Lunes, 06 de abril de 2026 Lun 06/04/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Cultura

Ángel Antonio Herrera: «Lo que se alivia o se cura con paracetamol no merece un poema»

Ángel Antonio Herrera: «Lo que se alivia o se cura con paracetamol no merece un poema»
Artículo Completo 1,838 palabras
A veces leer es un paseo recóndito, y en este arranque de la primavera Ángel Antonio Herrera acaba de publicar dos libros que recorren el camino incesante de sus poemas. El primero es la antología 'Oler a loco', editada por Renacimiento en su bella colección de portadas rayadas, y el segundo es el volumen que Vitruvio ha hecho de sus dos primeros libros, 'El demonio de la analogía' y 'En palacios de la culpa'. Llama en seguida la atención el botín de imágenes que reflejan sus títulos. La manera de leer herreriana es una emboscada a los autores queridos y a los momentos vividos. Así lo escribe en uno de sus versos: «Doy rodeos de lobo hasta sitiar la soledad que soy». Y puede extraer imágenes de cualquier cacería, propia o extraña, como este 'Oler a loco', que es un relámpago que le deslumbró en un poema de César Vallejo.Lo que podría ser un ataque de nostalgia, eso de la antología, también tiene demonios, a veces propicios. «Difícilmente concibo la felicidad sin lluvia», dice este poeta siempre a contratiempo de sus propias emociones, «como si no supiese que en todo lo escrito/ tendré una mitad de primavera y otra mitad de espanto». Tal y como está el mundo, ese inabarcable desasimiento de la vida que exprime y a la vez nunca alcanza nos sirve a todos. Noticia relacionada No No El empalabramiento del amor en Ángel Antonio Herrera Álvaro Pombo—La antología 'Oler a loco' traza un camino inverso, va desde los poemas más recientes a los más remotos, lo cual no es lo más habitual. ¿Por qué?—Porque me disgustan menos los poemas más próximos en el tiempo. Podría buscar alguna causa más elaborada, o intrincada, por lucirme, pero es así de simple la cuestión. Me encuentro más cómodo, y por tanto más hermanado, con el poeta que ahora soy que con el que fui, hace ya más de tres décadas.—Un verso de César Vallejo da título a este 'Oler a loco', y casi diría que el poeta peruano asoma entre rendijas en más de una página. ¿Qué le aporta a su obra y a su visión de la vida?—César Vallejo me ha acompañado desde la adolescencia. Ya entonces aprecié lo que aún hoy sigo apreciando: una atmósfera interior de orfandad casi letal, una melancolía sin causa, incluso, y un afán de reinvención, casi catastrófica, del lenguaje, sobre todo en algunos libros, donde la palabra nunca se ultima. Me interesa mucho este linaje de poeta, esta alcurnia de infractores, donde las palabras pierden la cabeza y hay algo así como un alcoholismo del idioma, que ojalá yo también haya sabido practicar en mis libros. Sobre todo, en los últimos.«La poesía, en mí, es un propósito espiritual. Siempre lo ha sido»—Enfrentada a una realidad en la que no hay espacio para la contemplación, por no decir al periodismo, ¿qué supone para usted cultivar la poesía? (dice uno de sus versos: «Cada tarde cumplo todos los siglos haciendo en la metáfora milicia minuciosa»). ¿Se siente en tablas, victorioso o más bien derrotado en el empeño?—La poesía, en mí, es un propósito espiritual. Siempre lo ha sido. De modo que ahí va, a diario. Yo creo que se escribe mucho cuando no se escribe. Quiero decir que el tema lo lleva el poeta a todas partes, cuaje en verso, o no, en algún momento. El poeta, si es tal, no escribe sólo cuando se sienta a escribir sino también en el resto de su tiempo. Fundamentalmente en el resto de su tiempo. Está escribiendo siempre. Es justo lo contrario a un burócrata. Ahora, el empleo del poeta en otros ámbitos, como el periodismo, le retira bastante de ese atletismo interior de lo lírico, eso sí, de la pérdida de tiempo para ganar de verdad el tiempo.—¿Qué ve cuando se asoma usted a la antología de su obra? ¿Es un retrato fidedigno? ¿Cuál es el botín?—Pues veo a un hombre, según aquella máxima del clásico, aún vigente. Y a un hombre incurable, esencialmente. Naturalmente, no hay retrato mejor de un poeta que un poema. Pero como entiendo que el hombre es una asamblea, pues nunca un poema puede abarcar a los muchos hombres que somos. Ni siquiera un poemario. O varios.«Yo, con el tiempo, he comprobado que uno usa las palabras que más ha vivido»—¿Y qué ve cuando se asoma a sus dos primeros libros? Otro verso suyo confiesa: «Rendí lápices de alumno a lo que arde». ¿Se ve bien reflejado aún en los versos de entonces?—Veo a un joven poeta de veinte años, o menos, que se inventaba muchas pasiones para ejercitarse. Quiero decir que yo levantaba nostalgias de muchas cosas que aún había vivido, para adensar biográficamente, digamos, unos textos de radical juventud. Me gustan algunas cosas del poeta que era entonces. La ambición por el lenguaje noble, por ejemplo. Y el desacato ante la realidad, la confianza en lo invisible, la devoción por la belleza. Y el convencimiento de que un poema es una ofrenda de delicadeza, convencimiento en el que aún insisto.—Hay mucho fuego en todas las épocas de su obra. A la cita de antes podríamos sumar muchas, e incluso el título 'El piano del pirómano'. ¿Le obstina?—La imagen del fuego ha estado en mí de manera sostenida, sí. No hay premeditación, ni provocación ni nada de eso. Yo, con el tiempo, he comprobado que uno usa las palabras que más ha vivido. Y la hoguera, el incendio incluso, ha sido hábito y goce y disgusto en mi vida, durante muchas épocas. Y hablo también del incendio del idioma, claro, bajo aquella advertencia de Huidobro: «Los verdaderos poemas son incendios».«En general, leo sin decepción a aquellos que se bañan en la felicidad del idioma»—Dedicaba su última columna cultural a los sonetos de Rilke. ¿Cuáles son sus poetas guía y por qué?—Es injusto citar a unos poetas escogidos, porque siempre olvidas a otros, tan importantes, o más. Pero yo me he forjado, como poeta, frecuentando esa galaxia de los feroces, digamos, esa constelación de audaces que incluye a Vallejo, a Lorca, a Neruda, a Aleixandre, a Rimbaud, a Góngora, a Saint- John Perse, a Whitman, no sé. Citar es limitarse. En general, leo sin decepción a aquellos que se bañan en la felicidad del idioma. Pero leo también de modo muy asilvestrado, aquí y allá. Si de algo puedo presumir es de ser un lector alegre de la poesía.—¿Hay alguna conclusión sobre su propia vida en estas miradas cruzadas? ¿Le ayuda la poesía con las conclusiones?—La poesía suele llevar a la conclusión de que mejor que no hay que tener conclusiones. Quiero decir que yo acudo al verso, propio e incluso ajeno, a ver qué sabe de mí, a ver qué logra investigar de mí, porque ese es uno de los misterios mayores de la poesía: que el lenguaje está más allá de la vida, y esto quiere decir que siempre ha llegado más lejos que nuestra propia vida. —Hay en su visión del tiempo algo de pérdida y también algo de celebración. ¿En qué momento se encuentra ahora entre esos dos polos?—En ambos, como siempre. Sólo que con más años a cuestas. La pérdida sólo se concreta si antes existió la celebración. La nostalgia es un fervor decaído, dijo alguien. Es cierto. Yo, mirando hoy mis poemas, así en general, aprecio que en el dolor está la enseñanza, acaso el magisterio. Y todo dolor lleva dentro una pérdida, mayor o menor. Lo que se alivia o se cura con paracetamol no merece un poema.—¿Cuál es la mayor paradoja de su poesía?—Posiblemente la que hay en toda la poesía que me seduce. Va el verso a la búsqueda de alguna verdad, y entonces aparecen todos los enigmas. La poesía vive en la paradoja del misterio.«La poesía siempre va a exponernos, peligrosamente incluso, siempre va a desnudar nuestra biografía, porque el verso es inclemente con nosotros»—¿Qué no hay en su poesía que querría incluir (en lo que escribe actualmente)?—No hay nada que no quiera incluir. Insisto de nuevo en que la poesía nos usa, como nos usa el placer, según aquella máxima de Baudelaire. De manera que la poesía siempre va a exponernos, peligrosamente incluso, siempre va a desnudar nuestra biografía, porque el verso es inclemente con nosotros.—¿Hay poesía en los periódicos, le inspiran poemas, aunque sea de manera furtiva, las noticias, las muertes, las vidas ejemplares o truncadas?—No. Nunca me ha dado la tentación de llevarme una noticia o una crónica al verso. Para eso tengo la columna, que es para mí la anomalía de un soneto.—¿Y para qué poetas en tiempo de miseria (que diría Hölderlin), usted qué dice?—Los poetas son necesarios siempre. Siempre. Y aún más en tiempos de miseria, porque la poesía discute al daño, nos regala íntimas lejanías, levanta un horizonte de sutileza frente a la ignorancia y la bazofia.

A veces leer es un paseo recóndito, y en este arranque de la primavera Ángel Antonio Herrera acaba de publicar dos libros que recorren el camino incesante de sus poemas. El primero es la antología 'Oler a loco', editada por Renacimiento en su bella ... colección de portadas rayadas, y el segundo es el volumen que Vitruvio ha hecho de sus dos primeros libros, 'El demonio de la analogía' y 'En palacios de la culpa'. Llama en seguida la atención el botín de imágenes que reflejan sus títulos.

La manera de leer herreriana es una emboscada a los autores queridos y a los momentos vividos. Así lo escribe en uno de sus versos: «Doy rodeos de lobo hasta sitiar la soledad que soy». Y puede extraer imágenes de cualquier cacería, propia o extraña, como este 'Oler a loco', que es un relámpago que le deslumbró en un poema de César Vallejo.

Lo que podría ser un ataque de nostalgia, eso de la antología, también tiene demonios, a veces propicios. «Difícilmente concibo la felicidad sin lluvia», dice este poeta siempre a contratiempo de sus propias emociones, «como si no supiese que en todo lo escrito/ tendré una mitad de primavera y otra mitad de espanto». Tal y como está el mundo, ese inabarcable desasimiento de la vida que exprime y a la vez nunca alcanza nos sirve a todos.

El empalabramiento del amor en Ángel Antonio Herrera

—La antología 'Oler a loco' traza un camino inverso, va desde los poemas más recientes a los más remotos, lo cual no es lo más habitual. ¿Por qué?

—Porque me disgustan menos los poemas más próximos en el tiempo. Podría buscar alguna causa más elaborada, o intrincada, por lucirme, pero es así de simple la cuestión. Me encuentro más cómodo, y por tanto más hermanado, con el poeta que ahora soy que con el que fui, hace ya más de tres décadas.

—Un verso de César Vallejo da título a este 'Oler a loco', y casi diría que el poeta peruano asoma entre rendijas en más de una página. ¿Qué le aporta a su obra y a su visión de la vida?

—César Vallejo me ha acompañado desde la adolescencia. Ya entonces aprecié lo que aún hoy sigo apreciando: una atmósfera interior de orfandad casi letal, una melancolía sin causa, incluso, y un afán de reinvención, casi catastrófica, del lenguaje, sobre todo en algunos libros, donde la palabra nunca se ultima. Me interesa mucho este linaje de poeta, esta alcurnia de infractores, donde las palabras pierden la cabeza y hay algo así como un alcoholismo del idioma, que ojalá yo también haya sabido practicar en mis libros. Sobre todo, en los últimos.

«La poesía, en mí, es un propósito espiritual. Siempre lo ha sido»

—Enfrentada a una realidad en la que no hay espacio para la contemplación, por no decir al periodismo, ¿qué supone para usted cultivar la poesía? (dice uno de sus versos: «Cada tarde cumplo todos los siglos haciendo en la metáfora milicia minuciosa»). ¿Se siente en tablas, victorioso o más bien derrotado en el empeño?

—La poesía, en mí, es un propósito espiritual. Siempre lo ha sido. De modo que ahí va, a diario. Yo creo que se escribe mucho cuando no se escribe. Quiero decir que el tema lo lleva el poeta a todas partes, cuaje en verso, o no, en algún momento. El poeta, si es tal, no escribe sólo cuando se sienta a escribir sino también en el resto de su tiempo. Fundamentalmente en el resto de su tiempo. Está escribiendo siempre. Es justo lo contrario a un burócrata. Ahora, el empleo del poeta en otros ámbitos, como el periodismo, le retira bastante de ese atletismo interior de lo lírico, eso sí, de la pérdida de tiempo para ganar de verdad el tiempo.

—¿Qué ve cuando se asoma usted a la antología de su obra? ¿Es un retrato fidedigno? ¿Cuál es el botín?

—Pues veo a un hombre, según aquella máxima del clásico, aún vigente. Y a un hombre incurable, esencialmente. Naturalmente, no hay retrato mejor de un poeta que un poema. Pero como entiendo que el hombre es una asamblea, pues nunca un poema puede abarcar a los muchos hombres que somos. Ni siquiera un poemario. O varios.

«Yo, con el tiempo, he comprobado que uno usa las palabras que más ha vivido»

—¿Y qué ve cuando se asoma a sus dos primeros libros? Otro verso suyo confiesa: «Rendí lápices de alumno a lo que arde». ¿Se ve bien reflejado aún en los versos de entonces?

—Veo a un joven poeta de veinte años, o menos, que se inventaba muchas pasiones para ejercitarse. Quiero decir que yo levantaba nostalgias de muchas cosas que aún había vivido, para adensar biográficamente, digamos, unos textos de radical juventud. Me gustan algunas cosas del poeta que era entonces. La ambición por el lenguaje noble, por ejemplo. Y el desacato ante la realidad, la confianza en lo invisible, la devoción por la belleza. Y el convencimiento de que un poema es una ofrenda de delicadeza, convencimiento en el que aún insisto.

—Hay mucho fuego en todas las épocas de su obra. A la cita de antes podríamos sumar muchas, e incluso el título 'El piano del pirómano'. ¿Le obstina?

—La imagen del fuego ha estado en mí de manera sostenida, sí. No hay premeditación, ni provocación ni nada de eso. Yo, con el tiempo, he comprobado que uno usa las palabras que más ha vivido. Y la hoguera, el incendio incluso, ha sido hábito y goce y disgusto en mi vida, durante muchas épocas. Y hablo también del incendio del idioma, claro, bajo aquella advertencia de Huidobro: «Los verdaderos poemas son incendios».

«En general, leo sin decepción a aquellos que se bañan en la felicidad del idioma»

—Dedicaba su última columna cultural a los sonetos de Rilke. ¿Cuáles son sus poetas guía y por qué?

—Es injusto citar a unos poetas escogidos, porque siempre olvidas a otros, tan importantes, o más. Pero yo me he forjado, como poeta, frecuentando esa galaxia de los feroces, digamos, esa constelación de audaces que incluye a Vallejo, a Lorca, a Neruda, a Aleixandre, a Rimbaud, a Góngora, a Saint- John Perse, a Whitman, no sé. Citar es limitarse. En general, leo sin decepción a aquellos que se bañan en la felicidad del idioma. Pero leo también de modo muy asilvestrado, aquí y allá. Si de algo puedo presumir es de ser un lector alegre de la poesía.

—¿Hay alguna conclusión sobre su propia vida en estas miradas cruzadas? ¿Le ayuda la poesía con las conclusiones?

—La poesía suele llevar a la conclusión de que mejor que no hay que tener conclusiones. Quiero decir que yo acudo al verso, propio e incluso ajeno, a ver qué sabe de mí, a ver qué logra investigar de mí, porque ese es uno de los misterios mayores de la poesía: que el lenguaje está más allá de la vida, y esto quiere decir que siempre ha llegado más lejos que nuestra propia vida.

—Hay en su visión del tiempo algo de pérdida y también algo de celebración. ¿En qué momento se encuentra ahora entre esos dos polos?

—En ambos, como siempre. Sólo que con más años a cuestas. La pérdida sólo se concreta si antes existió la celebración. La nostalgia es un fervor decaído, dijo alguien. Es cierto. Yo, mirando hoy mis poemas, así en general, aprecio que en el dolor está la enseñanza, acaso el magisterio. Y todo dolor lleva dentro una pérdida, mayor o menor. Lo que se alivia o se cura con paracetamol no merece un poema.

—¿Cuál es la mayor paradoja de su poesía?

—Posiblemente la que hay en toda la poesía que me seduce. Va el verso a la búsqueda de alguna verdad, y entonces aparecen todos los enigmas. La poesía vive en la paradoja del misterio.

«La poesía siempre va a exponernos, peligrosamente incluso, siempre va a desnudar nuestra biografía, porque el verso es inclemente con nosotros»

—¿Qué no hay en su poesía que querría incluir (en lo que escribe actualmente)?

—No hay nada que no quiera incluir. Insisto de nuevo en que la poesía nos usa, como nos usa el placer, según aquella máxima de Baudelaire. De manera que la poesía siempre va a exponernos, peligrosamente incluso, siempre va a desnudar nuestra biografía, porque el verso es inclemente con nosotros.

—¿Hay poesía en los periódicos, le inspiran poemas, aunque sea de manera furtiva, las noticias, las muertes, las vidas ejemplares o truncadas?

—No. Nunca me ha dado la tentación de llevarme una noticia o una crónica al verso. Para eso tengo la columna, que es para mí la anomalía de un soneto.

—¿Y para qué poetas en tiempo de miseria (que diría Hölderlin), usted qué dice?

—Los poetas son necesarios siempre. Siempre. Y aún más en tiempos de miseria, porque la poesía discute al daño, nos regala íntimas lejanías, levanta un horizonte de sutileza frente a la ignorancia y la bazofia.

Hacienda vigila los regalos de boda: multas si no están declarados, incluidos los bizum

The Guardian se rinde a Granada y su Semana Santa: «Un placer terrenal»

Perdón, Cautivo, Tres Caídas y Calvario regalan a Huelva un Lunes Santo de devoción y multitudes

Sanción por difundir el vídeo de un hombre ebrio que se viralizó en Internet: lo que cuesta el daño moral y a la imagen

Fernando Romay denuncia no poder acceder a una pensión digna: «Toda mi etapa en el Real Madrid fue sin cotizar»

Un abogado laboralista desvela las tres señales inequívocas de que tu empresa prepara tu despido: «Una de ellas está clarísima»

Sony rebaja cinco de sus dispositivos de audio más buscados: sonido premium a mejor precio

David Alandete ve que Trump amenaza con salirse de la OTAN y es contundente con la situación

Albert Barniol, sin palabras por el tiempo que hará en Semana Santa: «Aburrida»

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Ángel Antonio Herrera: «Lo que se alivia o se cura con paracetamol no merece un poema»

Ángel Antonio Herrera: «Lo que se alivia o se cura con paracetamol no merece un poema»

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
Compartir