La primera palabra de 'La Ilíada' es 'cólera'. La de 'La Odisea', 'hombre'. 'La Ilíada' comienza con el perfil airado de Aquiles, un héroe casi inmortal; 'La Odisea', con la imagen de un náufrago exhausto. Si 'La Ilíada' es el «poema de la ... fuerza», como lo denominó Simone Weil, 'La Odisea' es el canto a la supervivencia de un ser humano vulnerable y errante.
Odiseo es considerado el primer héroe moderno porque se impone al destino no por la fuerza (como Aquiles), sino por su astucia. En su regreso a Ítaca, extravió el rumbo una y otra vez, sufrió la muerte de sus compañeros, resistió todo tipo de incertidumbres, afrontó peligros y humillaciones incontables, privaciones e intemperies, invadido siempre por la nostalgia de su esposa Penélope y de su hijo Telémaco. Atenea, la diosa de la inteligencia, estuvo de su parte y acudió a infundirle esperanza en muchos momentos de desesperación. Parece que su destino era extraviarse sin remedio, pero sobrevivió y regresó al hogar tras veinte años de ausencia.
Para Hegel, 'La Odisea' representa no sólo la transición del mito a la historia sino el nacimiento del individuo autoconsciente. Su protagonista es, ante todo, el hombre que rechaza la inmortalidad. En la isla de Ogigia, la ninfa Calipso le ofrece juventud eterna, belleza incorruptible y una vida sin angustia. La idea lo entristece. ¿Por qué? Si nada puede perderse, nada tiene verdadero valor. Aquiles ansía una vida breve pero con gloria, Odiseo desea regresar junto a su familia y morir de viejo aun sin fama.
Acepta que es un 'ser-para-la-muerte', en la expresión de Heidegger, y elige volver a la isla de Ítaca. Prefiere a Penélope envejecida antes que la belleza inmarcesible de la diosa. Con suerte, podrá ver crecer a su hijo Telémaco y pasarle el testigo de la existencia. Tal como cuenta Carrère en 'El Reino', Odiseo ha comprendido que la vida del hombre vale más que la de los dioses por la sencilla razón de que puede desaparecer.
Todos somos una conversación que necesita ser escuchada
'La Odisea' es, en gran parte, la narración del propio Odiseo de sus desventuras pasadas. Paul Ricoeur escribió que nuestra identidad no es una esencia fija sino un relato cambiante. Somos nuestra historia, nuestra memoria. Odiseo escapará una y otra vez no sólo de la muerte sino del olvido. Sorteará lotófagos, sirenas y un sinfín de personajes que quieren hacerlo desaparecer. Fantasma casi de una guerra ya lejana, recupera la identidad cuando recupera en boca de otros su propia historia.
En la corte de los feacios, al escuchar a un aedo cantar las penurias de Troya, Odiseo rompe a llorar y dice: «Yo soy Odiseo, hijo de Laertes». Todos somos una conversación que necesita ser escuchada. Tal vez por eso una de las escenas más conmovedoras del poema sea aquella en la que el perro Argos, asediado por las garrapatas y la vejez, es el único que reconoce a su amo Odiseo bajo el disfraz de viejo mendigo. El perro mueve la cola, alcanza a bajar las orejas y muere tras haberlo esperado fiel por veinte años.
La anciana nodriza Euriclea reconocerá a Odiseo por una cicatriz en el muslo mientras le lava los pies
Poco después la anciana nodriza Euriclea lo reconocerá por una cicatriz en el muslo mientras le lava los pies. «Yo no te pude conocer hasta que te toqué con mis manos». La identidad no se revela en las grandes gestas sino en las marcas que la existencia deja en nuestros cuerpos. Necesitamos que alguien nos reconozca para existir. Con la desaparición de la última persona que nos recuerde, moriremos del todo.
Como es la historia de un hombre sin hogar, 'La Odisea' gravita alrededor de un concepto fundamental del mundo griego: la 'xenía' u hospitalidad, la ley sagrada que procuraba el cuidado del extranjero necesitado. Aunque a algunos se les olvide, nuestra tradición cultural nos señala la misma obligación. El 'Éxodo' reza: «Al extranjero no maltratarás ni oprimirás, porque extranjeros fuisteis vosotros en Egipto».
Como Odiseo, hoy millones de personas tratan de sobrevivir lejos de sus hogares: algunos desaparecen en el oleaje sin lápida ni estela, otros aguardan tras muros y alambradas, algunos son devorados por los lestrigones de la nostalgia. Precisamente, los psiquiatras han llamado 'síndrome de Ulises' al cuadro de estrés crónico que padecen muchos inmigrantes. En castellano la palabra 'huésped' designa tanto a la persona alojada en casa ajena como al que hospeda, quizá para recordarnos que siempre podremos encontrarnos en un umbral u otro.
El texto de Homero nos invita una y otra vez a ponernos en el lugar del otro. Una 'imaginación compasiva' que nos permite sentir como propios «los sufrimientos y privaciones que diferentes grupos de personas deben afrontar», tal como señala la filósofa y premio Princesa de Asturias Martha Nussbaum. Ahora elegimos líderes despiadados que convierten la humillación en espectáculo. La bondad, para ellos y sus acólitos, es una muestra imperdonable de debilidad. La propia idea de justicia social les repugna. Las ciudades arrasadas, los hospitales destruidos o los niños muertos son sacrificios asumibles en el altar de su ambición.
'La Odisea' afirma, por el contrario, que toda vida es sagrada porque es efímera. Sus hexámetros nos recuerdan que el amor es valioso porque puede desaparecer, que el hogar importa porque podemos perderlo, que las cicatrices y arrugas no son la derrota de la existencia sino su sentido. Como afirma Alfred Tennyson en su poema 'Ulises', «Aunque mucho se ha perdido, mucho permanece; y aunque ya no poseemos la fuerza que en tiempos pasados conmovió la tierra y el cielo, somos lo que somos; un temple igual de corazones heroicos, debilitados por el tiempo y el destino, pero fuertes en voluntad para luchar, para buscar, para encontrar y no rendirse».
No es extraño que el escritor victoriano Samuel Butler aventurara que 'La Ilíada' y 'La Odisea' no podían proceder de la misma sensibilidad. A finales del XIX lanzó una hipótesis fascinante: 'La Odisea' habría sido escrita por una muchacha siciliana. Butler, el 'escritor filósofo', creyó reconocer en Nausícaa –la joven que encuentra desnudo y humillado a Odiseo tras un naufragio– el autorretrato de esa escritora a la que la tradición llamó Homero. No es casual que esta hipótesis provenga de un hombre que tuvo que ocultar sus deseos para sobrevivir.
Nausícaa encarna la hospitalidad y el deseo. 'La Odisea' ha inspirado algunos relatos fundamentales del feminismo como 'Penélope y las doce criadas', Atwood.
La teoría de Butler es tan indemostrable como la existencia del aedo ciego, pero es cierto que 'La Odisea' introduce una mirada distinta sobre los personajes femeninos. Circe ya no es solamente una hechicera monstruosa, sino una mujer sabia e independiente; Penélope no es solo la esposa leal sino que ella misma es «fecunda en ardides»; Nausícaa encarna la hospitalidad y el deseo. Por eso 'La Odisea' ha inspirado algunos relatos fundamentales del feminismo como 'Penélope y las doce criadas' de Margaret Atwood.
'La Odisea' nos invita a vivir la vida sin reservas, a veces desde las cóncavas naves de la imaginación. Así lo comprendió Cavafis cuando escribió su celebrado 'Ítaca' mientras se desempeñaba en una gris oficina. La humilde e imperfecta vida merece siempre la pena porque es efímera. Hay que vivir en todas las direcciones.
Odiseo es el héroe que llora. Quizá por esto conmociona el terror que el protagonista dispensa en los últimos cantos
El helenista Luis Segalà i Estalella tradujo 'La Ilíada' y 'La Odisea' poco antes de ser apartado de su cátedra tras la proclamación de la Segunda República por ser monárquico. Murió en 1937 durante uno de los bombardeos de Barcelona por la aviación italiana fascista. «No te vayas, dejando mi cuerpo sin llorarle ni enterrarle, a fin de que no excite contra ti la cólera de los dioses; por el contrario, quema mi cadáver con las armas de que me servía y erígeme un túmulo en la ribera del espumoso mar, para que de este hombre desgraciado tengan noticia los venideros». Ese ejemplar de 'La Odisea' quedó sepultado bajo los escombros. Años después, Luis Cernuda, uno de los exiliados de aquella guerra nuestra, escribió: «Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas, / sino seguir libre adelante, / disponible por siempre, mozo o viejo, / sin hijo que te busque, como a Ulises, / sin Ítaca que aguarde y sin Penélope».
Cuando en Blackie Books se decidieron a liberar los clásicos, y entre ellos 'La Odisea', pensaron contratar alguna ilustración con Calpurnio, al que conocían por Cuttlas. «Pensamos que haría algo ligero y fue uno de los grandes proyectos de su vida». Esa 'Odissea liberada' de Blackie Books, ilustrada por Calpurnio, es la del siglo XXI, que ha vendido cuarenta mil ejemplares en sus dos presentaciones, como una novela de gran éxito. Agradecemos a la editorial la generosa contribución a este número especial, que sigue liberando 'La Odisea' con nuevas interpretaciones, al permitir que publiquemos de nuevo el hermoso e inclasificable trabajo de Calpurnio.
Hay otro momento estremecedor en el descenso de Odiseo al mundo de los muertos. Allí se reencuentra con su madre, Anticlea, a la que dejó viva al partir hacia Troya. Quiere abrazarla, pero el cuerpo de la mujer se desvanece entre sus brazos «semejante a una sombra o a un sueño» por tres veces. El tiempo es cruel también para los vencedores. Odiseo es el héroe que llora. Quizá por esto conmociona el terror que el protagonista dispensa en los últimos cantos. Con la matanza de los pretendientes y las criadas, Homero no entrega un final consolador sino una muestra más de las luces y sombras de nuestra condición. Puede que alcancemos las islas felices. Puede que los abismos nos arrastren.
Efímeros, imperfectos, mentirosos, decepcionantes, pero también valerosos, nobles, dignos, altruistas, esperanzados, somos todos hijos de Odiseo. Una y otra vez deberemos tomar decisiones en situaciones confusas; traicionaremos nuestras ideas para sobrevivir, renegaremos hasta afirmar que somos 'Nadie' si así escapamos del cíclope, seremos padres anhelantes, huérfanos abrazados al recuerdo de nuestras madres; criaturas enamoradas de un puñado de recuerdos, alumbradas todavía por el sol de la infancia; creeremos que ya no tenemos fuerzas y las encontraremos, seguiremos adelante con el fantasma de nuestros compañeros desaparecidos, acarreamos remordimientos y traiciones, y avanzaremos, empujados por la esperanza, por el deseo de abrazar a los nuestros, y desaparecer de este mundo, ojalá que en un día lejano y sin demasiado dolor, tras haber apurado la vida. Nosotros, los hijos de Odiseo.
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