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Por qué prohibir las redes sociales a menores es un error

Por qué prohibir las redes sociales a menores es un error
Artículo Completo 1,347 palabras
Los riesgos son reales. También lo es la tentación para el Estado de responder con prohibiciones. Pero expulsar a las infancias de internet podría crear nuevos problemas sin resolver los que realmente importan.
Claudia Del Pozo Nicté CabañasIdeas2 de julio de 2026navegar 40 minutos para que una plataforma en México pueda recomendar a una adolescente contenido con referencias al suicidio.

Lo más preocupante es que esto no se trata de fallas excepcionales, sino de cómo están diseñados los algoritmos para enganchar a los usuarios y hacer que se queden más tiempo en las plataformas. Con el scroll infinito y la gratificación instantánea que causan, se pueden volver tan adictivas como los cigarros.

Ante una evidencia tan contundente, la conclusión parece obvia: es urgente que el Estado prohíba las redes sociales, tal como lo hizo el gobierno australiano el año pasado.

Sin embargo, ocurre algo que, a primera vista, parece contradictorio. Muchas de las organizaciones que llevan años investigando estos riesgos y defendiendo los derechos de los menores no están apoyando la prohibición. Por el contrario, advierten que desconectar a las infancias de estos espacios podría atender síntomas, pero dejar intactas las causas del problema e incluso, generar nuevos riesgos.

La generación algoritmos: ¿Debemos prohibir las redes para las infancias?

En esta entrega especial, WIRED en Español reúne evidencia científica, experiencias de familias, debates sobre regulación y perspectivas de especialistas para entender cómo las plataformas digitales están transformando la infancia y qué alternativas existen para protegerla sin perder de vista sus derechos.

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Esto resulta particularmente llamativo porque la respuesta que más atención ha recibido a nivel internacional ha sido precisamente la prohibición. Australia inauguró esta nueva ola regulatoria en 2025 al restringir el acceso de menores de 16 años a las redes sociales, estableciendo multas de hasta 60 millones de euros para las empresas que incumplieran.

La medida fue ovacionada internacionalmente y tomada como un modelo de referencia. Sin embargo, seis meses después de su implementación, siete de cada diez padres señalaron que sus hijos continúan teniendo cuentas en Instagram, TikTok o Snapchat. No es sorprendente. No solo porque la adolescencia sea “la edad de la rebeldía,” sino porque es natural resistirse a ser excluidos de espacios donde transcurre buena parte de su vida social y la gente con la que han crecido.

Aunque su implementación ha dejado mucho que desear y su efectividad está aún por verse, la experiencia australiana está inspirando propuestas similares en países como Indonesia, España y Reino Unido, entre otros; en América Latina, esa tendencia se ha visto reflejada en Chile, México y Perú. Resulta tentador ver la prohibición como una solución milagrosa, pero los problemas complejos rara vez tienen soluciones simples.

Es importante reconocer que las redes sociales son mucho más que entretenimiento para las juventudes, especialmente para quienes crecieron en pandemia. Compararlas con cigarros ignora que también cumplen funciones importantes: son espacios de socialización, aprendizaje y de acceso a información que muchas veces no existe en otros lugares, especialmente en contextos como Latinoamérica, donde persisten brechas educativas y de acceso a servicios públicos. De forma general, ¿cuántas veces no nos ha salvado Reddit con una respuesta que no encontramos ni en un manual, ni en la escuela, ni en una institución pública? ¿Y cuántas veces un tutorial de YouTube o un hilo de X nos han enseñado algo que nadie más nos explicó?

filtración de más de 70,000 documentos de identidad. Esto adquiere una dimensión aún más preocupante en América Latina, la región donde más han aumentado los ciberataques en los últimos años.

La otra opción son los sistemas de verificación basados en datos biométricos, que han mostrado limitaciones en la práctica. En Australia, adolescentes han recurrido a todo, desde VPNs, fechas de nacimiento falsas, las credenciales de sus padres o hermanos mayores e incluso bigotes falsos para poder seguir con acceso.

Aquí vale la pena destacar un reto importante que se ha esbozado cuando mencionamos las particularidades de la región de América Latina: la experiencia infantil no es universal, como lo menciona Dilmar Villena, director ejecutivo de Hiperderecho en Perú y especialista en derechos digitales. “No podemos, ni debemos, ignorar que las condiciones de acceso, acompañamiento y exposición a riesgos digitales son profundamente desiguales entre países e incluso dentro de una misma región, especialmente en contextos como Latinoamérica, donde persisten brechas educativas y de acceso a servicios públicos.”

Roblox, en las que menores interactúan con desconocidos. Sin embargo, la lista incluye herramientas con potencial educativo como YouTube. Más aún, una regulación construida alrededor de una lista de aplicaciones parece destinada a caducar.

Cultivando el Género y especialista en protección de las infancias en línea, la vida digital no constituye un espacio separado de la vida cotidiana, sino una extensión de ella. La respuesta no debería ser excluir a niñas, niños y adolescentes de los espacios digitales, sino garantizar que las plataformas estén diseñadas para ser habitadas de forma segura, con las mismas protecciones y derechos que les corresponden a los menores fuera de línea.

En este sentido, las redes sociales son más como las bicicletas que los cigarros. Sabemos que causan accidentes, pero nadie sugiere prohibirlas. Construimos ciclovías, establecemos reglas de tránsito, enseñamos a usarlas, promovemos cascos y rodilleras y exigimos estándares de seguridad. Reducimos los riesgos sin renunciar a sus beneficios.

¿Cómo se verían estas soluciones aplicadas al mundo digital? Tal vez el primer paso sea incluir a las propias infancias y adolescencias en el debate, propone Villena. Solo entendiendo por qué y cómo las usan será posible diseñar respuestas que atiendan los riesgos reales sin sacrificar los beneficios que estos espacios también ofrecen.

Brasil, por ejemplo, exigió incorporar controles parentales más accesibles, reducir prácticas de diseño adictivo como el scroll infinito, aumentar la transparencia sobre el funcionamiento de sus algoritmos, y que las grandes empresas tecnológicas tengan personal especializado en su país para la rendición de cuentas.

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Las plataformas deben asumir mayor responsabilidad sobre el diseño de sus algoritmos, ya que es uno de los retos principales. Urge que las escuelas incorporen alfabetización digital como parte de la formación cotidiana y diseñen protocolos para prevenir, detectar y atender situaciones de violencia en línea. Las familias y personas cuidadoras necesitan herramientas y guías para acompañar a menores en su vida digital. Como explica Dafna Viniegra, fundadora de Infancia Libre de Abuso Sexual (ILAS), quienes acompañan y quienes navegan estos espacios necesitan apoyo para saber cómo actuar frente a situaciones de riesgo en línea. Iniciativas como el chatbot VigIA fortalecen esas capacidades y brindan orientación ante los desafíos del mundo digital para los menores. Y las propias infancias y adolescencias deben ser consideradas como sujetos de derechos, no únicamente como personas a las que hay que proteger.

Esa es la dirección que empiezan a plantear las nuevas propuestas de regulación. Lorena Villavicencio, secretaria ejecutiva del Sistema Nacional de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes en México (SIPINNA), declaró que están preparando una iniciativa para regular las redes sociales, pero que “no es un tema solo de controles. Nos parece que lo más importante es que se garantice desde el diseño de las plataformas que se vaya generando toda la protección reforzada para el caso de niños, niñas y adolescentes.”

No prohibimos las bicicletas porque existen accidentes. Exigimos frenos, cascos, educación vial e infraestructura segura. Tal vez es hora de dejar de preguntarnos cómo sacar a las infancias de internet y empezar a preguntarnos por qué nos parece más fácil prohibir que exigir condiciones mejores.

Fuente original: Leer en Wired - Negocios
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