- MICHAEL STOTT
El régimen comunista está más aislado que nunca, y el suministro de combustible disminuye. Los diplomáticos temen el estallido de epidemias y la propagación del hambre.
En una calle lateral de uno de los grandes bulevares de La Habana flanqueados por mansiones, Carlos busca comida. Sus manos demacradas deshacen el nudo de una bolsa de plástico blanca sobre un montón de basura y sus dedos extienden el contenido, rebañando un hueso de pollo para extraer los restos de carne. "El Estado no nos da nada", afirma. "Ahora tenemos que valernos por nosotros mismos".
Impensables hasta hace poco, las escenas de hambre se repiten en la Cuba comunista mientras escasea la comida en los comercios controlados por el Estado.
Tras capturar al mandatario socialista revolucionario venezolano, Nicolás Maduro, mediante la incursión de un comando el mes pasado, la Administración Trump intenta doblegar a Cuba obligando a sus pocos aliados restantes a cortar el suministro de combustible.
Filas de coches serpentean por las calles mientras los conductores esperan durante horas para repostar, y las centrales eléctricas de petróleo que generan electricidad permanecen paradas durante periodos cada vez más largos para conservar el escaso combustible. Se ha informado a las aerolíneas de que ya no hay queroseno para sus aviones, y la basura se acumula en las calles porque los camiones de limpieza no tienen combustible para recogerla.
Diplomáticos y funcionarios de la ONU en la isla temen el estallido de epidemias y la propagación del hambre. "Los estadounidenses están creando deliberadamente una crisis humanitaria en un país que nunca la ha tenido", afirma un diplomático latinoamericano en La Habana. "Esta es una guerra librada por otros medios".
Bajo presión interna y cada vez más aislado en el extranjero, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ha comenzado a ceder terreno, declarando la semana pasada que estaba listo para dialogar con EEUU "sin condiciones previas y desde una posición de igualdad".
"Estamos empezando a hablar con Cuba", afirmó el presidente estadounidense Donald Trump el 31 de enero. "No tiene por qué haber una crisis humanitaria. Creo que probablemente se acercarían a nosotros y querrían llegar a un acuerdo... Seremos amables".
Pero, ¿podrán los líderes comunistas de La Habana, famosos por su obstinación y que han gobernado el Estado de partido único durante 67 años, apaciguar a una Administración estadounidense que exige un cambio de régimen antes de que la isla sucumba a la enfermedad o la hambruna?
Deterioro progresivo
Cuba se ha enfrentado a Washington desde que Fidel Castro y sus revolucionarios derrocaron al dictador Fulgencio Batista, respaldado por EEUU, en 1959, situando el comunismo a 160 kilómetros de Florida. Pero La Habana ha entrado en su último enfrentamiento con EEUU más débil que nunca.
El embargo comercial estadounidense, que data de 1962, ha dañado la economía durante décadas, pero muchos de los golpes que Cuba ha recibido han sido autoinfligidos. Antaño uno de los principales exportadores de azúcar del mundo, las cosechas cubanas son ahora tan modestas que importa el edulcorante de Brasil.
Algunos errores han sido recientes. Cuando estalló el Covid-19, La Habana impuso un confinamiento prolongado y estricto, devastando un turismo que aportaba divisas vitales.
La cercana República Dominicana ha atraído a turistas europeos y estadounidenses con hoteles más nuevos y mejor gastronomía. Los dominicanos y otros rivales caribeños han mermado las exportaciones tradicionales cubanas de ron y puros al ofrecer productos de calidad superior sin las restricciones estadounidenses.
Los restos de hoteles abandonados se alzan ahora sobre el paseo marítimo de La Habana. Entre ellos se encuentra el Riviera, construido por un jefe de la mafia estadounidense justo antes de la revolución. Las esculturas de peces blancos en el exterior dan bocanadas sobre fuentes largo tiempo secas, la pintura de la fachada se está descascarillando y la puerta giratoria lleva mucho tiempo cerrada.
Sin dejarse disuadir por las desastrosas pérdidas sufridas durante la pandemia, los jefes de planificación central de Cuba apostaron fuerte por la recuperación del turismo. Gaesa, la empresa controlada por los militares que gestiona casi la mitad de la economía, gastó cientos de millones de sus escasos dólares en la construcción de nuevos hoteles de lujo.
"Funcionarios del Gobierno me aseguraron que esperaban la llegada de entre uno y dos millones de turistas chinos y rusos después de la pandemia", explica un empresario cubano. "No vinieron. Al año siguiente, seguían esperándolos. En 2024 tuvieron que admitir que no vendrían".
La Torre K de 200 millones de dólares es un ejemplo emblemático de los nuevos proyectos. El edificio más alto de La Habana, con 42 plantas, se inauguró el año pasado y se alza sobre el distrito del Vedado, ofreciendo más de 500 habitaciones de lujo a un mercado prácticamente inexistente.
Un día laborable reciente, nueve empleados uniformados atendían a los únicos huéspedes en el vestíbulo: una tripulación de Iberia. En el piso superior, tres camareros servían ron a un cliente solitario en un salón vacío.
Los vuelos internacionales al aeropuerto José Martí de La Habana han disminuido junto con los turistas y el suministro de combustible. La decisión de la Administración Trump en 2021 de prohibir a quienes han visitado Cuba utilizar el programa de exención de visado ESTA devastó el turismo europeo, según los hoteleros. Cerca de la pista principal, aviones de la era soviética propiedad de Cubana de Aviación, la aerolínea estatal sujeta a sanciones estadounidenses, acumulan moho.
La otra gran fuente de divisas de Cuba fue la exportación de médicos, principalmente a países en desarrollo con gobiernos afines. Aunque La Habana presenta las misiones médicas como proyectos solidarios, éstas generan para Cuba hasta 8.000 millones de dólares al año en divisas, según el Departamento de Estado de EEUU, y rivalizan con el turismo como la principal fuente de divisas.
Las organizaciones de derechos humanos han expresado su preocupación por el programa, incluyendo los controles políticos sobre los miles de médicos que participan. El año pasado, la Administración Trump criticó lo que denominó un "programa de exportación de mano de obra forzada", revocando los visados de los funcionarios involucrados en la llegada de médicos cubanos. Cada vez menos países están dispuestos a aceptarlos.
Cuba solía contar con una red de gobiernos extranjeros empáticos cuando atravesaba tiempos difíciles. Pero hoy en día, Moscú está preocupado por la guerra en Ucrania y China tiene asuntos más importantes que atender. El reciente giro a la derecha de Latinoamérica ha eliminado antiguos aliados regionales, y el Gobierno izquierdista de México está más interesado en complacer a Trump que en ayudar a La Habana.
El golpe más duro con diferencia se produjo cuando el ejército estadounidense entró en Caracas el 3 de enero y sacó de su búnker a Maduro, el principal patrocinador extranjero de Cuba.
Venezuela había reemplazado a la Unión Soviética a principios de este siglo como aliado clave de La Habana, primero con Hugo Chávez y luego con su sucesor, Maduro. Caracas suministró más de la mitad del petróleo de la isla, proporcionó miles de millones de dólares en préstamos y financió grandes proyectos de infraestructuras a cambio de médicos, maestros y asesores de inteligencia cubanos.
La captura de Maduro en mitad de la noche fue devastadora: la contrainteligencia cubana no detectó a los informantes de la CIA que delataron el paradero de Maduro, y los estadounidenses mataron a 32 guardaespaldas cubanos que defendían al líder venezolano.
Ahora, el otrora venerado ejército cubano, que en su apogeo combatió en Angola y Etiopía, parece vulnerable. "En Cuba, ni siquiera pueden recoger la basura", afirma Joe García, excongresista demócrata de Florida que ha mantenido vínculos con Cuba.
"¿Cómo van a competir con una superpotencia a 145 kilómetros de distancia?"
Una crisis diferente
Los cubanos están lidiando con la última crisis como han capeado otras: aguantando e improvisando. Décadas de penurias han acostumbrado a la población a privaciones que pocas naciones más tolerarían.
Pero para muchos observadores experimentados, esta crisis es diferente.
"Viví el 'período especial' y esto es mucho peor", asegura John Kavulich, presidente del Consejo Económico y Comercial Cuba-Estados Unidos, una organización sin fines de lucro, refiriéndose a la crisis económica posterior al colapso de la URSS. "Ahora los rusos, los chinos, los vietnamitas y los turcos tienen el mismo mensaje para los cubanos: 'Tienen que hacer cambios'".
Los cortes de electricidad comenzaron a ser frecuentes en 2024, cuando los generadores de petróleo de la era soviética fallaron por falta de mantenimiento, y se han intensificado a medida que disminuye el suministro de combustible. En el centro de La Habana, en algunos distritos carecen de electricidad más tiempo del que disponen de ella, mientras que fuera de la capital los apagones pueden durar más de 24 horas. Esto hace imposible mantener los alimentos frescos o los ventiladores encendidos frente al calor.
Mabe está haciendo un gran negocio con la venta de velas en una pequeña tienda en un callejón del centro histórico de La Habana. Con un precio de 50 pesos cada una, las modestas barras de cera vienen en tres colores diferentes y arden durante poco más de una hora. "Las hacemos nosotros mismos", explica. "La gente viene desde las provincias para abastecerse".
A medida que la economía colapsa, la vida cotidiana se vuelve cada vez más difícil. Quienes trabajan para el Estado ganan muy poco para comprar en las tiendas privadas que cobran precios de mercado libre, pero estos son los únicos lugares donde pueden encontrarse la mayoría de los alimentos y artículos para el hogar. El salario de un médico o profesor universitario equivale a 20 dólares al mes al tipo de cambio del mercado negro, y el de un jubilado a la mitad.
"La gente ha perdido la esperanza", dice José, dueño de un restaurante en La Habana que, como muchos otros entrevistados para este artículo, no quiere que se use su apellido por temor a represalias. "Si ganas 3.000 pesos al mes y tus alimentos básicos cuestan 10.000 pesos, entonces no hay esperanza".
Algunos cubanos, añade, encuentran consuelo en "el químico", una droga sintética altamente adictiva que cuesta tan solo 150 pesos y que provoca un comportamiento similar al de un zombi al fumarla. Otros apuñalan a los transeúntes en las calles oscuras por la noche para robar dinero o comida.
A medida que la economía de planificación centralizada se desmorona, los suministros se han agotado en las tiendas estatales. En la Bodega 302-03, una tienda del casco antiguo de La Habana, los únicos productos a la venta son tres tipos de salsas para cocinar, vendidas en bidones de plástico reutilizados, sopa de tomate enlatada y un trozo de mortadela de un tono rosa pálido.
En una farmacia estatal cercana, una imagen del héroe revolucionario Che Guevara cuelga de la pared, pero no hay antibióticos ni paracetamol en sus estantes.
A pesar de las evidentes dificultades, la mayoría de los cubanos se resisten a quejarse en público por el riesgo de ser escuchados por los omnipresentes servicios de seguridad, que acechan vestidos de civiles para captar señales de disidencia. Las últimas grandes protestas de 2021 fueron rápidamente reprimidas.
"Si voy a la cárcel, ¿quién cuidará de mis hijos y familiares?", pregunta Mario, un vendedor ambulante, explicando la falta de ganas de protestar. "Vimos lo que les pasó a quienes se manifestaron en 2021. Cumplen condenas de 20 años".
Durante décadas, los altos niveles de educación y atención médica de Cuba fueron la envidia de muchos países en desarrollo, pero ya no. Álvaro, profesor universitario, se encuentra frente a un destartalado edificio de ladrillo rojo al que le faltan algunas ventanas; sus habitaciones están sumidas en la oscuridad.
"Estoy esperando para recoger a mi hija de la escuela", explica, señalando el deteriorado edificio. "Ayer le pregunté qué había aprendido. Su respuesta fue: 'Papá, tengo hambre'". El último trozo de pollo de la familia se había echado a perder debido a los cortes de electricidad, explica. Como muchos otros en la calle, pide dinero a extranjeros para ayudar a alimentar a su familia.
Neli se formó como médico, pero ahora trabaja en una casa de huéspedes privada para turistas para ganar un salario decente. "Si requieres una operación, los médicos te hacen una lista de todo lo que necesitas comprar y llevar al hospital", señala. "Cosas como gasas, bisturíes, vendas, oxígeno".
Tras negar durante mucho tiempo el declive del país, los gobernantes comunistas cubanos se han visto obligados a reconocer el dolor de sus ciudadanos. En un inusual acto de censura, la ministra de Trabajo, Marta Elena Feitó, se vio obligada a dimitir el pasado julio tras negar la existencia de mendigos en Cuba. Feitó había afirmado que aquellos que pedían dinero estaban fingiendo pobreza.
Díaz-Canel, el tercer líder del país desde 1959, admitió este mes que Cuba atravesaba una "situación energética compleja", ya que no ha llegado petróleo de Venezuela desde diciembre. Pero no ofreció soluciones más allá de una mayor austeridad. El éxito del Estado de partido único en la represión de las protestas y la purga de la disidencia es también su mayor debilidad: no existe una oposición política organizada al Gobierno ni reformistas visibles en su seno.
"Las condiciones políticas allí son más difíciles para el Gobierno que en la década de 1990", afirma William LeoGrande, profesor de gobierno de la Universidad Americana de Washington. "Ya no hay un Fidel Castro para conseguir apoyo. Hay una mayor sensación de que se culpa al Gobierno del desastre económico. Pero el hecho de que EEUU diga tan abiertamente: 'Vamos a privaros de todo vuestro petróleo', da al Gobierno un argumento para llamar a la lucha".
El plan de EEUU
Oliendo la victoria tras derrocar a Maduro, la Administración Trump se prepara para lo que espera sea la gran pieza en Cuba: el fin de 67 años de comunismo.
El 29 de enero, Trump emitió una orden ejecutiva declarando a la isla en bancarrota "una amenaza inusual y extraordinaria" para EEUU y que permite a Washington imponer aranceles adicionales a cualquier país que le venda petróleo. Díaz-Canel calificó la medida, que equivale a un embargo petrolero, de "fascista, criminal y genocida". Cuba produce sólo unos 30.000 barriles diarios de los 110.000 que necesita.
Algunos miembros del poderoso lobby cubanoamericano en el Capitolio quieren que Trump vaya aún más lejos. Carlos Giménez, un congresista republicano del sur de Florida que huyó de Cuba a EEUU cuando era niño, ha pedido el cese inmediato de todos los vuelos y transferencias de dinero desde EEUU. "Ese régimen es un cáncer", afirma. "Y la forma de curar el cáncer a veces es dolorosa, pero al final el paciente sobrevive".
Su colega congresista cubanoamericano Mario Díaz-Balart, cuya tía estuvo casada con Castro, afirmó en la misma rueda de prensa que era hora de que la Administración Trump "termine el trabajo" y "ponga fin a la pesadilla en Cuba".
El secretario de Estado Marco Rubio, otro cubanoamericano, ha sido más cauteloso. Declaró ante el Senado que a la Administración "le encantaría" ver un cambio de régimen en Cuba, pero añadió: "Eso no significa que vayamos a provocar un cambio".
Exfuncionarios de la Casa Blanca involucrados en la política sobre Cuba afirman que Rubio no quiere empujar al Gobierno de La Habana al colapso total, por temor a desatar una oleada de refugiados hacia la costa de Florida y deshacer una de las mayores promesas de Trump: la reducción masiva de la inmigración ilegal.
"Los cubanos tienen la capacidad de lanzarnos una bomba migratoria", afirma un exfuncionario estadounidense. "Trump no quiere una crisis en Cuba; quiere obligarlos a negociar".
Tras la declaración de Trump el 1 de febrero afirmando que "estamos negociando con los líderes cubanos ahora mismo", se ha especulado sobre cómo podría ser un acuerdo entre Washington y La Habana.
Trump no ha especificado lo que quiere, más allá de amplias referencias a la libertad y al regreso de los cubanoamericanos a su patria. Cuba carece de la riqueza petrolera de Venezuela, su deteriorada infraestructura requiere una gran inversión y la legislación estadounidense exige el cumplimiento de condiciones específicas antes del levantamiento del embargo económico.
Por su parte, Díaz-Canel ha exigido respeto a la soberanía cubana y ha descartado cualquier discusión sobre "temas que puedan interpretarse como una injerencia en nuestros asuntos internos".
Los expertos afirman que el modelo empleado en Caracas, la decapitación del régimen para dar paso a un sucesor dispuesto a seguir la agenda estadounidense, no funcionará en Cuba porque no hay un líder alternativo, como la venezolana Delcy Rodríguez, dispuesto a desmantelar el control estatal sobre la economía.
Díaz-Canel es un apparatchik leal, pero carece del carisma de los hermanos Castro, quienes gobernaron Cuba desde la revolución hasta que Raúl, hermano de Fidel, renunció en 2018. Con 94 años, Raúl mantiene la influencia entre bambalinas, pero no tiene un rol formal. Su hijo Alejandro Castro Espín, coronel del ejército, visitó México recientemente, generando informaciones en los medios disidentes cubanos sobre su encuentro con funcionarios estadounidenses.
Aunque Castro Espín participó en las conversaciones con EEUU durante la era Obama, muchos ven con escepticismo que pueda emerger como líder ahora. "Sería muy difícil para EEUU digerir a otro Castro en el Gobierno", señala Kavulich, del Consejo Comercial y Económico Cuba-Estados Unidos.
Mientras tanto, el régimen mantiene un férreo control, reservando recursos para edificios gubernamentales clave y las fuerzas de seguridad. Adoctrinados durante décadas, muchos funcionarios se mantienen leales a la revolución y dispuestos a luchar por ella.
A pesar de la crisis económica que azota La Habana, el césped del Centro Fidel Castro Ruz en La Habana aún se cuida con esmero. Dentro de la gran mansión convertida en santuario del héroe revolucionario hay electricidad y los guías se muestran enfervorecidos.
Tras mostrar un video que simula la batalla de Bahía de Cochinos en 1961, cuando Castro repelió a un ejército invasor de mercenarios estadounidenses, el guía turístico Julio Eduardo Torres clava en sus visitantes una mirada fría: "Crecí en la revolución", afirma. "Estoy convencido de que triunfaremos o pereceremos todos. Nunca permitiremos que nos suceda lo que pasó en Venezuela".
Ante un régimen cubano aparentemente reacio a cumplir los compromisos que Washington exige, algunos temen que el estrangulamiento estadounidense pueda llevar a la isla al caos.
"Los funcionarios de la Administración siguen diciendo: 'No queremos desestabilizar a Cuba'", señala LeoGrande, de la Universidad Americana. "Pero al mismo tiempo, tienen una estrategia económica diseñada para provocar el colapso del sistema social. Así que están haciendo la peligrosa apuesta de que el Gobierno se rendirá antes de que la sociedad se derrumbe. Creo que podrían equivocarse".
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