- RODRIGO RATO
La guerra consolida la fragmentación de la globalización: los flujos comerciales y financieros se reorganizan según las afinidades políticas.
La actual guerra entre Estados Unidos e Israel con Irán no puede interpretarse únicamente como un episodio más de inestabilidad en Oriente Próximo. Lo que se está configurando es un cambio en la relación entre geopolítica y economía global: ya no se trata de conflictos que afectan a los mercados, sino de conflictos diseñados para operar directamente sobre ellos. Parece que Tel Aviv y Teherán lo sabían desde el principio.
El elemento central de esta mutación es el estrecho de Ormuz. El control efectivo -o la capacidad creíble de interrupción- de este paso ha permitido a Irán transformar una posición militar debilitada en una ventaja económica estratégica. La destrucción masiva de infraestructuras en su territorio, así como la eliminación de buena parte de su cúpula militar y religiosa, no ha impedido una respuesta que desplaza el eje del conflicto: del campo de batalla a las cadenas globales de energía y a los mercados financieros globales. Efectos más asumibles para una economía sin esperanza exterior, debido a décadas de sanciones.
Al restringir la salida de petróleo, gas, fertilizantes y demás productos derivados del Golfo, Irán ha activado un aumento de precios energéticos, alimenticios, industriales, que endurecen las condiciones financieras y deterioran el crecimiento en muchos países. Mientras consigue mantener con sus exportaciones propias, sobre todo a China. Los intentos de Washington de hacer lo mismo chocan con sus múltiples intereses, regionales y globales. Ademas, el contexto en que este mecanismo opera hoy introduce diferencias sustanciales respecto a episodios anteriores.
A comienzos de 2026, la economía mundial se encontraba en una fase de aparente equilibrio. El crecimiento del comercio compensaba tensiones bilaterales, la inflación se moderaba acercándose a los objetivos nacionales y los mercados financieros reflejaban expectativas de relajación monetaria. Esta estabilidad, sin embargo, descansaba sobre fundamentos frágiles: niveles de deuda históricamente elevados, liquidez todavía abundante pero en retirada y creciente desintermediación financiera con riesgos poco transparentes.
Estábamos bien a corto plazo, pero con problemas serios bajo la superficie. ¿Cuando no? La subida del petróleo y el encarecimiento del gas no solo afectan al consumo o a los costes empresariales; inciden directamente sobre las decisiones de política monetaria. La posibilidad de efectos de segunda ronda obliga a reconsiderar las bajadas de tipos, en un momento en el que el crecimiento comienza a debilitarse.
El paradigma norteamericano
Estados Unidos ilustra de forma paradigmática estas contradicciónes. Su hegemonía financiera le permite absorber capital global en momentos de incertidumbre, reforzando el papel del dólar. Pero esa misma dependencia del ahorro externo lo convierte en especialmente sensible a la volatilidad de los mercados. Si el aumento de las rentabilidades de la deuda y las tensiones en el crédito privado son nuevas tendencias duraderas, el escenario benigno ha cambiado. El relevo en la Presidencia de la Reserva Federal, el próximo mayo, puede no ser una fiesta para Donald Trump. La previsiones recientes de un déficit presupuestario camino del 7% algo tienen que ver también con esta guerra elegida.
Al mismo tiempo, el conflicto redistribuye posiciones relativas. China, altamente dependiente de las importaciones energéticas, se beneficia del control iraní de Ormuz en la medida en que asegura su suministro en condiciones preferentes. Los países exportadores de materias primas obtienen rentas extraordinarias a corto plazo, entre ellos Rusia aliado preferente de China. Europa, en cambio, vuelve a enfrentarse a su vulnerabilidad estructural: dependencia energética, fragmentación política y dificultades para articular una respuesta estratégica coherente. Es decepcionante que cuatro años después del ataque ruso a Ucrania, la UE no tenga establecida su estrategia de seguridad energética, especialmente cuando solo hay una posible: renovables y nucleares. Una verdad universal que puede acelerar la caída del uso del petróleo, que la Agencia Internacional de la Energia anticipa a 2026.
Pero el impacto más profundo no es inmediato ni cuantificable en términos de precios o crecimiento. Tiene que ver con la transformación del sistema internacional. La guerra consolida una tendencia hacia la fragmentación de la globalización, donde los flujos comerciales y financieros se reorganizan en función de afinidades políticas más que de eficiencia económica. Está por ver si es China la que consigue sacarle más partido, con menos cartas iniciales.
Una vez más lo que se busca esconde consecuencias indeseadas. Israel se ha convertido en la potencia militar de Oriente Próximo, dominando de hecho el doble de territorio que en 2023. Está por ver si las monarquías sunitas del Golfo aceptan esto o buscan otros acomodos, aunque sean parciales. Vender petróleo en reminbis, como ya hace Iran, supondría un terremoto financiero para Estados Unidos, con 40 billones de deuda pública y subiendo. No sería pacífico, pero tras estos dos meses no es impensable.
Los ricos tienen más cosas de que ocuparse que los pobres. En las naciones sucede lo mismo. Son menos vulnerables, pero todo les afecta. Este nuevo 'homus americanos' lo está aprendiendo a la vista de todos.
Rodrigo Rato, exvicepresidente del Gobierno, ex director gerente del FMI y expresidente de Bankia
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