Pilar Alegría mostró su ternura en Navidad de paseo por su tierra. Recorrió lugares de infancia e icónicos; visitó a familiares y evocó el olor a pan caliente, leña, jamón y Cierzo. Inspiró hondo. Ella de calle, sin necesidad de mentir -convertida en inclinación- para cubrir al boss, es una mujer corriente -en el mejor sentido de la expresión; no constreñida-, afectuosa y próxima. De repente, un mortal alud en Panticosa. Alegría anunció en redes que cancelaba su precampaña. O sea, todo era un montaje. Una construcción propia de las storytelling tan de moda hace casi dos décadas [el «quiero ser lehendakari» del generoso Basagoiti, que invistió gratis total a Patxi López para ¡ay! frenar el nacionalismo; o la campaña en primarias de la malograda Carme Chacón, basada en la defensa de la Sanidad pública, que le salvó la vida con siete años].
Lambán aupó a Alegría. Ella lo traicionó. Vendió su alma a Sánchez, que la devuelve a su tierra, parte de esa Laponia española y vaciada que describió el periodista Paco Cerdà. Alegría es de La Zaida. En todo el entorno, Los últimos [título del libro de Cerdà] no están muy enterados de lo que pasa en Madrid. Se paró en pueblos socialistas y reivindicó la vida rural, desidealizada por el periodista Del Molino en La España vacía, y confusamente se refirió al derecho a la vivienda para promocionar las aldeas aragonesas. No hay más: Alegría es lo que vemos: una candidata honrosa y natural si hubiese seguido al lado de su mentor; extraviada y ojerosa al servicio del amo, que ha pactado con Junqueras privilegiar a Cataluña.
Todavía, aunque cada vez menos, genera incredulidad que con tres comicios autonómicos a la vista, Sánchez le dé un mordisco a las posibilidades de sus morituri. Sánchez no concede la ordinalidad a Cataluña a pesar del coste electoral en Aragón, Castilla y León y Andalucía; sino independientemente de ese coste y, en virtud de sus complejos, revanchas y demonios, precisamente porque considera que ese menoscabo refuerza la dependencia de las federaciones socialistas.
Sánchez renunció hace tiempo al poder territorial porque ha abandonado al partido y su función vertebradora [a su electorado lo aglutina su mensaje divisivo y binario: lo reprodujo ayer el meritorio Quintana], porque la solidaridad interterritorial contraviene su intención y porque cree que la debilidad de los territorios refuerza las relaciones de vasallaje. La duración del menguante Sánchez se fundamenta en un Ejecutivo fuerte, un Parlamento fragmentado y un partido inane y sumiso. La designación de los morituri Óscar López para Madrid, Montero para Andalucía, Alegría para Aragón y Morant para Valencia son decisiones ejecutivas coherentes con el proyecto de Sánchez; constituyen un perverso sistema promocional y merecimientos basados en el miedo y arbitrariedad: la entrega y acatamiento es mayor cuanto más indeseada es la destinación. Cada primer nombramiento prescribe el siguiente. Pilar Alegría se creyó ministra por méritos propios. Es la mili invertida. Primero el galón, después el destino -hado y plaza-. Los aplausos desenfrenados y espasmódicos de Montero no sirvieron para sortear su fortuna sino para afianzarla. Ninguna de las decisiones de Pedro Sánchez contra su partido y el principio de equidad ha promovido amago de revuelta. Alegría no es feliz.