Hay una distancia de apenas cuatrocientos metros entre las dos mujeres más fascinantes que ha dado Holanda. Cuatrocientos metros. Cinco minutos caminando. Eso es todo lo que separa la casona donde nació Saskia van Uylenburgh de la sombrerería donde vino al mundo Margaretha Zelle, ... la futura Mata Hari. Las separan, en cambio, doscientos sesenta y cuatro años y dos maneras completamente distintas de conquistar la libertad.
Llegué a Ámsterdam a primera hora de la mañana. Apenas crucé la terminal de Schiphol bajé un piso, como hacen los holandeses desde hace décadas, y el aeropuerto se convirtió en estación de ferrocarril. El Intercity hacia Leeuwarden salió puntual, deslizándose primero entre las oficinas del sur de Ámsterdam y después hacia el inmenso pólder de Flevoland.
A medida que el paisaje se abría, comprendí que Holanda también podía leerse desde la ventanilla de un vagón: praderas infinitas, vacas diminutas, canales perfectamente rectos y un horizonte tan horizontal que, por momentos, parecía uno de esos lienzos de Piet Mondrian antes de descubrir el Neoplasticismo. Después llegaron Zwolle, Meppel, Steenwijk, Wolvega, Heerenveen..., nombres que el revisor pronunciaba con una fonética frisona imposible de imitar.
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Dos horas y media después, el tren se detuvo en Leeuwarden, la pequeña capital del norte donde había ido buscando a Mata Hari y terminé encontrando también a Saskia. La ciudad está celebrando el ciento cincuenta aniversario del nacimiento de su hija más escandalosa. Banderines de colores cruzan los canales de lado a lado. En los escaparates aparece su rostro, en el museo la reciben como a una reina y hasta el guía del 'tour boat' por los canales de la pequeña ciudad recuerda, señalando su estatua, que aquella muchacha nacida en una calle de comerciantes acabó siendo uno de los personajes más famosos del siglo XX.
Me hizo sonreír esa reconciliación. Durante décadas Holanda apenas supo qué hacer con ella. Demasiado libre. Demasiado hermosa. Demasiado incómoda para un país donde, históricamente, el éxito siempre debía parecer fruto del trabajo y nunca del espectáculo.
Comencé el paseo por Kelders, junto al canal. Sigue siendo una calle estrecha, de ladrillo rojo, fachadas escalonadas y ventanas impecables. En el número 33 estuvo la sombrerería de Adam Zelle. Me gusta pensar que Mata Hari aprendió allí su primera lección de economía. Su padre, además de sombreros, vendía elegancia, prestigio, la ilusión de pertenecer a una clase social determinada. Abajo entraban los clientes; arriba jugaba una niña de enormes ojos oscuros que observaba aquel pequeño teatro del comercio. Sin saberlo, estaba asistiendo a una escuela de marketing avanzado.
Los holandeses poseen una inteligencia comercial casi genética. Han convertido el agua en tierra firme, los tulipanes y el queso en una industria mundial y los molinos en una marca nacional. Margaretha aprendió muy pronto aquella lección. La fortuna familiar se desplomó por las malas inversiones de su padre, y cuando murió su madre en la adolescencia dejándola sola frente al mundo, comprendió que el único capital que nadie podría arrebatarle sería ella misma.
Intentó hacerse maestra. Ingresó en una escuela de señoritas en Leiden, pero un escándalo con el director (hoy los historiadores creen que probablemente fue más víctima que seductora) cerró también esa puerta. Entonces abrió un periódico. Entre los anuncios encontró el de un capitán destinado en las Indias Orientales Holandesas que buscaba esposa. Respondió al anuncio. No anhelaba un marido; buscaba escapar. Aquel matrimonio fue un fracaso, pero el viaje cambió su vida. Tras la muerte de su hijo regresó a Europa entendiendo algo fundamental: que la identidad también podía construirse. Inventó una princesa oriental, ceremonias sagradas, una biografía imposible. Convirtió su cuerpo en un escaparate, pero la verdadera empresa era su imaginación.
Caminé unos minutos hasta la Ossekop, donde nació Saskia van Uylenburgh en 1612, la amada esposa de Rembrandt. Las dos casas están tan cerca que resulta imposible no pensar que ambas niñas recorrieron, aunque separadas por casi tres siglos, las mismas calles adoquinadas, los mismos puentes sobre los canales y las mismas plazas silenciosas. Sin embargo, el mundo que encontraron era radicalmente distinto.
La Leeuwarden de Saskia era una ciudad próspera de la joven República de las Provincias Unidas, el país más rico y dinámico de Europa. Mientras España se consumía en guerras y Francia reforzaba el absolutismo, Holanda estaba gobernada por comerciantes y armadores. El padre de Saskia era uno de ellos: burgomaestre, jurista y miembro de esa poderosa burguesía que había convertido el comercio en una forma de gobierno. Allí las mujeres disfrutaban de una autonomía económica insólita para la época. Podían heredar, administrar bienes, firmar contratos. Saskia no necesitó inventarse un personaje. Ya pertenecía a una familia que representaba el éxito.
Cuando marchó a Ámsterdam tampoco huyó. Viajó hacia la ciudad más moderna del planeta, el lugar donde se negociaban mercancías llegadas de los cinco continentes y donde el dinero circulaba con una velocidad desconocida en Europa. Allí conoció a un joven pintor llamado Rembrandt.
Solemos recordar a Saskia como la musa de Rembrandt. Es una injusticia. Fue mucho más que el rostro que aparece una y otra vez en sus cuadros. Cuando se casaron, en 1634, Rembrandt era ya un pintor admirado, pero todavía un hombre tímido, de pocas palabras, incómodo en la vida social y completamente absorbido por el trabajo. Cinco años después compraron una espléndida casa (en la actual Jodenbreestraat n. 4, hoy convertida en la Casa museo Rembrandt). Aquella casa era mucho más que un hogar: era un taller, una escuela de pintura, una galería de arte y una pequeña empresa familiar.
En el gran estudio del piso superior Rembrandt trabajaba durante horas con sus aprendices; en la sala de recepción se mostraban las obras y se negociaban encargos; las habitaciones privadas acogían una intensa vida doméstica. Resulta difícil imaginar aquel universo funcionando sin Saskia. Mientras Rembrandt vivía casi exclusivamente para la pintura, ella daba a la casa el orden indispensable para que el genio pudiera entregarse a su trabajo. Recibía visitas, mantenía las relaciones familiares y sociales, sostenía el prestigio doméstico del matrimonio y aportaba, además, una considerable fortuna heredada que permitió a la pareja instalarse con la magnificencia propia de un artista que empezaba a convertirse en el pintor más solicitado de Ámsterdam.
Pero la felicidad tuvo un precio insoportable. Entre aquellas mismas paredes nacieron cuatro hijos. El primero, Rumbartus, murió con apenas dos meses. Después llegaron dos niñas, ambas llamadas Cornelia, que tampoco sobrevivieron más que unas semanas. Cada bautizo acababa convirtiéndose en un funeral. Finalmente, en septiembre de 1641 nació Titus. El niño sobrevivió. Saskia, en cambio, comenzó a apagarse lentamente, probablemente víctima de la tuberculosis agravada por los embarazos sucesivos. Murió al año siguiente, con sólo veintinueve años. Rembrandt perdió a la mujer que había sostenido su casa y su vida precisamente cuando terminaba 'La ronda de noche'. Resulta difícil no pensar que, junto con Saskia, desapareció también la luz más serena de su pintura. El pequeño Titus viviría; ella había entregado la vida para que, al menos una vez, uno de sus hijos pudiera llegar a la edad adulta.
Mientras Mata Hari convirtió su vida en una ficción, Saskia permitió que otro la transformara en eternidad. Rembrandt la pintó una y otra vez. Leyendo. Sonriendo. Embarazada. Vestida como Flora. Descansando. Ninguna mujer ha sido observada tantas veces con tanta delicadeza.
Y ahí comprendí la verdadera relación entre estas dos mujeres nacidas casi puerta con puerta. Las dos hicieron de sí mismas un patrimonio, pero una administró el que había heredado encontrando su libertad en el amor, mientras que la otra fabricó el que nunca tuvo decidiendo que ningún hombre volvería a definir quién era.
Para los ojos que hoy las miran y recuerdan, una quedó inmóvil sobre los lienzos, envuelta en esa luz dorada que sólo Rembrandt sabía pintar, mientras que la otra jamás permitió que su rostro permaneciera quieto. Cambiaba de nombre, de historia, de acento y de pasado con la misma facilidad con la que cambiaba de traje antes de salir a escena. Si Saskia pertenece a la pintura antigua, Mata Hari pertenece a la vida moderna; al relato en permanente transformación.
Quizá por eso Leeuwarden ha terminado aceptando que ambas forman parte de una misma genealogía. No la de la belleza (que también), sino la de una inteligencia hanseática que las dotó de la habilidad de administrar el bien más valioso que una persona puede poseer: su propia identidad. Porque una ciudad capaz de enseñar a una mujer a conservar un patrimonio y a otra a inventarlo desde la nada merece ser recordada por algo más que sus canales. Merece ser recordada por haber comprendido, mucho antes que nosotros, que la libertad también puede ser una forma de empresa.
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