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Pobre Leopardi, y qué gran libro

Pobre Leopardi, y qué gran libro
Artículo Completo 951 palabras
Por si no fueras a leer más que esta línea: ningún otro libro de los publicados de y sobre él era más necesario. Y pocos podrían comparársele. En parte, cierto, porque lo escribió Leopardi . Su propósito, contar la vida del poeta a través de sus cartas (escribió algo menos de mil, de las que aquí se traducen unas cien, más otras veinte que le dirigen a él), está llevado a término de una manera admirable (y la admiración sube de punto cuando se advierten en la solapa de 'Lengua mortal no dice lo que sentía . Giacomo Leopardi a través de sus cartas' (Anagrama), la juventud del autor, Diego Garrido , su ambición y madurez: además está traduciendo las cuatro mil quinientas páginas del 'Zibaldone'). Las cuatrocientas de este parecen pocas, pero no insuficientes.Así ha procedido: contarnos a Leopardi apoyándose en esas cartas (a su padre, las más numerosas, a sus hermanos y a unos cuantos amigos, y también las que algunos de estos le escribieron a él), e intercalando fragmentos escogidos de sus poemas , de sus 'Diálogos', de sus 'Opúsculos morales' y, por supuesto, del 'Zibaldone' (palabra que designa su diario personal y que podría traducirse por 'Cajón de sastre': una suma de apuntes, reflexiones, ensayos e impresiones íntimas y deslumbrantes).Del 'Zibaldone' ha citado uno alguna vez esto (también lo recoge Garrido), imprescindible para acercarnos al misterio de la creación: «Esto tienen de propio las obras de genio, que incluso cuando representan a lo vivo la nulidad de las cosas, incluso cuando demuestran de manera evidente y hacen sentir la inevitable infelicidad de la vida , incluso cuando expresan la más terrible desesperación, aunque sea un alma grande que se encuentra incluso en un estado de extremo abatimiento, desengaño, aniquilación, tedio y desesperación de la vida, o en las más acervas y mortíferas desgracias (bien a causa de altas y graves pasiones, bien por cualquier otra cosa); incluso así, sirven siempre de consuelo , despiertan el entusiasmo y no tratando ni representando otra cosa que la muerte, restituyen, al menos momentáneamente, esa vida que tenía perdida».Todos sus poemas, al menos los más hermosos, son un trasunto de su vida, sin queja ni lamento, estoicismo puroEso mismo sentirá el lector de sus poemas, escritos con tanta emoción y verdad que lo que a menudo tienen de tristísimos, lo tienen igualmente de consoladores. Todos ellos, al menos los más hermosos, son un trasunto de su vida, sin queja ni lamento, estoicismo puro.Garrido no se ha limitado a juntar las cartas (algunas, estremecedoras; la mayoría, de una sagacidad única; y, en fin, todas, apasionadas y apasionantes). Cuando es necesario, Garrido, entre carta y carta, completará noticias, recordará el contexto y esbozará exégesis de los poemas y de la filosofía de Leopardi (que tuvo en Schopenhauer y Nietzsche , como es sabido, a dos muy principales paladines). Y esos escolios intercalados de Garrido nunca resultan inoportunos. Bien al contrario. El lector los agradecerá, el muy leopardiano y el menos familiarizado con su obra.«Sólo vive hasta el final aquel que hasta su muerte se mantiene niño», le escribió a Pietro GiordaniPobre Leopardi. Su padre, un buen hombre, culto, cerril y vanidoso. Su madre, una mala bruja, clerical y avarienta. Sus hermanos, el único sostén emocional. Recanati, un infierno. ¿Amigos? Sólo tuvo dos, y uno de ellos, por correspondencia. Los recanateses, una chusma que «me odia y huye, no por envidia, porque no me juzga superior, sino porque está segura que me tengo por tal». Y el mundo, en cuanto al fin logró huir del palacio paterno, un puñal en la espalda. Los siete últimos años, los que vivió alejado de los suyos, un suplicio: pobre, enfermo, desesperado y deseando la muerte («Soy un sepulcro andante que lleva a rastras un hombre muerto», dirá). Sólo le mantuvieron con vida la ilusión de escribir poesía (ni se tenía por un misántropo ni ha de considerársele un nihilista) y los recuerdos. Por si fuera poco, le afeaba el título (era conde) su corta estatura y una doble joroba, y él mismo minó su salud a base de estudiar con devoción frenética de los siete a los diecisiete años.«Este tiempo se fue y no volverá nunca más, y yo descubro con infinito terror que el mundo y la vida se quedaron allí con mi infancia, como se quedan para todos los que piensan y sienten, porque sólo vive hasta el final aquel que hasta su muerte se mantiene niño», le escribió a Pietro Giordani, el primero de sus dos amigos.Murió a los treintaiocho y ni siquiera es seguro que los huesos que hay en su tumba sean los suyos. Nos quedan veinte bellísimos e insustituibles poemas, que podrás leer en la admirable versión de Eloy Sánchez Rosillo, la preferida de Garrido (y la mía).

Por si no fueras a leer más que esta línea: ningún otro libro de los publicados de y sobre él era más necesario. Y pocos podrían comparársele. En parte, cierto, porque lo escribió Leopardi.

Su propósito, contar la vida del poeta a través de ... sus cartas (escribió algo menos de mil, de las que aquí se traducen unas cien, más otras veinte que le dirigen a él), está llevado a término de una manera admirable (y la admiración sube de punto cuando se advierten en la solapa de 'Lengua mortal no dice lo que sentía. Giacomo Leopardi a través de sus cartas' (Anagrama), la juventud del autor, Diego Garrido, su ambición y madurez: además está traduciendo las cuatro mil quinientas páginas del 'Zibaldone').

Las cuatrocientas de este parecen pocas, pero no insuficientes.

Así ha procedido: contarnos a Leopardi apoyándose en esas cartas (a su padre, las más numerosas, a sus hermanos y a unos cuantos amigos, y también las que algunos de estos le escribieron a él), e intercalando fragmentos escogidos de sus poemas, de sus 'Diálogos', de sus 'Opúsculos morales' y, por supuesto, del 'Zibaldone' (palabra que designa su diario personal y que podría traducirse por 'Cajón de sastre': una suma de apuntes, reflexiones, ensayos e impresiones íntimas y deslumbrantes).

Del 'Zibaldone' ha citado uno alguna vez esto (también lo recoge Garrido), imprescindible para acercarnos al misterio de la creación: «Esto tienen de propio las obras de genio, que incluso cuando representan a lo vivo la nulidad de las cosas, incluso cuando demuestran de manera evidente y hacen sentir la inevitable infelicidad de la vida, incluso cuando expresan la más terrible desesperación, aunque sea un alma grande que se encuentra incluso en un estado de extremo abatimiento, desengaño, aniquilación, tedio y desesperación de la vida, o en las más acervas y mortíferas desgracias (bien a causa de altas y graves pasiones, bien por cualquier otra cosa); incluso así, sirven siempre de consuelo, despiertan el entusiasmo y no tratando ni representando otra cosa que la muerte, restituyen, al menos momentáneamente, esa vida que tenía perdida».

Todos sus poemas, al menos los más hermosos, son un trasunto de su vida, sin queja ni lamento, estoicismo puro

Eso mismo sentirá el lector de sus poemas, escritos con tanta emoción y verdad que lo que a menudo tienen de tristísimos, lo tienen igualmente de consoladores. Todos ellos, al menos los más hermosos, son un trasunto de su vida, sin queja ni lamento, estoicismo puro.

Garrido no se ha limitado a juntar las cartas (algunas, estremecedoras; la mayoría, de una sagacidad única; y, en fin, todas, apasionadas y apasionantes). Cuando es necesario, Garrido, entre carta y carta, completará noticias, recordará el contexto y esbozará exégesis de los poemas y de la filosofía de Leopardi (que tuvo en Schopenhauer y Nietzsche, como es sabido, a dos muy principales paladines). Y esos escolios intercalados de Garrido nunca resultan inoportunos. Bien al contrario. El lector los agradecerá, el muy leopardiano y el menos familiarizado con su obra.

«Sólo vive hasta el final aquel que hasta su muerte se mantiene niño», le escribió a Pietro Giordani

Pobre Leopardi. Su padre, un buen hombre, culto, cerril y vanidoso. Su madre, una mala bruja, clerical y avarienta. Sus hermanos, el único sostén emocional. Recanati, un infierno. ¿Amigos? Sólo tuvo dos, y uno de ellos, por correspondencia. Los recanateses, una chusma que «me odia y huye, no por envidia, porque no me juzga superior, sino porque está segura que me tengo por tal». Y el mundo, en cuanto al fin logró huir del palacio paterno, un puñal en la espalda. Los siete últimos años, los que vivió alejado de los suyos, un suplicio: pobre, enfermo, desesperado y deseando la muerte («Soy un sepulcro andante que lleva a rastras un hombre muerto», dirá). Sólo le mantuvieron con vida la ilusión de escribir poesía (ni se tenía por un misántropo ni ha de considerársele un nihilista) y los recuerdos. Por si fuera poco, le afeaba el título (era conde) su corta estatura y una doble joroba, y él mismo minó su salud a base de estudiar con devoción frenética de los siete a los diecisiete años.

«Este tiempo se fue y no volverá nunca más, y yo descubro con infinito terror que el mundo y la vida se quedaron allí con mi infancia, como se quedan para todos los que piensan y sienten, porque sólo vive hasta el final aquel que hasta su muerte se mantiene niño», le escribió a Pietro Giordani, el primero de sus dos amigos.

Murió a los treintaiocho y ni siquiera es seguro que los huesos que hay en su tumba sean los suyos. Nos quedan veinte bellísimos e insustituibles poemas, que podrás leer en la admirable versión de Eloy Sánchez Rosillo, la preferida de Garrido (y la mía).

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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