Ante el susto generalizado de nosotros, los legos, por el surgimiento de los programas de generación de lenguaje que llamamos, creo que incorrectamente, 'inteligencia artificial, Zoë Hitzig dijo en el contexto de un festival de ideas auspiciado por el Aspen Art Museum el ... verano pasado: «Resultó que un programa diseñado para simplificar la escritura de código era buenísimo prediciendo qué palabra puede seguir a otra en un texto».
La afirmación resultó, al menos, levemente tranquilizadora, viniendo de quien vino: una persona que sabe lo que está diciendo cuando habla de IA. Aunque el reconocimiento de nombre de Zoë Hitzig está relacionado con su poesía, no hace mucho fue directora de área en OpenAI.
En ese mismo festival de ideas, el neurocientífico Anil Seth, dijo que «una computadora no es un cerebro». Agregó un dato consolador: todos los centros de producción de datos juntos procesan mucha menos información por segundo que un cerebro humano haciendo cualquier actividad inane.
La compu puede predecir que la palabra «azúcar» sigue a las partículas «pásame el» cuando el contexto es una persona con una taza de café humeante en la mano, pero no puede, al mismo tiempo, regular el sistema simpático y parasimpático de quien hace el enunciado, no siente el calor de la taza, no percibe el olor del café, ni puede separarlo del olor a fresno que entra por la ventana, no puede entender que los fresnos huelen porque llovió durante la madrugada.
En su nuevo libro 'Prophecy', la filósofa hispanomexicana Carissa Véliz ve en la repentina centralidad de la predicción –de mercados, de términos, de hechos en el mundo– una llamada de atención, digamos foucaultiana, sobre los peligros de nuestra servidumbre a la normativa estadística. Un centro de procesamiento de datos puede analizar mucha información en muy poco tiempo y esto genera la ilusión, y sólo la ilusión, de que las capacidades para predecir variables en universos finitos –qué palabra sigue, qué político está por caer, qué acciones van a cotizar mejor mañana, va a llover o no– es igual al don de profecía. Suponiendo, por supuesto, que lo que define a una profecía es que se cumple, y no, como sucede en la realidad, el hecho de que apela a nuestros valores estéticos.
Según Carissa Véliz, la capacidad oracular de los barones de la información y las tecnologías que han desarrollado –tecnologías que, en mi humilde opinión de viejo, no han hecho más que jodernos la vida–, es una autoprofecía
Según desmenuza lenta e implacablemente Véliz en su ensayo, la capacidad oracular de los barones de la información y las tecnologías que han desarrollado –tecnologías que, en mi humilde opinión de viejo, no han hecho más que jodernos la vida–, es una autoprofecía, un argumento de venta que los gobiernos suelen comprar por terror a que sus enemigos percibidos desarrollen esa tecnología antes de que lo hagan los barones.
En 'Hechos de los Apóstoles', Lucas –el único autor del Nuevo Testamento con sentido del humor– cuenta cómo, estando en Filipo, Pablo y Silas fueron perseguidos por una esclava con poderes oraculares que, según el propio Lucas, decía la verdad: «Estos siervos del Altísimo anuncian la salvación». Eventualmente, Pablo se hartó del escándalo, la encaró, y le echó un rayo milagroso que expulsó al demonio profético. La esclava, liberada de las garras de Python, quedó feliz y agradecida. Sus propietarios no. Dice Lucas que, con el demonio adivinador, «había salido la esperanza de su ganancia».
Las cosas no han cambiado tanto en dos mil años. Nota Véliz que el problema ético de utilizar la predicción estadística como información con valor oracular es de origen. Ese descubrir que «el programa para escribir código es buenísimo para predecir palabras» del que habla Zoë Hitzing tuvo un origen puramente corporativo. No fue producto de un procedimiento científico, no fue una tecnología regulada por la investigación colegiada en una universidad. Fue algo que descubrió alguien al servicio de un billonario sin escrúpulos para hacer más dinero en el menor tiempo posible.
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