Yo quería ser postista. Puede sonar absurdo y, en este caso, ridículamente 'coherente'. Escuché, hace casi medio siglo a mi profesora de EGB hablar del 'Postismo' y nombró a Carlos Edmundo de Ory. En el recreo declaré ante la tropa de amigos que me ... convertiría en representante en Plasencia de ese 'ismo' póstumo.
Cuando conocí, en La Rábida, ya en los ochenta, al fundador De Ory, quejumbroso por estar –como declaró– «completamente olvidado», me armé del mayor entusiasmo imaginable para hacerle saber que tenía en mi 'un acólito', incluso siendo adolescente indocumentado.
Ochenta años después de la escandalosa presentación pública del Postismo en la España franquista, la galería Guillermo de Osma rinde un oportuno homenaje a ese movimiento artístico que tenía algo de reacción a la época de la 'desmovilización'.
Tal vez la confrontación principal fue con la atmósfera académica, con el realismo del 'campo cerrado', pero también latía en aquellos jóvenes que anunciaban que ya no había acaso 'nada que buscar' una pulsión tardo-surrealista. Eduardo Chicarro Briones, Carlos Edmundo de Ory y Silvano Sernesi fundaron el movimiento al que se sumaron de inmediato Ángel Crespo, Gabino Alejandro Carriedo y Félix Casanova de Ayala que, junto a José Caballero, Nanda Papiri, Luis Lasa, Francisco Nieva o Gregorio Olmo, tenían el descaro delirante necesario para dejarse ver en un momento en el que todo podía ser calificado como subversivo. Algunos pidieron que esos 'manifestantes' que pretendían renovar la poesía fueran llevador directamente al patíbulo.
Con ese tono de humorada constante, en manifiestos fascinantes, convocaron a un público amodorrado a «encontrar algo de lo más nuevo». Cirlot, en su 'Diccionario de los ismos', apunta que si tiene interés este movimiento «es principalmente por lo que no ha realizado».
Sería algo más que la especulación de las especulaciones, confrontándose con sus referentes 'históricos': frente al automatismo surrealista realizaría una selección del material subconsciente, sin eludir las derivas estéticas ni rehuir la lógica. Lo que buscaban, en una época crudamente dictatorial, era desplegar el juego frenético de la imaginación, esto es, una sublimación de la libertad que faltaba.
En el manifiesto del Postismo firmado por Chicharro, que aparece en la revista que lanzan a comienzos de 1945, se reclama la «euforia expresiva», invocando una 'alegría' que contrastaba con la grisura circundante. Buscaban la belleza y sabían que era necesario encontrar 'un buen ritmo', que estaba en las antípodas del populismo lorquiano, «en rebeldía contra la escuela y huestes de Garcilaso». En cierto sentido, los postistas retomaron el Conceptismo de Gracián, pero con un atisbo de absurdidad antes de que aparecieran las formas teatrales que lo capitalizaron.
Por medio de la magnífica selección de cuadros, fotos, libros y documentos que expone la galería podemos recobrar la intensidad de una vanguardia epigónica que sintoniza incluso con la inercia de la globalización en la que estamos empantanados. Aquel Postismo que fue un imán para jóvenes escritores como Gloria Fuertes, Cela o Fernando Arrabal, que acaso entendieron que ese era un adecuado 'bando' para entregarse a las extravagancias o el sarcasmo como forma de crítica encubierta.
Lugar: Galería Guillermo de Osma (Madrid)
Puede que no fuera mero azar que me autoinvistiera como postista 'infantil': había detectado, sin tener ni idea, que mi destino, con todas sus rarezas patafísicas, sería lo contemporáneo.
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Postismo (o lo que quería ser cuando no sabía nada)
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