Un teléfono muy tonto
Pero Lilah es Lilah, así que cuando se graduó, se regaló un celular tonto, o dumbphone. Y vaya si era tonto. Diseñado para quienes se están destetando de los teléfonos de verdad, se conectaba a Wi-Fi pero no a internet, y desde luego no tenía aplicaciones. Ahora Lilah navega por el mundo sin smartphone. "Creo que mi principal razón para deshacerme de él fue que sentía que me estaba consumiendo el cerebro", me confesó hace poco.
La mayoría de mis compañeros veinteañeros quieren celulares tontos como Lilah. Conozco y comprendo esa necesidad: pierdo horas al día y de sueño por la tiranía del scroll. Estoy atrapada en una espiral de vergüenza por pasar tanto tiempo de mi preciosa vida viendo videos de completos desconocidos hasta que me pican los ojos y me duele la cabeza. Además, ideológicamente, me gusta la idea de ocultar datos personales a las corporaciones, de no sucumbir a los anuncios cada vez que desbloqueo la pantalla de inicio.
Tengo miedo
Pero no me he comprado uno, y la razón es esa: tengo miedo. Deshacerme de mi smartphone me desorientaría por completo. Reduciría significativamente mi competencia general. Es muy vergonzoso, me hace sentir como una bebé gigante, pero estoy segura de que mi smartphone forma parte de mí. Lo digo literalmente: El pánico que siento cuando lo pierdo de vista es visceral, existencial, como si faltaran partes de mi cuerpo.
Este pensamiento no es ni loco ni original. Ya en 1998, Andy Clark y David Chalmers introdujeron su "hipótesis de la mente extendida", la idea de que las herramientas externas pueden ampliar, de forma casi física, el cerebro biológico. ¿Consultar la lista de la compra en la aplicación Notas? ¿Usar Google Maps para llegar a casa de una amiga? Eso no es solo tu teléfono trabajando, y tampoco es solo tu cerebro biológico: es un único sistema cognitivo compuesto por ambos. Desde los 14 años, cuando tuve mi primer iPhone, mi mente ha acogido los cada vez más potentes sistemas operativos de Apple y, con los años, se ha fusionado con ellos. Mi teléfono y yo estamos ahora total y completamente conectados.
Pero, ¿vale la pena desconectarse? Y, como parecen creer los usuarios de teléfonos móviles, ¿es posible?
Recuerdos borrados
En 1985, el difunto psicólogo Daniel Wegner publicó una teoría sobre las relaciones humanas íntimas llamada memoria transactiva. Sostenía que las parejas de larga duración almacenan información el uno en el otro y que su fondo colectivo funciona como una especie de tarjeta de memoria conjunta, un único "sistema de adquisición, almacenamiento y uso de conocimientos que es mayor que la suma de los sistemas individuales que lo componen". Esto es increíblemente, quizá humillantemente, aplicable a mi relación con mi iPhone.
Al final de mi último año de instituto, fui a la tienda de Apple para cambiar mi viejo dispositivo por uno nuevo y mejorado. En mi clásica actitud de adolescente irresponsable, no había hecho una copia de seguridad de los datos de los últimos meses, así que mis fotos de ese curso desaparecieron. Mis recuerdos de esa época se fueron con ellas: un viaje por carretera por el sur, la dramática ruptura de una amiga. Sabía, intelectualmente, que esas cosas habían pasado. Pero no tenía ningún sentimiento real por ellas, ninguna imagen específica que desencadenara mi recuerdo.
Wegner y sus coautores escriben que cuando una pareja cercana se va, "habrá reinos enteros de la propia experiencia que simplemente se escabullen, no reconocidos en su partida, y que nunca se recuperan de nuevo". He confiado ciegamente en mi smartphone para que sostenga, dé forma y refuerce la narrativa de mi pasado. Sin darme cuenta, me he permitido olvidar los viajes familiares y los hitos sociales que no ha el teléfono conservado para mí.
WIRED. Adaptado por Mauricio Serfatty Godoy.Entérate de los avances tecnológicos que definen el presente y el futuro. Todo desde tu WhatsApp.¡Suscríbete a nuestro canal de WhatsApp!
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