Recuerdo que vi 'Los ilusos' en una web pirata cuando estaba en la universidad, siguiendo la recomendación de un foro o de una mujer, ya no sé, y recuerdo que el vídeo se paró antes de que terminara la película, y que esta pasó a ... formar parte de una mitología íntima, casi secreta, intransferible (la web pirata cerró al poco), imperfecta, una mitología que no paró de crecer con los años, mientras Jonás Trueba seguía estrenando películas y yo encontraba excusas para hablar de su debut inencontrable, una historia casi sin trama en la que alguien intentaba rodar una película en blanco y negro en la que Madrid parecía París, o en la que la 'nouvelle vague' parecía castiza, y en la que se veían unas calles como extirpadas del tiempo o de la noche, unas calles llenas de encanto por las que paseaba un joven sediento de algo aún por definir, con más futuro que esperanza, y recordaba entonces una escena –sólo recordaba esa escena, quién sabe por qué hechizo, quién sabe por qué se nos quedan ciertas imágenes grabadas y sobre todo por qué no se nos quedan otras, seguramente más importantes o más bellas, más perfectas, más pensadas para nosotros, más nuestras–, una escena, digo, en el túnel de la Plaza de los Cubos, ese que hay que cruzar para llegar a los Cines Golem de Martín de los Heros, que es mi parte favorita de Madrid, un lugar donde uno siempre es joven por un rato y donde ahora, trece años después de todo aquello, se reestrena la película, que en su día solo pudo verse legalmente en la Cineteca, aunque hoy ya no es la misma película que entonces porque nosotros no somos los mismos y su director tampoco y ha decidido darle color a algunos planos, un color nada contemporáneo que le da más capas a la película, que confunde más la ficción con la realidad, el futuro con el pasado, la memoria con la memoria, y viéndola otra vez, viéndola al fin completa, viéndola al fin en una sala oscura, tan cerca de ese túnel que sigue igual de sucio, igual de cutre, recordé quiénes éramos entonces, cuando la vida aún era un proyecto lejano y no esta cosa sólida, cada vez más concreta («pues esto ya es la vida», dijiste ayer), y recordé el placer de vivir en los condicionales, o la obligación, recordé lo que era la sed cuando no sabes que es de agua, recordé esas conversaciones intensas, hablar de todo y de nada en concreto, recordé todo eso, lo que pasó y lo que no, y ya al final de la película, ese final que yo no había visto nunca, cuando unos niños aparecen en pantalla y juegan con unas cintas de VHS y las destrozan, tan niños, tan divertidos, pensé: qué ilusos.
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