientras el hombre al que buscaban ya había cruzado el océano. En Orense, la noticia de la fuga no se entendió como una fuga cualquiera. Aquí, donde su nombre había sido durante años reconocible, la desaparición tenía otra densidad.

Ramos Soto no era un desconocido. Había sido profesor de música, había dado clase a generaciones de alumnos, había participado en actividades culturales, había tocado la guitarra en festivales escolares y había construido una presencia constante en la vida pública de la ciudad.

En los círculos progresistas, donde militó durante años —primero en Izquierda Unida, después en la órbita de En Marea y en espacios vinculados a Ourense en Común— era un rostro habitual.

Martiño Ramos Soto (i) mientras sus compañeras de En Marea declaraban ante la TVG.

"Era una persona muy conocida y respetada, con discurso", recuerda una antigua compañera. "Sabía generar simpatía, podría haber llegado muy lejos en política", añade otra fuente. Esa reputación no era un dato accesorio: era parte del andamiaje que le permitió sostener durante años una doble vida que nadie supo o quiso ver.

La desaparición abrió en un primer momento una búsqueda de proximidad, casi doméstica. Durante semanas, los investigadores trabajaron sobre la hipótesis de que podía seguir oculto en Galicia.

Las primeras pistas lo situaban en la comarca de Celanova, en el interior de Orense. Hubo testimonios que lo colocaban en A Bola, en Casal do Río, un pequeño núcleo entre montes donde esconderse unos días podía parecer viable para alguien que conocía bien el terreno.

También surgieron referencias a Baiona, un lugar al que acudía con frecuencia con su hermano. A todos esos lugares se desplazó EL ESPAÑOL. Pero esa línea se fue agotando. Galicia conservaba rastros, no al hombre.

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Un violador sádico

Lo que sí había quedado fijado con claridad era el relato judicial de los hechos. La sentencia describe una dinámica sostenida en el tiempo, iniciada cuando la menor tenía menos de 12 años.

Fue él quien la contactó a través de Instagram, ocultando su identidad, presentándose como un apoyo emocional para una niña vulnerable por graves problemas familiares. La relación comenzó siendo virtual y derivó en una dependencia progresiva: le pedía imágenes íntimas, le sugería prácticas, se ofrecía como refugio.

Cuando la menor insistió en saber quién estaba detrás de la pantalla, la citó en el aula de música. "La niña se quedó en estado de shock", recoge la resolución. A partir de ahí, la relación se trasladó al espacio físico: encuentros en el centro escolar y fuera de él, agresiones sexuales, golpes, prácticas descritas por los tribunales como sádicas.

En una de las ocasiones la obligó a esconderse en el maletero de su coche para trasladarla a lugares apartados. En la última agresión, la dejó "desnuda y casi inconsciente" en un monte. La historia de la víctima discurrió en paralelo, con un deterioro progresivo.

Cuando ella decidió romper el vínculo y denunciar, se encontró con la incredulidad del entorno. Fuentes de la investigación explican que en el centro educativo se llegó a poner en duda su relato, lo que la llevó a abandonar el colegio.

A partir de ahí, su estado empeoró: autolesiones, varios intentos de suicidio, ingresos en Psiquiatría, un peso que llegó a caer hasta los 34 kilos. Mientras tanto, el proceso judicial avanzaba con discreción para proteger su identidad.

Esa cautela, sin embargo, permitió durante demasiado tiempo que el agresor mantuviera una apariencia de normalidad. Incluso después de la denuncia, continuó dando clase en otro centro. Durante años, el hombre que acabaría huyendo se movió bajo la cobertura de una vida ordinaria.

El personaje

En la ciudad, el impacto no fue sólo por la gravedad de los hechos, sino por el contraste con la imagen que había proyectado. "Hay una sensación de engaño", admite un profesor universitario que coincidió con él en actos públicos.

"No por él, sino por lo que representaba". En Orense, donde la política local y el tejido social se entrecruzan, su nombre empezó a generar incomodidad. Nadie quería hablar. Nadie recordaba haber sospechado nada. La caída no fue sólo individual: arrastró consigo la credibilidad de un personaje construido durante años.

Martiño, micrófono en mano, habla en una plaza de Orense ante la expectación de decenas de personas. El Español.

Especialmente porque hubo un momento donde la prensa comenzó a hablar de "un profesor" que había violado "a una alumna". Pero nadie sabía que ese profesor era Martiño. Ni siquiera sus amigos más cercanos.

Esa investigación periodística fue el punto de inflexión que desplazó el caso fuera de ese ámbito local. EL ESPAÑOL comenzó a seguir su rastro en septiembre de 2025, cuando la fuga todavía se describía de forma genérica.

A partir de ahí, el caso adquirió nombre, contexto y método. La exposición pública permitió que empezaran a llegar nuevas pistas. Algunas eran erróneas. Otras abrieron una vía distinta. Para noviembre, el rastro había saltado al Caribe.

En La Habana —a donde llegó tras pasar por Portugal, Brasil y Perú—, Ramos Soto había conseguido durante meses lo que no había logrado en Galicia: desaparecer a la vista. Se integró en un entorno cultural donde su pasado no existía y sostuvo una identidad alternativa con suficiente coherencia como para no levantar sospechas.

Su vida allí no era clandestina en el sentido clásico. No se ocultaba en un sótano ni evitaba el contacto social. Al contrario, participaba en talleres, acudía a exposiciones, aceptaba encargos y se movía en un circuito donde un extranjero más no desentona.

En la izquierda, una foto reciente donde se evidencia la nueva apariencia de Martiño: sin coleta ni barba, pelo degradado y gafas de vista. En la derecha, su estética habitual en Orense. El Español.

La clave de su invisibilidad no era el aislamiento, sino la falta de contexto, porque nadie sabía quién era, más allá de un español en busca de nuevas experiencias. La caída no se produjo por un gran error, sino por un detalle menor. Un comentario. Una mujer que dijo que aquel fotógrafo gallego "le sonaba de algo".

La frase circuló en el mismo entorno en el que él se movía. Él lo supo. El viernes abandonó su apartamento en El Vedado con todas sus maletas. Cortó su línea telefónica. Desapareció de su domicilio. No tomó ningún vuelo. No cruzó ninguna frontera.

Lo que siguió fue una huida dentro de la huida: moverse de un lugar a otro, ganar tiempo, reducir exposición. No funcionó. La publicación de EL ESPAÑOL confirmando su paradero activó una reacción inmediata.

Ramos Soto, de pie, realiza fotografías con su móvil durante una exposición en la Fototeca de Cuba. El Español.

Personas de su entorno en Cuba descubrieron al mismo tiempo su identidad real y la condena que pesaba sobre él. Su perfil se llenó de advertencias. La Policía española lo incluyó en la lista de los fugitivos más buscados. Horas después, las autoridades cubanas lo detenían.

A partir de ese momento, la historia entró en una fase menos visible pero decisiva. Sin tratado de extradición entre España y Cuba, la entrega debía tramitarse por vías de cooperación judicial.

El proceso fue lento, condicionado por la burocracia y la voluntad política. Cuba confirmó que estaba bajo custodia. España remitió la documentación. Durante meses, el expediente avanzó sin romperse.

Finalmente, Ramos Soto aceptó su traslado y embarcó rumbo a Madrid. Siete meses después de desaparecer cuando debía ingresar en prisión, la fuga terminaba.

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Vuelta a España

Fuentes policiales que participaron en el operativo relatan que, en el momento de su detención en La Habana, Martiño Ramos Soto abandonó cualquier rastro de la calma que había proyectado durante meses y pasó a una actitud completamente distinta.

Nervioso, consciente de que la fuga había terminado, insistía en que quería regresar a España cuanto antes, llegando a suplicar por su traslado y asumiendo ya que no tenía margen para prolongar su situación en la isla.

En Orense, mientras tanto, el caso no ha dejado de estar presente. No hay pancartas ni grandes concentraciones, pero sí una conversación constante, soterrada, que atraviesa colegios, asociaciones y círculos políticos. Toda la prensa regional publica su foto y nombre en portada. Aunque hace meses no se sabía quién era.

El nombre de Martiño Ramos, en la edición del viernes 24 de 'La Voz de Galicia'. Julio César R. A.

Martiño Ramos Soto se ha convertido en una referencia incómoda, en una advertencia sobre cómo se construyen ciertas figuras públicas y sobre los fallos de un sistema que no detectó a tiempo lo que ocurría dentro de un aula. La ciudad no ha cerrado la historia. Tampoco la víctima.

Trató de convertir la fuga en una segunda biografía. Durante siete meses lo consiguió sólo en apariencia. La detención, la extradición y el regreso han cerrado esa etapa. La Justicia terminó encontrándolo, la cooperación internacional acabó funcionando y el viaje de vuelta puso fin a la parte más visible de su huida.

Lo que no se borra con una extradición es lo anterior. Los años de captación, de abuso y de violencia, la mascarada pública que lo protegió, el daño irreversible a la menor y esa cadena de silencios, errores e incredulidades que le permitieron durar tanto. Ahora ya está en España. Y nunca más volverá a ser Martín. Siempre será Martiño.

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