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Ante la inestabilidad global, varios gobiernos abandonan el libre comercio para reconstruir reservas estratégicas de alimentos.
A principios del siglo XVIII, Finlandia conocía bien el miedo al hambre. Una hambruna alimentada por un clima impredecible había acabado con la vida de un tercio de la población en la década de 1690.
La Gran Guerra del Norte con Rusia afectó aún más a la agricultura, como a todo lo demás, durante los primeros veinte años del siglo.
Así, en 1726, el país comenzó a reservar grano para asegurar la alimentación de la población en caso de emergencia. Los largos inviernos, la corta temporada de cultivo y los trastornos causados por el enfrentamiento entre imperios lo exigían.
Siglos después, esa lógica está moldeando las políticas mucho más allá de Finlandia. Décadas después de que los gobiernos desmantelaran las reservas de alimentos y depositaran su confianza en el comercio mundial, un número creciente de ellos está reconstruyendo sus reservas de emergencia.
Desde Suecia y Noruega hasta India e Indonesia, los estados retienen cantidades cada vez mayores de arroz, trigo y otros alimentos básicos como protección contra un mundo que perciben cada vez más como inestable.
Finlandia, considerada durante mucho tiempo un caso excepcional por mantener amplias reservas de emergencia, está empezando a parecer previsora. Noruega, su vecino, está aumentando sus reservas de cereales de nuevo, y Suecia también está dando los primeros pasos para contar con estas reservas.
El regreso de la acumulación de alimentos refleja una convergencia de choques: la disrupción causada por la pandemia, una sensación general de malestar global con la guerra en Ucrania y los recientes conflictos en Gaza, Venezuela e Irán, la volatilidad climática y la renovada instrumentalización del comercio. También expone una profunda falla en el pensamiento económico global.
Los gobiernos argumentan que ya no se puede confiar en los mercados durante una crisis y que los alimentos, al igual que la energía, deben considerarse un activo estratégico. Economistas y funcionarios de comercio exponen que cuando muchos países hacen acopio a la vez, corren el riesgo de restringir la oferta mundial, elevando los precios y perjudicando a los importadores más pobres.
Lo que parece prudencia en casa, advierten los críticos, puede convertirse en inestabilidad en el exterior. "Los países escandinavos sirven como barómetro del riesgo geopolítico global y, por lo tanto, el hecho de que están recuperando las reservas de alimentos significa que perciben una mayor tensión geopolítica en el mundo", afirma Frederic Neumann, economista jefe para Asia de HSBC, quien advierte de que "los alimentos podrían ser una de las primeras víctimas" de la creciente tensión geopolítica y de las políticas proteccionistas.
Una vez que los gobiernos comienzan a intervenir, las medidas defensivas se propagan rápidamente a través de las fronteras: "Es muy difícil dar marcha atrás".
Erosión de la confianza
Durante gran parte de las últimas tres décadas, las reservas públicas de alimentos se redujeron en la mayor parte del mundo. El libre comercio, las cadenas de suministro diversificadas y la logística sofisticada hicieron que las reservas nacionales parecieran innecesarias en las economías avanzadas.
Europa desmanteló las compras de intervención en el marco de la Política Agrícola Común. Los países nórdicos agotaron las reservas de grano de la Guerra Fría. Incluso los estados con inseguridad alimentaria dependían cada vez más de los mercados globales.
Esa confianza se ha erosionado drásticamente desde 2020, cuando el Covid-19 expuso la fragilidad de las cadenas de suministro "justo a tiempo". La invasión rusa de Ucrania dos años después convulsionó a uno de los exportadores de cereales más importantes del mundo.
Las crisis climáticas (sequías, inundaciones y olas de calor) se han vuelto más frecuentes y difíciles de predecir. Al mismo tiempo, el comercio se ha convertido en una herramienta geopolítica en lugar de un canal neutral, lo que culminó en la agresiva escalada arancelaria del año pasado bajo la segunda presidencia de Donald Trump.
Para muchos gobiernos, la conclusión es simple: los mercados pueden seguir funcionando la mayor parte del tiempo, pero en escenarios extremos no se puede confiar en que entreguen alimentos cuando más se necesitan.
En ningún lugar el cambio es tan evidente como en el norte de Europa.Noruega, una de las economías más ricas y dependientes del comercio del mundo, ha comenzado a reconstruir reservas de emergencia de grano por primera vez desde el final de la Guerra Fría. Entre 2024 y 2025, el Gobierno contrató a operadores privados para almacenar aproximadamente 30.000 toneladas de trigo. Las autoridades han enmarcado la medida como una respuesta a la disrupción pandémica, el aumento del riesgo geopolítico y la incertidumbre climática, enfatizando que las reservas están destinadas a la preparación y no a la intervención en el mercado.
Suecia ha ido más allá. En su presupuesto para 2026, publicado a finales del año pasado, Estocolmo reservó 575 millones de coronas suecas (53 millones de euros) para restablecer reservas alimentarias de emergencia como parte de su estrategia de "defensa integral".
La decisión de Suecia supone un cambio radical de política. Tras su incorporación a la Unión Europea en 1995, el país comenzó a desmantelar su sistema de almacenamiento de la Guerra Fría, un proceso que completó en 2001.
Alois Rainer, ministro de Agricultura alemán, ha declarado que Berlín está revisando sus reservas de alimentos de emergencia.EFEA partir de 2021, la Junta Sueca de Agricultura comenzó a recibir evaluaciones formales de seguridad alimentaria del Gobierno, lo que dio lugar a revisiones internas de las vulnerabilidades del sistema alimentario. Pero el cambio decisivo se produjo tras la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en febrero de 2022, y la posterior decisión de Suecia de solicitar su adhesión a la OTAN, a la que se incorporó formalmente en la primavera de 2024.
Suecia planea almacenar no sólo cereales, sino también semillas y fertilizantes, a la vez que integra empresas privadas para gestionar y rotar las reservas, de modo que se mantenga la calidad y no se distorsionen los mercados. Los planes se están implementando primero en el norte del país. La producción y el procesamiento de alimentos se concentran principalmente en el sur de Suecia, pero el norte también se considera crítico en caso de una guerra entre la OTAN y Rusia.
Mientras Suecia se prepara para almacenar 3.000 calorías diarias para cada uno de los 10,6 millones de habitantes del país durante un año, las autoridades finlandesas han tomado medidas para aumentar las reservas de grano de emergencia de seis a nueve meses y para actualizar la legislación que rige el sistema de seguridad de suministro del país, argumentando que es necesario reforzar la preparación en un mundo más volátil.
El ministro de agricultura alemán, Alois Rainer, declaró en agosto del año pasado que Berlín estaba revisando sus reservas de alimentos de emergencia para incluir más productos listos para comer, como raviolis enlatados. Alemania ya gasta 25 millones de euros al año en una reserva de alimentos de 100.000 toneladas.
A medida que empeoran las tensiones comerciales, economistas y comerciantes advierten que las reservas de alimentos podrían convertirse en una herramienta de interferencia política que puede utilizarse como arma.
Pero la erosión de la confianza en los mercados no es solo geopolítica. El cambio climático se ha convertido en un factor impulsor más inmediato de las políticas defensivas, no porque los alimentos no estén disponibles a nivel mundial, sino porque los gobiernos dudan cada vez más de poder acceder a ellos cuando se producen crisis climáticas.
La volatilidad motivada por el clima es ahora uno de los detonantes de la intervención estatal que más rápido crece, según la revisión de las reservas estratégicas de cereales del Banco Mundial de abril de 2025, especialmente cuando el clima extremo coincide con el riesgo político. Sequías, inundaciones y olas de calor están afectando a múltiples graneros en rápida sucesión, acortando el tiempo de recuperación y aumentando el riesgo de que la escasez temporal se convierta en una situación de estrés prolongado.
En Egipto, por ejemplo, una serie de olas de calor y lluvias irregulares han reducido repetidamente la producción nacional de trigo durante la última década, aumentando la dependencia de las importaciones justo cuando los mercados mundiales se han vuelto más volátiles.
El Cairo ha ampliado la capacidad de almacenamiento estatal a aproximadamente 6 millones de toneladas y ha mantenido reservas que cubren más de seis meses de consumo, explícitamente para amortiguar los trastornos en el suministro relacionados con el clima y los picos de precios.
De igual manera, después de que las inundaciones dañaran los cultivos de arroz en 2024 y de nuevo a principios de 2025, el Gobierno de Bangladesh convocó un grupo de trabajo que recomendó ampliar las reservas de emergencia más allá de los cereales para incluir fertilizantes, diésel y aceite comestible. El presupuesto 2025-26 aumentó posteriormente la financiación para las reservas estratégicas, a pesar de la disponibilidad global estable.
En Brasil, tras asumir el cargo en 2023, el Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva comenzó a reconstruir las reservas públicas de alimentos que habían sido desmanteladas durante administraciones anteriores.
El Gobierno invirtió cerca de 100 millones de dólares en acumulación de reservas en 2025, comprando principalmente maíz y, tras las devastadoras inundaciones que azotaron Rio Grande do Sul en 2024, reanudaron las compras públicas de arroz.
Instrumento político
En otros lugares, y especialmente en Asia, el acopio se ha convertido en un instrumento de gestión económica y política, con consecuencias que trascienden las fronteras nacionales.
India, el mayor exportador de arroz del mundo, mantiene algunas de las mayores reservas públicas de cereales de su historia. En diciembre de 2025, las reservas gubernamentales de arroz ascendían a casi 58 millones de toneladas, aproximadamente un 12% más que el año anterior, mientras que las reservas de trigo también superaban con creces las normas oficiales de abastecimiento.
La Corporación Alimentaria de la India se encarga de la adquisición y gestión del grano como parte de un sistema diseñado para estabilizar los precios y suministrar alimentos subvencionados a cientos de millones de personas. Cuando los precios internos suben, el Estado libera cereales. Cuando los mercados mundiales se contraen, restringe las exportaciones.
El coste anual de esto ronda los 2.000 millones de dólares, según estima Alisher Mirzabaev, del Instituto Internacional de Investigación del Arroz.
Indonesia ha seguido un camino paralelo. A través de la agencia estatal de logística Bulog, Yakarta ha incrementado drásticamente las reservas gubernamentales de arroz desde finales de 2024, utilizando la adquisición pública y la intervención en el mercado para estabilizar los precios. Para septiembre de 2025, las reservas de Bulog se acercaban a los 4 millones de toneladas, casi el doble que un año antes.
Las autoridades presentan el acopio como necesario para frenar la inflación y proteger a los consumidores. Pero la política tiene menos que ver con la seguridad del suministro que con el control político.
En el caso de Indonesia, el Estado ha exigido cada vez más a los compradores privados que hagan sus adquisiciones a través de canales gubernamentales a precios regulados, lo que eleva los costes base sin proteger al país de la volatilidad global.
La acumulación de reservas de China es aún mayor y mucho menos transparente. Según documentos presupuestarios oficiales, Pekín aumentó su presupuesto de 2025 para el acopio de cereales, aceites comestibles y otros productos agrícolas en aproximadamente un 6,1% con respecto al año anterior, hasta aproximadamente 132.000 millones de yuanes (16.300 millones de euros).
El aumento acompañó a un énfasis oficial reiterado en la autosuficiencia de cereales y lo que las autoridades describen como la "seguridad absoluta" del suministro, ya que China busca aislarse de las crisis externas en medio de la creciente tensión geopolítica. Las autoridades afirman que las reservas de arroz y trigo son suficientes para satisfacer las necesidades internas durante más de un año.
En conjunto, estas políticas absorben una parte cada vez mayor de la producción mundial de cereales en reservas públicas en lugar de permitir su libre circulación en los mercados.
Los economistas no discuten que los gobiernos se enfrentan a mayores riesgos, afirma Joseph Glauber, ex economista agrícola jefe de Estados Unidos, pero lo que cuestionan es si el acopio generalizado realmente los reduce.
"Mantener reservas sólo tiene sentido si se piensa que el comercio se ha visto totalmente interrumpido y ha sido demasiado costoso. Pero ese no ha sido el caso", afirma Glauber. "No tiene mucho sentido que un gran exportador neto mantenga reservas tan grandes como ha venido haciendo India".
También existen límites prácticos. El grano es caro de almacenar y difícil de mantener a gran escala. "Lo que ocurre es que la calidad se deteriora y las existencias acaban destinándose a la alimentación de animales o a usos industriales", afirma.
A pesar de los crecientes desafíos debido al cambio climático, la agricultura mundial aún produce suficientes alimentos, afirman los economistas. Sin embargo, cuando los países responden a las perturbaciones y la inestabilidad geopolítica acumulando e interfiriendo en la libre circulación de alimentos, corren el riesgo de causar una mayor escasez e inestabilidad local, advierte Neumann.
Estudios sobre los aumentos repentinos de los precios mundiales de los alimentos en 2007-2008 revelaron que las prohibiciones a la exportación y la acumulación de reservas preventivas explicaron una parte significativa de los picos de precios, incluso cuando las cosechas mundiales eran relativamente saludables. Una dinámica similar surgió tras la invasión rusa de Ucrania, cuando una ola de restricciones magnificó el impacto de la interrupción del suministro.
El mayor riesgo, argumentan los economistas, no reside en una sola política, sino en su efecto dominó. "Una vez que incluso unas pocas economías adoptan el proteccionismo alimentario, todos sienten que deben hacerlo también", afirma Neumann. "Todos estaríamos mejor si hubiera una libre circulación de alimentos en todo el mundo".
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