La salud laboral sigue siendo la gran asignatura pendiente en las empresas. Más de un millón y medio de trabajadores se ausentan a diario de su puesto de trabajo. Una mala praxis de la flexibilidad laboral y gestionar el estrés demasiado tarde son algunos detonantes.
El estrés, en su justa medida, es el mejor aliado de la evolución, pero cuando se hace crónico es el peor de los venenos, el agente capaz de aniquilar la salud y la productividad. Vera Moreno, coach ejecutiva y experta en liderazgo, menciona a Paracelso, médico y alquimista del siglo XVI, que afirmó que "el veneno está en la dosis". Charles Chaplin se atrevió a reflejar el impacto del trabajo en la salud en su película Tiempos Modernos (1936), que mostraba la desesperación de un empleado de la clase obrera en la época de la Gran Depresión. Aunque afortunadamente las condiciones laborales han cambiado mucho desde entonces, el intento de las organizaciones por cuidar la salud física y mental de sus empleados es aún un desafío con el que lidian a diario. Son muy conscientes de que de mimar al empleado, en el buen sentido de la palabra, es clave para mejorar la productividad.
Amenaza silenciosa
El estrés tiene una progresión casi narrativa: "Rara vez aparece de golpe, suele avisar a susurros antes de gritar", advierte Carlos Delgado, CEO de Level UP. Explica que el problema surge cuando se cruzan tres ejes: la pérdida de control, la sobrecarga sostenida y la falta de sentido. El tamaño de la organización importa. Por ejemplo, Delgado señala que en las pymes este fenómeno se agrava, no por desidia, sino por desorden: "No suelen fallar por falta de esfuerzo, sino por falta de estructura. Y cuando no hay estructura, el estrés ocupa ese vacío".
Desde un punto de vista orgánico y emocional, Alejandro Novás, CEO de Vivir de tu Pasión, coincide en que en que la alarma definitiva es cuando el estrés se convierte en un problema físico, "el cuerpo siempre avisa antes de que lo haga la mente", afirma.
Identifica indicadores tan humanos como el nudo en el estómago del domingo por la noche o la incapacidad de disfrutar de lo que antes nos apasionaba. Vera también advierte sobre los trastornos digestivos y cardiovasculares hasta el "acelerador del envejecimiento" y la pérdida de memoria. En su opinión, el estrés se convierte en enemigo cuando se suman "altas dosis, cronicidad y percepción de no tener recursos para hacerle frente".
Prevención
Aún ahora, evitar llegar a esos extremos es el talón de Aquiles de las organizaciones, su debilidad. ¿Es posible anticiparse al colapso? Los expertos consultados coinciden en que la prevención no es una opción, sino una responsabilidad compartida. Delgado sostiene que la única estrategia inteligente es no esperar a que el sistema se rompa, diseñando entornos sostenibles con prioridades claras: "El estrés no se gestiona bien cuando ya es burnout".
Novás propone el concepto de "paradas estratégicas". Del mismo modo que el coche pasa por el taller, el profesional debe revisar su estado emocional de forma periódica. "Anticiparse significa conocerse bien: saber qué situaciones te drenan, cuáles te recargan, y poner límites antes de llegar al límite", explica.
Moreno añade que, para las organizaciones la prevención es una inversión rentable: "Formar a los equipos en habilidades psicológicas no representa un coste, sino una inversión que se traducirá en menos absentismo". Los últimos datos reflejan que más de un millón y medio de personas se ausentan a diario de su puesto de trabajo, supone una pérdida superior al 7% de las horas pactada. El impacto económico agregado supera los 45.000 millones de euros anuales, aunque algunas fuentes lo cifran hasta en un 8% del PIB.
Los jefes
Y parece que también hay consenso entre los expertos en este tema acerca de quién debe velar por la salud laboral: el líder diseña el escenario y el profesional gestiona su actuación en él. Delgado es tajante al definir el impacto del mando: "Un mal liderazgo multiplica el estrés, y uno bueno lo ordena". Cree que liderar no es ejercer presión, sino aportar claridad. En la otra cara de la moneda, el empleado debe abandonar el silencio cómplice, pues "callarse y aguantar no es compromiso, es acumulación de problemas".
Novás refuerza esta idea de autonomía personal cuando asegura que "el profesional tiene que dejar de esperar que alguien le cuide si él mismo no se cuida. Nadie conoce mejor tus límites que tú". Pero en este tándem Moreno insiste en la importancia de las funciones de un jefe saludable: dar feedback constructivo, celebrar logros y actuar como un "paraguas para su equipo", protegiéndolo de presiones innecesarias. El colaborador, a su vez, debe cultivar la asertividad y "saber poner límites sin sentirse culpable por ello", señala Moreno.
El veneno de la flexibilidad
La flexibilidad laboral -permitir que el empleado organice su jornada para conciliar trabajo y vida personal siempre que su actividad lo haga posible-, es una de las herramientas más poderosas para reducir el estrés. En teoría facilita llegar a todo de una manera más sencilla. Según el último informe de Infoempleo-Adecco, el 56,3% de las empresas en España cuenta con medidas de flexibilidad horaria, sobre todo de entrada y salida, pero sólo el 45% de los empleados siente que realmente disfruta de esa flexibilidad, por ahora patrimonio de los empleados de cuello blanco -oficinas- y personal cualificado. Sin embargo, la flexibilidad puede ser tóxica.
El estrés -positivo- es aquel que activa y motiva ante un reto. Sin embargo, la frontera es difusa. Delgado señala que el problema no es el pico de activación, sino la ausencia de valle: "No es el estrés lo que quema, sino la falta de descanso entre picos". Muchas empresas cometen el error de vivir en una "urgencia permanente", agotando las reservas de su capital humano.
Aquí entra en juego la flexibilidad horaria, como el remedio, el elixir definitivo para contrarrestar el estrés, pero puede ser una trampa. Novás apunta que, sin límites, la flexibilidad se convierte en disponibilidad total. "Estamos dando flexibilidad de entrada, pero quitando libertad de salida", comenta, mientras plantea que el teletrabajo a menudo borra las fronteras vitales.
Delgado coincide en que "el riesgo no es la flexibilidad, sino la ambigüedad. Si no está bien definida, la jornada laboral deja de tener bordes". Según Moreno, esta "trampa" sólo se evita si el empleado marca límites claros y no permite que los superiores se los salten por costumbre y de forma recurrente.
El estrés invisible
Lo más nocivo sigue sigue siendo el desgaste diario provocado por los microestresores, ese estrés invisible cotidiano: interrupciones, burocracia y fallos técnicos. Delgado los define como "especialmente peligrosos porque no llaman la atención... y se acumulan". Su solución no pasa por la motivación, sino por el diseño de los procesos: "Las organizaciones más eficientes no son las que trabajan más rápido, son las que tienen menos interrupciones inútiles".
Por su parte Novás describe la gestión de estos pequeños roces como la victoria en las "batallas pequeñas". Como solución propone las microrecuperaciones: dos minutos de respiración o una pausa real entre reuniones. La base neurológica de este problema la describe Moreno: cada interrupción obliga al cerebro a reiniciarse, aumentando la carga cognitiva y generando "picos altos de cortisol que pueden dar lugar al llamado síndrome de burnout".
El cambio
Para estos expertos, la salud laboral real requiere un cambio de paradigma. Se trata de una reingeniería de los procesos, una formación profunda en inteligencia emocional y, sobre todo, una toma de conciencia sobre la fragilidad del rendimiento humano cuando se le priva de sentido y descanso. "La respuesta de estrés nos ayuda a hacer frente a las prisas... siempre y cuando sepamos mantenerlo a raya", concluye Moreno.
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