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Ni siquiera hace falta que lo de la IA sea arte

Ni siquiera hace falta que lo de la IA sea arte
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Que los avances científicos y tecnológicos cambian nuestra relación con el lenguaje no es nuevo. Ya Platón criticaba la escritura, para él un retroceso con respecto a la oralidad, porque aseguraba que atrofiaba el intelecto . Y a partir de ahí podemos seguir hasta nuestros días, desde las innovaciones propiamente relacionadas con la lectura (como la imprenta) a la forma en cómo el cine y la televisión transformaron nuestra forma de narrar: tenemos ya la cabeza tan llena de imágenes, que no merece la pena que los autores dediquen tres páginas a describir una habitación, algo definitivamente decimonónico.Podríamos tener la tentación, entonces, de pensar que lo que sucede con la IA no sería más que una nueva muesca en esta larga diatriba. Eso sí, si cayésemos en ella, obviaríamos algo esencial: por primera vez, la tecnología está en disposición de usurpar nuestro papel como creadores (vamos a dejar a un lado qué queremos decir exactamente con eso). Y su rápida evolución parece anunciar que muy pronto ni siquiera necesitará el prompt inicial que aún hará creer al humano que sigue al mando, porque podrá decidir autónomamente sobre su propia creación. O dicho en palabras del Harari reencarnado en la Casandra de Davos, la IA generativa no es una herramienta, sino un agente.Noticia relacionada general No No La inteligencia artificial amenaza el primer empleo José María CamareroEn la tormenta perfecta de vaticinios, anuncios interesados, avances, promesas y gritos de vamos-a-morir-todos, resulta muy difícil saber si nos encaminamos a la extinción, si el transhumanismo va a llegar, o hasta dónde profundizará el cambio. Pero, en lo que se refiere al ya de por sí precario sector cultural, ya se está observando que las transformaciones que va a promover van a ser casi existenciales. Y ni siquiera por discusiones filosóficas sobre si lo que hacen modelos avanzados como Suno con la música, o Sora con los vídeos, puede ser arte. No, lo serán por algo mucho más básico: al automatizar los trabajos con los que muchos artistas pagan las facturas para permitirse luego crear con mayor libertad, como por ejemplo la composición de 'jingles' o la realización de vídeos corporativos, están destruyendo toda una forma de subsistencia . Paradójicamente, podemos encontrarnos con que la supuesta democratización creativa que encarna la IA se termine traduciendo, en realidad, en que solo puedan dedicarse a la experimentación y la apertura de nuevos caminos quienes tengan el sustento asegurado, como en el siglo XVIII.Solo nos queda el consuelo de que, en realidad, a quienes esta revolución ya está causando estragos es a los programadores que la dieron a luz , con despidos masivos y una caída en picado en las contrataciones por parte de las tecnológicas. La recientemente fallecida Margaret Boden , filósofa y científica cognitiva que ya abordó todas las cuestiones relacionadas con este tema, descartaba que una IA pudiese llegar a tener el más mínimo interés en algo tan nimio para ella como tomar el control de la sociedad. Lo que sucede es que, con sus aceleradas crisis de crecimiento, ni siquiera eso es imprescindible para que la deje irreconocible.

Que los avances científicos y tecnológicos cambian nuestra relación con el lenguaje no es nuevo. Ya Platón criticaba la escritura, para él un retroceso con respecto a la oralidad, porque aseguraba que atrofiaba el intelecto. Y a partir de ahí podemos seguir hasta ... nuestros días, desde las innovaciones propiamente relacionadas con la lectura (como la imprenta) a la forma en cómo el cine y la televisión transformaron nuestra forma de narrar: tenemos ya la cabeza tan llena de imágenes, que no merece la pena que los autores dediquen tres páginas a describir una habitación, algo definitivamente decimonónico.

Podríamos tener la tentación, entonces, de pensar que lo que sucede con la IA no sería más que una nueva muesca en esta larga diatriba. Eso sí, si cayésemos en ella, obviaríamos algo esencial: por primera vez, la tecnología está en disposición de usurpar nuestro papel como creadores (vamos a dejar a un lado qué queremos decir exactamente con eso). Y su rápida evolución parece anunciar que muy pronto ni siquiera necesitará el prompt inicial que aún hará creer al humano que sigue al mando, porque podrá decidir autónomamente sobre su propia creación. O dicho en palabras del Harari reencarnado en la Casandra de Davos, la IA generativa no es una herramienta, sino un agente.

La inteligencia artificial amenaza el primer empleo

En la tormenta perfecta de vaticinios, anuncios interesados, avances, promesas y gritos de vamos-a-morir-todos, resulta muy difícil saber si nos encaminamos a la extinción, si el transhumanismo va a llegar, o hasta dónde profundizará el cambio. Pero, en lo que se refiere al ya de por sí precario sector cultural, ya se está observando que las transformaciones que va a promover van a ser casi existenciales. Y ni siquiera por discusiones filosóficas sobre si lo que hacen modelos avanzados como Suno con la música, o Sora con los vídeos, puede ser arte. No, lo serán por algo mucho más básico: al automatizar los trabajos con los que muchos artistas pagan las facturas para permitirse luego crear con mayor libertad, como por ejemplo la composición de 'jingles' o la realización de vídeos corporativos, están destruyendo toda una forma de subsistencia. Paradójicamente, podemos encontrarnos con que la supuesta democratización creativa que encarna la IA se termine traduciendo, en realidad, en que solo puedan dedicarse a la experimentación y la apertura de nuevos caminos quienes tengan el sustento asegurado, como en el siglo XVIII.

Solo nos queda el consuelo de que, en realidad, a quienes esta revolución ya está causando estragos es a los programadores que la dieron a luz, con despidos masivos y una caída en picado en las contrataciones por parte de las tecnológicas. La recientemente fallecida Margaret Boden, filósofa y científica cognitiva que ya abordó todas las cuestiones relacionadas con este tema, descartaba que una IA pudiese llegar a tener el más mínimo interés en algo tan nimio para ella como tomar el control de la sociedad. Lo que sucede es que, con sus aceleradas crisis de crecimiento, ni siquiera eso es imprescindible para que la deje irreconocible.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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