Morrissey. Enric Fontcuberta/EFE
Música Morrissey 'is England', pero quiere representar a España en Eurovisión con una canción antitaurinaEl crooner británico demuestra en su recital del Movistar Arena que, pese a todo (años, depresiones, críticas, trifulcas con la industria...), sigue en forma vocal y físicamente.
Recorre un repertorio de más de cuatro décadas entre su etapa en la emblemática banda The Smiths y su gran carrera en solitario.
Más información: Make-Up is a Lie, el álbum conspiranoico y nostálgico de Morrissey
Alberto Ojeda Publicada 30 julio 2026 02:32h Actualizada 30 julio 2026 03:23hNo lo tenía Morrissey fácil esta tarde en Madrid. Pleno verano: terrazas, piscinas, tintos de verano, lasitud vacacional… No era, en fin, el contexto adecuado para darse un baño de romanticismo melancólico. Por eso costó meterse en su universo tejido en sus inicios, cuando los Smiths, bajo los cielos plomizos del Manchester más proletario: casas de ladrillo visto y malestar en unas calles faltas de la vitamina D del sol.
El divo británico apareció en el Movistar Arena para júbilo de 7.000 acólitos. Una entrada modesta, sobre todo si la comparamos con su visita del 85, la mítica del Paseo Camoens, cuando reunió, dice la leyenda, cerca de 500 mil personas en el Madrid festivo de la Movida. Algún veterano de los de entonces andaba por los aledaños del pabellón, en los que podían identificarse más polos Fred Perry de lo habitual en la ciudad e incluso alguna escarapela de la RAF estampada en ciertas camisetas. Resabios de la hegemonía subcultural inglesa de la segunda mitad del siglo XX.
La afición celebró la entrada en escena de Steven Patrick, porque nunca se sabe con él, un reincidente en cancelaciones de última hora (en Valencia hace nada se borró porque, alegaba, no había podido pegar ojo por la pirotecnia de las Fallas). Se perfiló en el proscenio con su físico rotundo, de hombretón fornido y duro, pero con un reverso de sensibilidad a flor de piel. Camisa negra por fuera del vaquero y varios botones desabrochados. Así, con el pecho por delante, y arreándole duro a la pandereta, descorchó el repertorio con Billy Budd.
Morrissey. Enric Fontcuberta/EFE
Tarjeta de presentación recurrente en sus conciertos desde hace décadas, Billy Budd (guiño al noble marinero de Melville) es uno de los temas de Vauxhall and I, disco de 1994, es decir siete años después de que los Smiths se disolviesen por la marcha del guitarrista Johnny Marr. A este, la horma del zapato de Morrissey, está presuntamente dedicada. Algunos vieron en ello un indicio del reencuentro inminente de la mítica banda, pero no: nunca se consumó.
Así que Morrissey siguió siendo juzgado bajo el precedente tan elevado de su conjunto inicial. Cada nuevo álbum era escudriñado por contraste con su éxito seminal. Era la piedra de toque de la que no podía desembarazarse. Y fue con Vauxhall and I cuando consiguió tapar bocas y despejar dudas: un trabajo al nivel de su legado y una base para seguir desarrollando una carrera en solitario irregular, sí, pero taraceada con un buen puñado de gemas.
Cuando los Smiths hicieron historia en San Isidro de 1985: crónica de la noche irrepetible que puso fin a la MovidaFirst of the Gangto Die es buen ejemplo. Data de 2004 y está incluida en otro discazo indiscutible, que le aupó de nuevo a lo más alto del olimpo pop. La colocó en quinta posición en el setlist y ahí empezó a levantar el vuelo un concierto que, de entrada, iba un poco bajo de tensión dramática. El 'caído' al que alude la letra es Héctor, un pandillero hispano de Los Ángeles, que Morrissey idealiza (las tribus urbanas, la delincuencia y el hampa siempre le han atraído fatalmente) como Sabina hizo con el Jaro, aquel quinqui de ceñido pantalón.
El poderío vocal de Morrissey se iba imponiendo y acrecentando la transmisión con su parroquia. Sus canciones como solista (Now My Heart is Full, Life is a Pigsty, Every Day Is Like Sunday, Suedehead…) se iban encadenando, con escalas smithianas puntuales como A Rush and Push and the Land Is Ours, How Soon Is Now, I Know It’s Over… Aparte, tres o cuatro apuntes de su último disco, Make-Up is a Lie, que llega seis años después del anterior, lo que prueba las dificultades de Morrissey para entenderse con la industria (tiene otro en el cajón estancado).Un menú, pues, para gustar a las mayorías.
En la pantalla, la sucesión de referencias culturetas era desbordante. Ya en la previa había ofrecido una variedad de vídeos musicales para abrir boca: desde el italiano rocanrolero Little Tony a Los Ramones, pasando por David Bowie, Franz Ferdinand… Ya con él sobre las tablas, las proyecciones presentaron a Bruce Lee, a su admirado Terence Stamp (que encarnó a Billy Budd, por cierto, en la versión cinematográfica de Peter Ustinov), Kirk Douglas, Pasolini, Oscar Wilde…
'Quadrophenia', la película que desató la guerra entre rockers y mods en las calles del Madrid de la MovidaEste último, absoluto icono inspirador para Moz, por ese romanticismo dandi y esa ambigüedad sexual a contracorriente del atildamiento conservador brit. Su cara emergió mientras escanciaba con rabia Irish Blood, English Heart, una doble nacionalidad (angloirlandesa) que le emparenta también con el autor de La importancia de llamarse Ernesto.
No en vano, el apellido de Morrissey -ya lo consignamos- es Patrick y sus padres son dublineses que buscaron una mejor vida en la industriosa Manchester, como tantos de sus compatriotas. Dice la letra: “He soñado con el momento en que los ingleses escupan sobre el nombre de Cromwell y repudien a una estirpe real que aún le rinde honores”. Por otro lado, en uno de los diseños de las camisetas del merchandising que se vendían a la entrada por 40 euros podía leerse, sobre su foto: "I am England".
La velada iba tocando a su fin. La tesitura baritonal del crooner daba muestras sólidas de solvencia y seguridad (enorme en la prolongada letanía doliente de I Know It’s Over). Su banda (calidad en el acompañamiento) le dejó todo el tiempo en primer plano. Sus speeches entre canción y canción, hasta el momento, habían sido muy comedidos; protocolarios y casi desganados.
Menos cuando le tocó presentar The Bullfighter Dies. Con aire vacilón, dijo que esa canción iba a representar a España en Eurovisión. Y con mal gusto extremo exhibió vídeos gore de la tauromaquia, con deleite por las cornadas recibidas por toreros, incluida la sufrida por Julio Aparicio, al que un morlaco le atravesó la garganta.
Aplausos y algún pito entre la concurrencia. En general, el personal prefirió mirar para otro lado y dejarlo correr. La sangre volvió a derramarse cuando sonó Jack the Ripper: el humo rojizo lo envolvió mientras fraseaba la letra dedicada al destripador de Londres. Al terminar, mutis de unos minutos que precedió al único bis. Insuperable: There is a Light That Never Goes Out. Esa aleación de amor, juventud y desesperación que nos certificó, de nuevo, por qué nos enganchamos en su día a The Smiths y por qué no vamos a abandonar ahora a Morrissey.
P. s. Parece que él tampoco a nosotros: ya ha advertido que su idea es seguir la estela de Aznavour y cantar, al menos, hasta los 94 años. Una luz, la suya, que no pretende apagarse.