Durante décadas, la arquitectura costera se levantó sobre una idea tan sencilla como errónea, como si la playa de la infancia, la misma que retenemos en nuestra memoria, fuera a permanecer intacta para siempre. Matalascañas es el recordatorio más reciente de un fallo de origen: las playas no son decorados imperecederos, son fronteras que tarde o temprano se las come el océano.
Una costa mal pensada. En Matalascañas, el mar ya no avanza en abstracto ni en informes técnicos: literalmente, está entrando en los patios, derriba chiringuitos y convierte paseos marítimos en escombros retorcidos. Lo que durante décadas fue una playa ancha y estable ha perdido su arena protectora, dejando a viviendas e infraestructuras expuestas a temporales cada vez más frecuentes e intensos.
Construida en los años sesenta y setenta en una zona de alta erosión natural, sin estudios de dinámica litoral y sobre sistemas dunares que actuaban como barrera, la urbanización encarna el choque entre una arquitectura pensada para un mar fijo y una costa que siempre estuvo en movimiento. Las borrascas de 2026 no han hecho más que acelerar un proceso anunciado desde hace años, generando una sensación de abandono y urgencia en vecinos que ven cómo las soluciones de emergencia llegan tarde y nunca son definitivas.
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Excepción convertida en rutina. Lo ocurrido tras la borrasca Francis no fue un episodio aislado, sino el inicio de una secuencia. Apenas semanas después, un nuevo temporal ha vuelto a colocar el agua a las puertas de las casas, arrastrando chiringuitos y reabriendo heridas sin cerrar.
La erosión ha dejado de ser una amenaza futura para convertirse en un estado permanente, agravado por la falta de coordinación entre administraciones y por actuaciones provisionales que apenas ganan tiempo. En Matalascañas ya no se discute si el mar avanzará, sino más bien cuánto y a qué ritmo, mientras el equilibrio natural que permitía a la playa recuperarse tras los temporales se ha roto desde hace dos décadas.
Tapon De Matalascañas
La ciencia asume lo impensable. Lo que los vecinos viven como tragedia local, la ciencia lleva un tiempo formulándolo como un dilema global. Estudios en el Reino Unido en 2022 ya habían advertido que cientos de miles de viviendas costeras podrían quedar expuestas o ser directamente abandonadas en pocas décadas, porque protegerlas resultará inviable económica y técnicamente.
El mensaje es incómodo, pero bastante claro: habrá comunidades que deberán replegarse tierra adentro. El mar no solo sube, también erosiona las playas y eleva el punto desde el que rompen las olas, multiplicando el impacto de cada tormenta y haciendo inútiles muchas defensas tradicionales.
Mapa de la Tierra con un aumento del nivel del mar de seis metros representado en rojo
Playas y economías en riesgo. A escala planetaria, la erosión de las playas arenosas avanza de forma desigual pero persistente. Una parte significativa de los arenales del mundo ya retrocede y las proyecciones apuntan a pérdidas severas antes de mitad de siglo.
El turismo, la urbanización en primera línea, los puertos, las presas y la destrucción de dunas han eliminado los reservorios naturales de arena que permitían a las playas adaptarse. En regiones altamente dependientes del turismo costero, como el Mediterráneo español, la desaparición de la playa no es solo un problema ambiental, sino una amenaza directa al tejido económico y social construido alrededor de ella.
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Y el norte, igual. Por supuesto, no es un problema de España únicamente. En Escocia, por ejemplo, la playa de Montrose pierde metros de arena cada año a un ritmo que supera incluso las previsiones científicas. Paseos marítimos colapsados, dunas debilitadas y campos de golf históricos devorados por el mar muestran que el problema no distingue latitudes.
Las soluciones propuestas, como la regeneración artificial con arena, son costosas y recurrentes, un gasto estructural difícil de asumir para administraciones endeudadas. La pregunta, otra vez, deja de ser cómo detener la erosión y pasa a ser cuánto tiempo se puede comprar antes de que las defensas cedan.
Ciudades que se encogen. En grandes áreas urbanas como la misma Nueva York, la subida del mar amenaza decenas de miles de viviendas en un contexto de grave escasez habitacional.
Recordaba hace unos meses el New York Times que allí la retirada ya no es solo costera, sino urbana: comprar casas, derribarlas y devolver el suelo al agua se convierte en una estrategia de adaptación, mientras los grandes proyectos de protección avanzan lentamente y obligan a replantear el modelo clásico de vivienda. La costa deja de ser un lugar para crecer y pasa a ser una frontera móvil que condiciona el futuro de la ciudad.
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Salvar casa o playa. En Estados Unidos, el avance del mar tiene tal magnitud que ha reactivado un conflicto legal heredado de siglos: las playas como bien público frente al derecho a proteger la propiedad privada.
Los muros y escolleras que salvan una casa condenan la playa al desaparecer, provocando el llamado “estrangulamiento costero”. La consecuencia es una cascada de conflictos judiciales, donde cada defensa individual acelera la erosión del entorno y obliga a los vecinos a seguir el mismo camino, hasta que ya no queda arena que defender. Un problema “nacional” que apunta a ser global.
Adaptarse sin salir por patas. Por supuesto, se están tratando todo tipo de soluciones. Recordaba hace unos meses el Guardian el caso de la costa pacífica de Colombia, donde comunidades como Juanchaco afrontan la erosión desde otra lógica. Sin grandes obras ni recursos para una retirada total, optan por desplazamientos internos, turismo comunitario y adaptación progresiva.
El mar se lleva calles y casas, pero la comunidad responde moviéndose unos metros tierra adentro, reinventando su economía y preservando su identidad cultural. Es una forma de resistencia que asume la pérdida física sin renunciar al territorio. Una solución que parece imposible en según qué enclaves.
Las casas caen, el valor se hunde. Hace unos meses se hizo viral una serie de instantáneas. Las imágenes de viviendas desplomándose en las playas de Carolina del Norte parecían absurdas hasta que se entiende su lógica. Muchas fueron construidas a distancia segura del mar, cuando la arquitectura jamás imaginó que las playas iban a cambiar, construyendo sobre dunas que ya no existen.
La erosión acelerada ha convertido esas inversiones en activos atrapados, difíciles de mover, caros de asegurar y, muy posiblemente, condenados a desaparecer. No es un fallo individual, sino el resultado de décadas de apostar por una costa fija en un sistema que siempre fue móvil. Cada casa que cae arrastra no solo escombros, sino costes ambientales y económicos que acaban repartidos entre todos.
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El fin de una ilusión costera. En definitiva, desde Matalascañas hasta Escocia, pasando por Nueva York y el Pacífico colombiano, la historia se repite con matices locales: la arquitectura costera fue diseñada para un mundo que simplemente ya no existe.
Si se quiere también, el mar no nos está invadiendo de repente, simplemente está reclamando espacio. Lo excepcional se ha vuelto rutinario y la gran pregunta ya no es cómo resistir como si no estuviera pasando, sino cómo adaptarse lo mejor posible a una costa que se mueve, aceptando que muchas playas, casas y paseos no podrán seguir donde están.
Imagen | Paula Suárez, Daniel Lombraña González, Image Editor, Dronepicr, Picryl
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La noticia
Matalascañas es el ejemplo de un fallo gordo de la arquitectura: pensar que la playa de tu infancia iba a ser como la recuerdas
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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