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Cultura

Nicola Constantino: «Repetirse, guardar un estilo, es la gran enfermedad del arte contemporáneo»

Nicola Constantino: «Repetirse, guardar un estilo, es la gran enfermedad del arte contemporáneo»
Artículo Completo 2,309 palabras
De Nicola Costantino (Argentina, 1964) tiene obra el MoMA. Representó a su país en la Bienal de Venecia, y ha sido habitual en otras grandes citas como la Bienal de Sao Paolo o la deLiverpool. Sin embargo, fiel a su idea de que el artista ha de cambiar, romper, renovarse, hace tiempo que rompió con las galerías y se vuelca más con el vídeo y las escénicas. En Madrid, en el contexto de 'Madrid Fusión', desarrolló la 'performance' 'Banquete para enormes colibríes', jnto a cuatro grandes chefs argentinos, síntesis de sus intereses actuales, aquellos que la apaciguan en un mundo en tensión. —No podían haber elegido a mejor artista para formar parte de un festival como 'Madrid Fusión', para la que la cocina, los alimentos, han sido material recurrente en sus propuestas. ¿Cómo han ido atravesando estas cuestiones su trayectoria?—Para mí, estos temas siempre han sido fuente permanente de inspiración, aunque también diría que de curiosidad, porque para mí el alimento tiene que ver con la búsqueda de placer, con nuestra relación con la Naturaleza… En un principio me fijaba más en su componente social, cómo todo se gesta siempre en torno a una mesa: amigos, familia, trabajo. Con el tiempo me di cuenta de que todo eso era mucho más complejo y profundo, sobre todo viniendo de un país que tiene la carne como seña de identidad. Y como artista preocupada con nuestra relación con el consumo, estas cuestiones las he abordado desde estos parámetros. Yo no soy vegetariana, que es algo que me preguntan mucho, pero creo que se produce mucho más conflicto cuando uno consume carne y se pregunta por estas cuestiones.Noticias relacionadas estandar Si ARTE Archivos, pliegues y colapsos en La Casa Encendida Carlos Delgado Mayordomo estandar No cultura El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo acogerá seis grandes exposiciones en 2026, incluyendo la que abre el Pabellón del Siglo XV Andrés González-Barba—¿En qué sentido?—No me refiero tanto al sufrimiento animal como al desgaste de todo un sistema de producción de alimentos. Para mí, eso es una metáfora de todo, de cualquier actividad humana. Hay un consumo y un desgaste enorme en todas nuestras facetas. Y mi forma de abordar estas cosas no ha sido atacando o señalando nada, que me parecería una actitud soberbia, sino ofreciendo un mensaje atractivo y que cada uno se pregunte a sí mismo sobre su relación con el conflicto. Yo me siento parte del conflicto y quiero hacer a los demás conscientes de que ellos también.—En su web dice que cocinar y coser son las dos actividades que mejor hace en la vida. ¿Era pues evidente que, al encontrar su vocación en el arte, estas iban a volcarse allí?—Yo crecí en la fábrica de ropa de mi mamá y desde los diez años diseñaba. Mi primera obra, 'Peletería humana', de los noventa, nace de todo eso. Mi primer ARCO fue en 1997, hace casi 30 años, y traje esas pieles, un calco perfecto de la piel humana. «Estoy totalmente decepcionada con las galerías. Yo no trabajo con ellas. Creo que los artistas no pueden crecer estando en una»—¿Es muy diferente su trabajo, las inquietudes, cuando se aparta de estas cuestiones? Lo digo porque con Eva Perón representó a Argentina en la Bienal Venecia, y ha repasado la Historia del Arte en su foto…—Son ya más de 30 años de trabajo en los que he ido evolucionando y probando muchas otras cosas. Por ejemplo, descubrí con el tiempo un interés por lo 'performantico', empecé a actuar y a encarnar personajes, a plasmarlos en vídeos y en fotos, algunas historias más autorreferenciales, otras encarnando a mujeres icónicas de Latinoamérica, como Eva Perón. Y no es que cambiaran mis intereses pero creo que una artista tiene que arriesgar, probar y cambiar, experimentar. Repetirse es la gran enfermedad del arte contemporáneo. Guardar un estilo te lleva a repetir lo mismo toda la vida. A mí no me importa arriesgarme y que tal vez no salgan las cosas tan bien. —¿Cómo explicaría la 'performance' que le devuelve a Madrid? ¿Por qué este proyecto?—Decidí hace unos años diseñar obras que se vivieran como experiencias, presentando de forma atractiva sus contenidos. Esta obra, titulada 'Banquete para enormes colibríes', imita un jardín en el que yo despliego toda una serie de flores, plantas y hojas realizadas en cerámica con una técnica japonesa, la denominada nerikomi, de resultados sorprendentes. Estas cerámicas son recipientes para ofrecer comida, de forma que los espectadores recorren un jardín y son invitados a recolectar el alimento. Quiero que se sientan como los pájaros y los insectos, que tienden a tomar lo que precisan, a diferencia del humano, que acapara siempre mucho más.En la piel grabado. En las imágenes, algunas de las obras de la argentina, como 'Real absoluto' o sus trabajos de la serie 'Peletería con piel humana' ABC —Ha trabajado con carne, piel, grasa, sangre, leche... Ingredientes usados pero poco convencionales en el arte. ¿Cree que el espectador reacciona de manera distinta a ellos hoy que hace 30 años?—Para mí, la corrección política es muy engañosa. En muchos casos es una postura muy artificial. Hacen daño porque no son sinceras. Ahora es cierto que la gente se aproxima a mi trabajo con más cautela. Antes no se horrorizaba por ver 'carneadas'. El cambio es lento, a veces necesario, y en ocasiones es que no queda otra –pienso en los cupos–, lo único que se puede hacer porque si no no se hace nada. —¿Usted fue más censurada en el pasado que cancelada en el presente?—La gente tiene la fantasía de que por mi trabajo pudo serlo, pero no me ha ocurrido nunca. Además no hay nada condenable ni en mis materiales ni en mis resultados. Simplemente, les doy un uso que no es el habitual. —Casi la gran enfermedad del artista hoy es la autocensura. ¿La experimenta?—Yo hace 30 años estaba mucho más involucrada con el arte político, el fin de las dictaduras en Latinoamérica… Hoy, creo que mi obra tiene que ver con la Naturaleza porque lo revolucionario es eso. No hago más ese tipo de obras políticas porque hoy el gran desafío es darnos cuenta de la relación con lo natural. Y critico la falta de profesionalidad en el ámbito artístico, el desconocimiento técnico de los artistas… Yo quiero que el arte se enriquezca, que la belleza, denostada por el arte actual, recupere su lugar, que se recupere la calidad técnica y que la gente se conmueva con los resultados. —A diferencia de la cocina, que suele buscar placer, armonía o perfección, su obra introduce ambigüedad y tensión. ¿Qué le interesa de estos aspectos?—El conflicto siempre me ha interesado porque es ingrediente de todos nuestros actos. Simpre haremos cosas que serán cuestionables. Quiero evidenciar eso. Porque el consumismo vende sus productos impecables para que no repares en lo que hay detrás y puedas consumir tranquilo. Sus eslóganes parecen ecologistas, igualitarios, porque, por ejemplo, quién iba a pensar que la moda resultaría una industria tan contaminante. El mundo está dominado por el dinero y lo único que nos importa son las ganancias. Eso es terrible. «No hago más obras políticas porque hoy el gran desafío es darnos cuenta de la relación con lo natural. Y critico la falta de profesionalidad en el ámbito artístico»—Aquí realizó una performance; se formó como escultora, pero ha tocado técnicas como la foto o el cine. ¿En qué disciplina se siente más cómoda?—La escultura siempre ha estado presente en lo que he hecho, incluso aquí, o cuando hago fotos o vídeos, para los que dedico mucho tiempo a la construcción de las escenas. Y quiero ir cada vez más a un arte total. Igual que he hecho muchas 'performances culinarias', cada vez tiendo más a obras escénico-musicales. Muy recientemente actué en vivo por primera vez, y estoy empezando, algo que no había hecho nunca, a escribir guiones. Como te digo, no me importa equivocarme o que no me salga todo tan bien. Me dejo guiar por la mirada diferente del artista. Por ejemplo: hace poco tomé la determinación de no volver a hacer una exposición en un cubo blanco. No me interesa. Si voy a hacer una exposición será con un recorrido, con 'performances', con intervenciones mías. No será una sala llena de objetos sin más. Eso me parece obsoleto y no lo voy a repetir más. —No es del todo desconocida para el público español: trabajó con Blanca Soto, Ruth Benzacar la ha traido varias veces a ARCO, ha participado en expos en Casa de América con Estrella de Diego o el Casal Solleric, Senda en Barcelona... ¿Qué recuerdos tiene de su paso por nuestro país y por qué no se prodiga más por aquí?—Tuve la sierte de participar en ARCO desde 1997 hasta el 2005. Fueron momentos muy hermosos de descubrir el arte contemporáneo en este contexto, artistas y agentes del arte. Coincidía con un momento de crecimiento, así que fue lo mejor que me podía pasar. Ahora estoy totalmente decepcionada con las galerías. Yo no trabajo con ellas. Creo que los artistas no pueden crecer estando en una galería. Lo hará uno de cien. Por eso yo estoy a cargo de todas mis cosas. —En un contexto como 'Madrid Fusión', rodeada de chefs y discursos de excelencia culinaria, ¿qué puede aportar el arte a la conversación gastronómica?—La gastronomía se ha desarrollado de una manera formidable. No sabes la envidia que siento por ello. ¡Qué ganas de ser chef! Ya son estrellas, lo que me da mucha felicidad. También en Argentina, donde la oferta gastronómica se ha multiplicado y hay muchos jóvenes que quieren desarrollarse por esa vía. La gastronomía, en contacto con la experiencia artística, da pie a una combinación que alimenta mucho al ser humano en todos los aspectos. De alguna manera, participo de este ámbito, me invitan muchos chefs a colaborar con ellos y eso me encanta. —Tiene obra suya el MoMA, representó a Argentina en Venecia, ha pasado por Sao Paolo… ¿Son esos los hitos más importantes de su carrera o quizás usted se fijaría en otras cuestiones?—Todo el mundo dice que la bienal de Venecia es lo máximo, lo más importante. Es importante, lo fue para mí, pero no me cambió nada. Pasé por Venecia, me saqué un problema de encima y ya. Creo que logré lo que quería y lo que me gusta más en la vida que es estar en mi taller trabajando. No viajo mucho. Prefiero crecer y desarrollar mis técnicas en Argentina. De hecho, esta línea que he iniciado con la cerámica es lo que me tiene ahora ocupada, no la quiero dejar. Y realmente la estoy mostrando fuera de los ámbitos de la galería. Creo que puedo crecer todavía mucho más con esto.Un momento de la 'performance' ¡Banquete para enormes colibríes' T. Sieira —Es rosarina, pero el taller lo tiene en Buenos Aires.—Sí: nací, crecí y estudié en Rosario pero me fui a Buenos Aires con treinta. Ahora tengo sesenta, la mitad de mi vida, pues, allí. —¿Es su país ahora mismo un buen contexto para el arte contemporáneo?—Al menos para mí. No tenemos mucho mercado, es um contexto duro, no hay apoyo, pero yo pude nutrirme de muchas cosas porque estoy allí, puedo trabajar con gente que me interesa y que no son artistas. Me gustan los oficios que encuentro allí, donde soy muy feliz. Defiendo que no hay una sola versión de artista exitoso. Lo de viajar con exposiciones por el mundo no me parece una vida muy agradable. —¿Le preocupa la crítica?—Nunca lo hizo. Si me criticaban incluso me parecía mejor que no provocar nada en el otro. Pero no me han criticado mucho. Nunca recibí una crítica muy dura...—El futuro entonces pasa por la cerámica.—Sí. Creo que me falta dar un salto cualitativo. Quiero llevar el arte a algo más accesible y más democrático, y la cerámica es una buena herramienta. Quiero que la gente tenga acceso a productos de altísima calidad por poco precio. No creo tampoco en la idea de la obra única. Jamás las hice. Y me estoy centrando en la tecnificación, en la programación de máquinas para aplicar recursos para producir este tipo de obras, que pueda vender en muchos puntos, abrir nuevos espacios de venta. Aquí en Madrid estoy tratando de hacer algún tipo de presentación pronto. Creo que es un hueco que no está tomando ningún artista. Todos quieren ser artistas de galerías que vendan sus obras carísimas. Eso es un engaño.—Si su obra pudiera resumirse en un gesto culinario (un corte, una cocción, una meceración), ¿cuál sería y por qué?—Déjeme pensar... Me gustaría que fuera una libación, me encanta esa palabra. Como cuando uno toma una sopa, que es lo más ancestral y maternal. El alimento líquido...

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De Nicola Costantino (Argentina, 1964) tiene obra el MoMA. Representó a su país en la Bienal de Venecia, y ha sido habitual en otras grandes citas como la Bienal de Sao Paolo o la deLiverpool. Sin embargo, fiel a su idea de que el ... artista ha de cambiar, romper, renovarse, hace tiempo que rompió con las galerías y se vuelca más con el vídeo y las escénicas. En Madrid, en el contexto de 'Madrid Fusión', desarrolló la 'performance' 'Banquete para enormes colibríes', jnto a cuatro grandes chefs argentinos, síntesis de sus intereses actuales, aquellos que la apaciguan en un mundo en tensión.

—No podían haber elegido a mejor artista para formar parte de un festival como 'Madrid Fusión', para la que la cocina, los alimentos, han sido material recurrente en sus propuestas. ¿Cómo han ido atravesando estas cuestiones su trayectoria?

—Para mí, estos temas siempre han sido fuente permanente de inspiración, aunque también diría que de curiosidad, porque para mí el alimento tiene que ver con la búsqueda de placer, con nuestra relación con la Naturaleza… En un principio me fijaba más en su componente social, cómo todo se gesta siempre en torno a una mesa: amigos, familia, trabajo. Con el tiempo me di cuenta de que todo eso era mucho más complejo y profundo, sobre todo viniendo de un país que tiene la carne como seña de identidad. Y como artista preocupada con nuestra relación con el consumo, estas cuestiones las he abordado desde estos parámetros. Yo no soy vegetariana, que es algo que me preguntan mucho, pero creo que se produce mucho más conflicto cuando uno consume carne y se pregunta por estas cuestiones.

—No me refiero tanto al sufrimiento animal como al desgaste de todo un sistema de producción de alimentos. Para mí, eso es una metáfora de todo, de cualquier actividad humana. Hay un consumo y un desgaste enorme en todas nuestras facetas. Y mi forma de abordar estas cosas no ha sido atacando o señalando nada, que me parecería una actitud soberbia, sino ofreciendo un mensaje atractivo y que cada uno se pregunte a sí mismo sobre su relación con el conflicto. Yo me siento parte del conflicto y quiero hacer a los demás conscientes de que ellos también.

—En su web dice que cocinar y coser son las dos actividades que mejor hace en la vida. ¿Era pues evidente que, al encontrar su vocación en el arte, estas iban a volcarse allí?

—Yo crecí en la fábrica de ropa de mi mamá y desde los diez años diseñaba. Mi primera obra, 'Peletería humana', de los noventa, nace de todo eso. Mi primer ARCO fue en 1997, hace casi 30 años, y traje esas pieles, un calco perfecto de la piel humana.

«Estoy totalmente decepcionada con las galerías. Yo no trabajo con ellas. Creo que los artistas no pueden crecer estando en una»

—¿Es muy diferente su trabajo, las inquietudes, cuando se aparta de estas cuestiones? Lo digo porque con Eva Perón representó a Argentina en la Bienal Venecia, y ha repasado la Historia del Arte en su foto…

—Son ya más de 30 años de trabajo en los que he ido evolucionando y probando muchas otras cosas. Por ejemplo, descubrí con el tiempo un interés por lo 'performantico', empecé a actuar y a encarnar personajes, a plasmarlos en vídeos y en fotos, algunas historias más autorreferenciales, otras encarnando a mujeres icónicas de Latinoamérica, como Eva Perón. Y no es que cambiaran mis intereses pero creo que una artista tiene que arriesgar, probar y cambiar, experimentar. Repetirse es la gran enfermedad del arte contemporáneo. Guardar un estilo te lleva a repetir lo mismo toda la vida. A mí no me importa arriesgarme y que tal vez no salgan las cosas tan bien.

—¿Cómo explicaría la 'performance' que le devuelve a Madrid? ¿Por qué este proyecto?

—Decidí hace unos años diseñar obras que se vivieran como experiencias, presentando de forma atractiva sus contenidos. Esta obra, titulada 'Banquete para enormes colibríes', imita un jardín en el que yo despliego toda una serie de flores, plantas y hojas realizadas en cerámica con una técnica japonesa, la denominada nerikomi, de resultados sorprendentes. Estas cerámicas son recipientes para ofrecer comida, de forma que los espectadores recorren un jardín y son invitados a recolectar el alimento. Quiero que se sientan como los pájaros y los insectos, que tienden a tomar lo que precisan, a diferencia del humano, que acapara siempre mucho más.

—Ha trabajado con carne, piel, grasa, sangre, leche... Ingredientes usados pero poco convencionales en el arte. ¿Cree que el espectador reacciona de manera distinta a ellos hoy que hace 30 años?

—Para mí, la corrección política es muy engañosa. En muchos casos es una postura muy artificial. Hacen daño porque no son sinceras. Ahora es cierto que la gente se aproxima a mi trabajo con más cautela. Antes no se horrorizaba por ver 'carneadas'. El cambio es lento, a veces necesario, y en ocasiones es que no queda otra –pienso en los cupos–, lo único que se puede hacer porque si no no se hace nada.

—¿Usted fue más censurada en el pasado que cancelada en el presente?

—La gente tiene la fantasía de que por mi trabajo pudo serlo, pero no me ha ocurrido nunca. Además no hay nada condenable ni en mis materiales ni en mis resultados. Simplemente, les doy un uso que no es el habitual.

—Casi la gran enfermedad del artista hoy es la autocensura. ¿La experimenta?

—Yo hace 30 años estaba mucho más involucrada con el arte político, el fin de las dictaduras en Latinoamérica… Hoy, creo que mi obra tiene que ver con la Naturaleza porque lo revolucionario es eso. No hago más ese tipo de obras políticas porque hoy el gran desafío es darnos cuenta de la relación con lo natural. Y critico la falta de profesionalidad en el ámbito artístico, el desconocimiento técnico de los artistas… Yo quiero que el arte se enriquezca, que la belleza, denostada por el arte actual, recupere su lugar, que se recupere la calidad técnica y que la gente se conmueva con los resultados.

—A diferencia de la cocina, que suele buscar placer, armonía o perfección, su obra introduce ambigüedad y tensión. ¿Qué le interesa de estos aspectos?

—El conflicto siempre me ha interesado porque es ingrediente de todos nuestros actos. Simpre haremos cosas que serán cuestionables. Quiero evidenciar eso. Porque el consumismo vende sus productos impecables para que no repares en lo que hay detrás y puedas consumir tranquilo. Sus eslóganes parecen ecologistas, igualitarios, porque, por ejemplo, quién iba a pensar que la moda resultaría una industria tan contaminante. El mundo está dominado por el dinero y lo único que nos importa son las ganancias. Eso es terrible.

«No hago más obras políticas porque hoy el gran desafío es darnos cuenta de la relación con lo natural. Y critico la falta de profesionalidad en el ámbito artístico»

—Aquí realizó una performance; se formó como escultora, pero ha tocado técnicas como la foto o el cine. ¿En qué disciplina se siente más cómoda?

—La escultura siempre ha estado presente en lo que he hecho, incluso aquí, o cuando hago fotos o vídeos, para los que dedico mucho tiempo a la construcción de las escenas. Y quiero ir cada vez más a un arte total. Igual que he hecho muchas 'performances culinarias', cada vez tiendo más a obras escénico-musicales. Muy recientemente actué en vivo por primera vez, y estoy empezando, algo que no había hecho nunca, a escribir guiones. Como te digo, no me importa equivocarme o que no me salga todo tan bien. Me dejo guiar por la mirada diferente del artista. Por ejemplo: hace poco tomé la determinación de no volver a hacer una exposición en un cubo blanco. No me interesa. Si voy a hacer una exposición será con un recorrido, con 'performances', con intervenciones mías. No será una sala llena de objetos sin más. Eso me parece obsoleto y no lo voy a repetir más.

—No es del todo desconocida para el público español: trabajó con Blanca Soto, Ruth Benzacar la ha traido varias veces a ARCO, ha participado en expos en Casa de América con Estrella de Diego o el Casal Solleric, Senda en Barcelona... ¿Qué recuerdos tiene de su paso por nuestro país y por qué no se prodiga más por aquí?

—Tuve la sierte de participar en ARCO desde 1997 hasta el 2005. Fueron momentos muy hermosos de descubrir el arte contemporáneo en este contexto, artistas y agentes del arte. Coincidía con un momento de crecimiento, así que fue lo mejor que me podía pasar. Ahora estoy totalmente decepcionada con las galerías. Yo no trabajo con ellas. Creo que los artistas no pueden crecer estando en una galería. Lo hará uno de cien. Por eso yo estoy a cargo de todas mis cosas.

—En un contexto como 'Madrid Fusión', rodeada de chefs y discursos de excelencia culinaria, ¿qué puede aportar el arte a la conversación gastronómica?

—La gastronomía se ha desarrollado de una manera formidable. No sabes la envidia que siento por ello. ¡Qué ganas de ser chef! Ya son estrellas, lo que me da mucha felicidad. También en Argentina, donde la oferta gastronómica se ha multiplicado y hay muchos jóvenes que quieren desarrollarse por esa vía. La gastronomía, en contacto con la experiencia artística, da pie a una combinación que alimenta mucho al ser humano en todos los aspectos. De alguna manera, participo de este ámbito, me invitan muchos chefs a colaborar con ellos y eso me encanta.

—Tiene obra suya el MoMA, representó a Argentina en Venecia, ha pasado por Sao Paolo… ¿Son esos los hitos más importantes de su carrera o quizás usted se fijaría en otras cuestiones?

—Todo el mundo dice que la bienal de Venecia es lo máximo, lo más importante. Es importante, lo fue para mí, pero no me cambió nada. Pasé por Venecia, me saqué un problema de encima y ya. Creo que logré lo que quería y lo que me gusta más en la vida que es estar en mi taller trabajando. No viajo mucho. Prefiero crecer y desarrollar mis técnicas en Argentina. De hecho, esta línea que he iniciado con la cerámica es lo que me tiene ahora ocupada, no la quiero dejar. Y realmente la estoy mostrando fuera de los ámbitos de la galería. Creo que puedo crecer todavía mucho más con esto.

—Es rosarina, pero el taller lo tiene en Buenos Aires.

—Sí: nací, crecí y estudié en Rosario pero me fui a Buenos Aires con treinta. Ahora tengo sesenta, la mitad de mi vida, pues, allí.

—¿Es su país ahora mismo un buen contexto para el arte contemporáneo?

—Al menos para mí. No tenemos mucho mercado, es um contexto duro, no hay apoyo, pero yo pude nutrirme de muchas cosas porque estoy allí, puedo trabajar con gente que me interesa y que no son artistas. Me gustan los oficios que encuentro allí, donde soy muy feliz. Defiendo que no hay una sola versión de artista exitoso. Lo de viajar con exposiciones por el mundo no me parece una vida muy agradable.

—Nunca lo hizo. Si me criticaban incluso me parecía mejor que no provocar nada en el otro. Pero no me han criticado mucho. Nunca recibí una crítica muy dura...

—El futuro entonces pasa por la cerámica.

—Sí. Creo que me falta dar un salto cualitativo. Quiero llevar el arte a algo más accesible y más democrático, y la cerámica es una buena herramienta. Quiero que la gente tenga acceso a productos de altísima calidad por poco precio. No creo tampoco en la idea de la obra única. Jamás las hice. Y me estoy centrando en la tecnificación, en la programación de máquinas para aplicar recursos para producir este tipo de obras, que pueda vender en muchos puntos, abrir nuevos espacios de venta. Aquí en Madrid estoy tratando de hacer algún tipo de presentación pronto. Creo que es un hueco que no está tomando ningún artista. Todos quieren ser artistas de galerías que vendan sus obras carísimas. Eso es un engaño.

—Si su obra pudiera resumirse en un gesto culinario (un corte, una cocción, una meceración), ¿cuál sería y por qué?

—Déjeme pensar... Me gustaría que fuera una libación, me encanta esa palabra. Como cuando uno toma una sopa, que es lo más ancestral y maternal. El alimento líquido...

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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