- IÑAKI GARAY
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La amenaza nuclear de irán es real y exige una respuesta que el derecho internacional es incapaz de ofrecer.
El derecho internacional se ha ido convirtiendo con el tiempo en una herramienta inoperante a medida que muchos países occidentales se entregaban al idealismo y menospreciaban el poder de la fuerza para combatir los peligros que se cernían sobre el mundo, empezando por la expansión del fundamentalismo islámico, asentado plenamente en Irán desde hace más de cuatro décadas. Este colaboracionismo involuntario, basado en la pasividad, es el camino más directo para la autodestrucción de Occidente. Es posible que las democracias liberales firmaran sin saberlo su renuncia a sus valores aquel 1 de febrero de 1979 en el que el ayatolá Jomeini regresó a Teherán, procedente de París, en un 747 de Air France, cuyas plazas se habían vendido a los periodistas occidentales para financiar el viaje.
Mientras el Sha Mohammad Reza Pahlevi estuvo en el poder, Irán avanzaba hacia un estado relativamente moderno, que intentaba con su Revolución Blanca parecerse de alguna manera al mundo libre. Y a la vez era un aliado estratégico de Estados Unidos para mantener la paz en la región. El país era, tras Arabia Saudí, el segundo productor mundial de petróleo, con 5,5 millones de barriles al día, sobre un total mundial de 62 millones de barriles al día. Pero nada era tan idílico como se pintaba. Paradójicamente, el auge petrolífero de esos años, lejos de mejorar las condiciones de vida de la población, las debilitó con un explosivo cóctel de inflación, corrupción y caos, que provocó que cada vez más ciudadanos se movilizaran contra el régimen en un proceso de ira que fue canalizado por el Islam tradicional para tumbar a los Pahlevi.
Toda la estabilidad que aportaba Irán a la zona acabó abruptamente con la llegada de la teocracia islámica y el asentamiento del fundamentalismo, sin que Occidente, con Estados Unidos y su presidente Jimmy Carter a la cabeza, hicieran realmente nada por impedirlo. Luego se supo que la opinión pública mundial estuvo entonces más atenta a vigilar la represión del Sha que a estudiar la naturaleza del nuevo régimen llamado a sustituirle. De aquellos polvos vienen ahora estos lodos. Desde entonces, para el pueblo de Irán -93 millones de habitantes- y para el resto del mundo todo ha ido a peor. El régimen de los ayatolás no solo asesina a los ciudadanos, esclaviza a las mujeres y tiene el más absoluto desprecio por los derechos humanos, sino que se ha fijado como principal aspiración para blindarse contar con armamento nuclear. Ese es el elemento diferenciador que marca la actuación de la zona. Las consecuencias del conflicto desatado unilateralmente por Estados Unidos e Israel con su ataque este fin de semana son una anécdota comparadas con cualquier otra hipótesis si Irán logra su objetivo. ¿Cómo contribuye el derecho internacional a que esa terrible amenaza no se concrete? ¿Exactamente de qué forma está sirviendo para que un régimen tan brutal deje de masacrar a su propio pueblo? Las respuestas que ha venido dando el mundo libre a estas dos cuestiones son decepcionantes y demuestran que apelar al derecho internacional hace ya tiempo que no sirve de nada. El argumento inviable que la gente de buen corazón pero escaso alcance esgrime para condenar cualquier intervención exterior en Irán es que es el propio pueblo el que tiene que promover el cambio. Sin duda olvida la premisa básica que ya en su día expresó el Sha a sus colaboradores antes de dejar Teherán: "Un dictador puede sobrevivir masacrando a su pueblo, pero un rey no puede vivir de tal manera".
Kissinger aseguraba que en el siglo XX ningún país había influido tan decisivamente en las relaciones internacionales como Estados Unidos. Decía que ninguna sociedad había insistido tanto en lo inadmisible de la intervención en los asuntos internos de otros estados, y al mismo tiempo afirmado que sus valores tenían aplicación universal. De alguna manera estaba reconociendo que Estados Unidos se movía entre el aislacionismo y el deseo por extender la democracia y el derecho internacional en el mundo. Evidentemente Donald Trump está muy lejos de cualquier reflexión de este tipo. Nadie que haya visto cómo actúa cree que esté intentando extender la democracia, pero seguramente ignorar la amenaza no era una alternativa. No va a vencer al régimen iraní o nombrar a un Sha. Tampoco se atreverá a meterse en una guerra con tropas en el terreno. De momento puede que se conforme con seguir debilitando a un enemigo muy peligroso.
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