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29/08/2026 a las 23:06h.El billete de lotería
El billete de lotería está sobre la mesa. Acaban de decir los números. Todos coinciden. Me quedo sentada esperando que nada cambie. Mis días son ... todos iguales. No quiero complicarme la vida: un paseo por el jardín, el café de las once, un rato de lectura y, por la noche, hablar con mis hijos. Están todos muy ocupados. Los veo poco. Celebramos todas las fiestas. Creo que les gusta verme de vez en cuando. Lo tiro al fuego y sigo leyendo.
La persistencia de lo que ya no es
El cuerpo comenzó a traicionarse en silencio, como si cada gesto olvidara sostenerse y la mano vacilara, incapaz de reconocer dónde concluía. Los nombres se desprendían de las cosas, cayendo como hojas en un otoño interminable. El rostro en el espejo, ajeno, parecía contemplar desde otro lugar, sin recordar a quién pertenecía. Mientras tanto, en la casa, donde todo persistía con fidelidad cruel, la vida continuaba remedando lo que había sido, aunque ya no quedara nadie: solo algo que persistía, sin comprenderse, sin extinguirse, sin poder olvidar que alguna vez fue alguien.
Donde aún respira el silencio
La casa aprendió a respirar sin él, aunque cada rincón seguía pronunciando su nombre en voz baja, como si las paredes, fatigadas de sostener el techo, se aferraran a lo único que no podía tocarse. El reloj continuaba marcando una hora que ya no pertenecía a nadie, mientras el polvo, lento, iba cubriendo las huellas que nunca terminaban de borrarse. En la mesa, siempre dispuesta para dos, la silla vacía parecía inclinarse, como si escuchara algo que no alcanzaba a oírse: algo que tal vez seguía allí, esperando ser recordado o desaparecer por completo.
El ruido
Si estiraba un poco el cuello podía ver la fachada de la iglesia, blanca como todo el pueblo. Al relajar los músculos volvía a esas paredes, menos blancas: cables y la máquina que mostraba la actividad de su corazón, débil y cansado. Repetía en su cabeza: «Un día más». Con emoción recibía a las enfermeras, amables y divertidas. Pero se sentía traicionado al escucharlas después con otro enfermo, repitiendo carantoñas. Miró su bandeja, intacta, llena de comida sin sal, y pensó que ofrecería su plato si alguien cambiaba ese silencio por ruido.
Sueños
Él sueña que ella lee el poema de amor que nunca le entregará; ella sueña que él le escribe ese poema que jamás leerá. Y al despertar bajo la misma sábana se buscan con las manos, pero no se encuentran. Y vuelven a dormirse para seguir soñándose.
Fantasmas
«Quiero vivir contigo, incluso cuando seamos fantasmas», decía la frase del sobre de azúcar. Luis lo interpretó como que Mari, su camarera desde hacía siete años, por fin le confesaba su amor. Era imposible que ella hubiera olvidado que su café de la mañana era un solo sin nada, tan solo como él se sentía. Así que decidió que al día siguiente él también le declararía su amor. Por la tarde le llegó la trágica noticia: Mari había fallecido a causa de un infarto fulminante. Luis, sin dudarlo, saltó al vacío para vivir para siempre con ella como fantasmas.
Retorcido pensamiento
Casilda miró el reloj por enésima vez. La impuntualidad de su amante la devoraba por dentro, pero no quería estallar por miedo a perderlo. Javier llegó dos horas tarde, la besó apasionadamente y le dijo que ya no volverían a verse más: a su mujer le habían detectado un cáncer grave y debía estar a su lado. Casilda pensó que si su mujer muriera, Javier sería libre. Su retorcido pensamiento la asustó. Tiempo después descubrió que el cáncer se llamaba embarazo. Miró su reloj y supo que mataría a su amante.
La casa vacía
Un enjambre de mariposas salió de su ombligo y revoloteó alrededor de su piel blanca y delicada. Le encantó ver la tensión de esa gran ola antes de su desplome inevitable sobre los huesos de aquella mujer delgada, que mira al vacío como un mástil quebrado. Desenfocada, se aleja veloz, rebobinada en una cinta cinematográfica: sin moverse, sin pestañear. Allí de pie no tiene sentido quedarse en esa casa vacía. Los estorninos la izán del moño sin tiempo. No deja de mostrarse espléndidamente impertérrita. Hay algo especial en el aire: ese pitido diabólico que dice a todos que has muerto.
Retorno
La mujer caminaba despacio. Sus pies, empapados de lágrimas buscaban un sendero conocido. Punta... talón. Desandaba las huellas de un camino fantasmal. Punta... talón. Avanzaba de espaldas con un ritmo solemne, sin conceder tregua. Punta... talón... De niña había creído que, si retrocedía exactamente sobre sus propios pasos, el tiempo también aprendería a volver.
Mi madre
La memoria de mi madre implosionó y se redujo a un punto blanco en medio de la oscuridad. Me acurruqué en su regazo y me quedé dormida. Soñé que me hacía pequeñita, que volvía al interior de su vientre y veía de nuevo el mundo a través de otro punto blanco.
Dependencia
Aquella tarde se atrevió a preguntarle si serían capaces de dejar la relación tóxica que mantenían. Se hizo el silencio unos segundos, luego respondió:
«Has alcanzado el límite de mensajes para hoy».
La abuela
Me acostumbré a no hacer ruido: es más fácil así. Hace tiempo que comprendí que la gente no tiene voluntad de escuchar. Aprendí a quedarme en el umbral de las conversaciones y de las habitaciones. No es que no me vean; es que miran a través. A veces me acerco a mi nieto cuando se le quiebra la voz al llorar: tiene ese gesto que reconocería en cualquier parte. No intento intervenir. Descubrí que los vivos se asustan cuando algo responde sin voz. Así que me quedo. Lo peor no es que no me escuche: es que, a veces, parece que sí.
Llegó tarde
Siento haber llegado tarde. Hacía mucho frío. Y tuve que estudiar para los exámenes. Con la lluvia es que me cuesta salir de casa. Organizar mi cumple me tuvo muy liado. Ah, en el viaje fin de carrera me lo pasé increíble. Luego fuimos al pueblo, ya sabes, como todos los veranos. Pero ya estoy aquí. Creo que esta corona de flores te hubiera encantado.
La patria
El sonido de la tiza contra el suelo lo despertó. La maestra señalaba el mapa y contaba cómo los hombres de San Martín habían cruzado los Andes. Él pensó en el caballo que cada mañana lo llevaba hasta la escuela. Antes de volverse a quedar dormido, miró el mapa del aula. Encontró la cordillera. Encontró su pueblo. Buscó la patria que su abuela le había enseñado a nombrar. No estaba.
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