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Mujeres en pie de guerra

Mujeres en pie de guerra
Artículo Completo 1,275 palabras
La tragedia de Penélope no consiste en esperar, sino en criar sola. Eso casi nunca se dice. 'La Odisea' se construye sobre un nostos lleno de cambios y movimiento. Pero uno de los episodios más duros ocurre en un palacio inmóvil: una mujer relativamente joven tratando de educar a un adolescente sin padre entre hombres que lo humillan cada día. Telémaco ha crecido entre faldas, criadas y ancianos. Oyendo hablar de un padre convertido en leyenda; un fantasma imposible de alcanzar. ¿Cómo competir con eso? Vive obligado a interpretar una virilidad que todavía no posee . Se debate entre la protección sofocante de la madre y la necesidad de matarla simbólicamente para convertirse en rey. Y Penélope sabe que, para que su hijo crezca, ella debe empujarlo hacia un mundo masculino que probablemente lo destruya. Esa es la verdadera crueldad del personaje: no la espera amorosa, sino la pedagogía del desprendimiento. La del esposo y la del hijo.'La Odisea' hoy Sangre en las uñas y en la memoria Arturo Pérez-Reverte nos muestra al ser humano tras el héroe. Ulises en el altar de los remordimientos Nosotros, los hijos de Odiseo. Alberto Conejero recorre las profundas huellas del poema homérico en la cultura contemporánea El eterno retorno Georgi Gospodínov trenza los mitos con su memoria familiar de Bulgaria y hace suya 'La Odisea' El último diálogo entre Polifemo y Penélope La escena 'inédita' de 'La Odisea' que rodaría la cineasta Paula Ortiz Opinión Christopher Nolan y los dioses negros de Grecia en 'La odisea', por Fernando MuñozQuizá ahí reside la grandeza secreta del personaje. Ulises combate en el Mediterráneo , que a cambio le ofrece aventuras y treguas eróticas. Puede permitirse ser hombre. Penélope, inmóvil en Ítaca, no puede ser mujer completa. Y sin embargo sigue siendo deseable. Es una reina t odavía hermosa , todavía fértil, todavía observada por decenas de hombres. Tiene cuerpo y corazón, necesidad de conversación, hambre de caricias. Por las noches, cuando las criadas duermen abrazadas a los pretendientes, ella deshace el telar en secreto. Vaga por el palacio como un guerrero solitario interpretando el papel que ella misma se impuso. Y también miente con mil trucos. Seduce. Manipula. Retrasa. No es una santa: es una estratega. La versión doméstica de Ulises .Hay algo profundamente contemporáneo en esa mujer agotada de sostener sola la casa mientras el héroe acumula gloria, mujeres y cicatrices por el mundo. Casi todos los estudios la condenaron a ser ejemplo de fidelidad. Pero Homero , que sabía muchísimo más sobre los seres humanos que siglos enteros de moralistas, dejó pistas suficientes para entender otra cosa: Penélope no es el destino del héroe. Es una heroína moderna aún por reconocer. Porque Ulises, al final, vuelve. Pero ella ya no puede regresar a ninguna parte.Las odiseicas: amor y viajesMientras tanto, Ulises navega. El héroe regresa de una guerra cruel con pérdidas, sí. Pero en el camino encuentra consuelos; brazos donde dormir. Circe. Calipso. Mujeres que lo desean porque el héroe cansado siempre resulta seductor . Ulises tarda veinte años en volver y, honestamente, tampoco parece tener demasiada prisa.Circe representa una tentación antigua: el olvido voluptuosoCirce representa una tentación antigua: el olvido voluptuoso. Hay algo profundamente masculino en esa fantasía: dejar de ser marido, rey, padre, héroe. Convertirse sólo en cuerpo cansado descansando en otro cuerpo. Y al poseerlo así, la hechicera se vuelve ambiciosa; no anhela transformar a este hombre en cerdo, sino domesticarlo. Calipso va aún más lejos. Le ofrece directamente la inmortalidad . Y eso convierte a la ninfa en uno de los personajes más tristes de toda 'La Odisea'. Porque comprende demasiado tarde que ningún hombre que haya conocido la guerra puede permanecer para siempre en el paraíso. Su amor sin límites es lo que espanta al guerrero.Nausícaa escucha hablar a aquel extranjero y comprende enseguida que está ante algo excepcionalEntonces aparece Nausícaa. La muchacha que encuentra al héroe desnudo en la playa como un dios herido arrojado por el mar. No hay en toda la historia de la literatura una escena más erótica que esa. Él ya no es el vencedor de Troya. Es un hombre cubierto de cicatrices, agotado. Y precisamente por eso resulta irresistible.Porque ciertas jóvenes no se enamoran de la perfección; se enamoran del enigma. Nausícaa escucha hablar a aquel extranjero y comprende enseguida que está ante algo excepcional; uno de esos hombres peligrosos cuya piel sabe a viajes y a batallas. Estudia sus silencios y ya no vuelve a ser la misma. Basta leer el poema entre líneas para entender que la muchacha cae completa, absolutamente enamorada de Ulises. De su voz. De su inteligencia. De esa melancolía masculina que sólo poseen quienes han visto demasiadas ciudades arder.Y quizá Ulises también se enamora de ella. No con el cariño leal que sentía por Penélope, el deseo por Circe o los remordimientos por Calipso. De otra manera. Como aman los héroes cansados cuando descubren, para su sorpresa, que aún son capaces de conmoverse con la inocencia, la belleza, la ternura .Tradicionalmente se ha interpretado la marcha de Ulises como el triunfo del deber: el héroe que renuncia a la pasión para regresar al hogar. Pero tal vez la historia sea más amarga. Y aquí aparece una sospecha verdaderamente moderna. ¿Y si Nausícaa supiera? ¿Y si a la corte feacia llegaran también rumores? Sobre la reina de Ítaca sola con su hijo, envejeciendo junto al telar mientras su esposo dormía en brazos ajenos bajo cielos extranjeros.Tal vez en aquellos días felices Ulises le propusiera acompañarlo. Convertir a Nausícaa en la nueva reina de Ítaca. El último trofeo del guerrero . Como hizo Agamenón al regresar de la mano de la princesa troyana Casandra. Los vencedores siempre creen merecer una mujer más joven esperándolos al final del viaje.La última noche, Nausícaa observa su sueño inquieto entre pesadillas y comprende que siempre habrá otra batalla. Que hay hombres condenados a necesitar continuamente el mar para no escuchar el ruido de sí mismos. Y quizá también vislumbra otro destino aún peor: convertirse en Penélope o Clitemnestra . Pudrirse lentamente entre celos, resentimiento y abandono mientras el héroe envejece persiguiendo fantasmas.Así que al amanecer lo besa apasionadamente. Por última vez. Luego le explica que no puede interponerse entre él y su destino. Lo despide en el puerto con dulzura. Con un leve suspiro de alivio que Ulises no llega a comprender. Y mientras el barco desaparece en el horizonte, regresa al palacio. Reina de sí misma .Entonces –como siglos después imaginará el historiador Samuel Butler – Nausícaa se sienta a escribir 'La Odisea' bajo seudónimo. No importa demasiado que el mundo jamás conozca su nombre. Para los siglos venideros, ella será apenas el escudo bruñido donde el héroe se refleja un instante antes de desaparecer en el mar. Y quizá esa decisión, secretamente, consigue salvarlos a los dos.

La tragedia de Penélope no consiste en esperar, sino en criar sola. Eso casi nunca se dice. 'La Odisea' se construye sobre un nostos lleno de cambios y movimiento. Pero uno de los episodios más duros ocurre en un palacio inmóvil: una mujer relativamente ... joven tratando de educar a un adolescente sin padre entre hombres que lo humillan cada día.

Telémaco ha crecido entre faldas, criadas y ancianos. Oyendo hablar de un padre convertido en leyenda; un fantasma imposible de alcanzar. ¿Cómo competir con eso? Vive obligado a interpretar una virilidad que todavía no posee. Se debate entre la protección sofocante de la madre y la necesidad de matarla simbólicamente para convertirse en rey. Y Penélope sabe que, para que su hijo crezca, ella debe empujarlo hacia un mundo masculino que probablemente lo destruya. Esa es la verdadera crueldad del personaje: no la espera amorosa, sino la pedagogía del desprendimiento. La del esposo y la del hijo.

Quizá ahí reside la grandeza secreta del personaje. Ulises combate en el Mediterráneo, que a cambio le ofrece aventuras y treguas eróticas. Puede permitirse ser hombre. Penélope, inmóvil en Ítaca, no puede ser mujer completa. Y sin embargo sigue siendo deseable. Es una reina todavía hermosa, todavía fértil, todavía observada por decenas de hombres. Tiene cuerpo y corazón, necesidad de conversación, hambre de caricias. Por las noches, cuando las criadas duermen abrazadas a los pretendientes, ella deshace el telar en secreto. Vaga por el palacio como un guerrero solitario interpretando el papel que ella misma se impuso. Y también miente con mil trucos. Seduce. Manipula. Retrasa. No es una santa: es una estratega. La versión doméstica de Ulises.

Hay algo profundamente contemporáneo en esa mujer agotada de sostener sola la casa mientras el héroe acumula gloria, mujeres y cicatrices por el mundo. Casi todos los estudios la condenaron a ser ejemplo de fidelidad. Pero Homero, que sabía muchísimo más sobre los seres humanos que siglos enteros de moralistas, dejó pistas suficientes para entender otra cosa: Penélope no es el destino del héroe. Es una heroína moderna aún por reconocer. Porque Ulises, al final, vuelve. Pero ella ya no puede regresar a ninguna parte.

Mientras tanto, Ulises navega. El héroe regresa de una guerra cruel con pérdidas, sí. Pero en el camino encuentra consuelos; brazos donde dormir. Circe. Calipso. Mujeres que lo desean porque el héroe cansado siempre resulta seductor. Ulises tarda veinte años en volver y, honestamente, tampoco parece tener demasiada prisa.

Circe representa una tentación antigua: el olvido voluptuoso

Circe representa una tentación antigua: el olvido voluptuoso. Hay algo profundamente masculino en esa fantasía: dejar de ser marido, rey, padre, héroe. Convertirse sólo en cuerpo cansado descansando en otro cuerpo. Y al poseerlo así, la hechicera se vuelve ambiciosa; no anhela transformar a este hombre en cerdo, sino domesticarlo. Calipso va aún más lejos. Le ofrece directamente la inmortalidad. Y eso convierte a la ninfa en uno de los personajes más tristes de toda 'La Odisea'. Porque comprende demasiado tarde que ningún hombre que haya conocido la guerra puede permanecer para siempre en el paraíso. Su amor sin límites es lo que espanta al guerrero.

Nausícaa escucha hablar a aquel extranjero y comprende enseguida que está ante algo excepcional

Entonces aparece Nausícaa. La muchacha que encuentra al héroe desnudo en la playa como un dios herido arrojado por el mar. No hay en toda la historia de la literatura una escena más erótica que esa. Él ya no es el vencedor de Troya. Es un hombre cubierto de cicatrices, agotado. Y precisamente por eso resulta irresistible.

Porque ciertas jóvenes no se enamoran de la perfección; se enamoran del enigma. Nausícaa escucha hablar a aquel extranjero y comprende enseguida que está ante algo excepcional; uno de esos hombres peligrosos cuya piel sabe a viajes y a batallas. Estudia sus silencios y ya no vuelve a ser la misma. Basta leer el poema entre líneas para entender que la muchacha cae completa, absolutamente enamorada de Ulises. De su voz. De su inteligencia. De esa melancolía masculina que sólo poseen quienes han visto demasiadas ciudades arder.

Y quizá Ulises también se enamora de ella. No con el cariño leal que sentía por Penélope, el deseo por Circe o los remordimientos por Calipso. De otra manera. Como aman los héroes cansados cuando descubren, para su sorpresa, que aún son capaces de conmoverse con la inocencia, la belleza, la ternura.

Tradicionalmente se ha interpretado la marcha de Ulises como el triunfo del deber: el héroe que renuncia a la pasión para regresar al hogar. Pero tal vez la historia sea más amarga. Y aquí aparece una sospecha verdaderamente moderna. ¿Y si Nausícaa supiera? ¿Y si a la corte feacia llegaran también rumores? Sobre la reina de Ítaca sola con su hijo, envejeciendo junto al telar mientras su esposo dormía en brazos ajenos bajo cielos extranjeros.

Tal vez en aquellos días felices Ulises le propusiera acompañarlo. Convertir a Nausícaa en la nueva reina de Ítaca. El último trofeo del guerrero. Como hizo Agamenón al regresar de la mano de la princesa troyana Casandra. Los vencedores siempre creen merecer una mujer más joven esperándolos al final del viaje.

La última noche, Nausícaa observa su sueño inquieto entre pesadillas y comprende que siempre habrá otra batalla. Que hay hombres condenados a necesitar continuamente el mar para no escuchar el ruido de sí mismos. Y quizá también vislumbra otro destino aún peor: convertirse en Penélope o Clitemnestra. Pudrirse lentamente entre celos, resentimiento y abandono mientras el héroe envejece persiguiendo fantasmas.

Así que al amanecer lo besa apasionadamente. Por última vez. Luego le explica que no puede interponerse entre él y su destino. Lo despide en el puerto con dulzura. Con un leve suspiro de alivio que Ulises no llega a comprender. Y mientras el barco desaparece en el horizonte, regresa al palacio. Reina de sí misma.

Entonces –como siglos después imaginará el historiador Samuel Butler– Nausícaa se sienta a escribir 'La Odisea' bajo seudónimo. No importa demasiado que el mundo jamás conozca su nombre. Para los siglos venideros, ella será apenas el escudo bruñido donde el héroe se refleja un instante antes de desaparecer en el mar. Y quizá esa decisión, secretamente, consigue salvarlos a los dos.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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